A lo mejor, directamente, este artículo no resulta ser una catequesis ni popular ni de gran interés, pero lo que se refiere a la liturgia debe ser conocido por todos para entender su sentido profundo y su forma de realizarlo.
Normalmente en las concelebraciones, es decir, cuando un Obispo o un sacerdote preside la Santa Misa con varios sacerdotes más, se producen dos fenómenos peculiares que esconden su pizca de teología en el fondo.
En primer caso peculiar es ese "ajuntamiento" de todos los sacerdotes que pueden pegados al altar durante la plegaria eucarística como si todos materialmente tuviesen que estar tocando el altar así como dejar todos sobre el altar su correspondiente subsidio o folleto de concelebración, que parece aquello el anaquel de una librería ofertando "novedades" o "rebajas". En ese mismo instante, visualmente, y con su pizca de miga pseudoteológica, el altar parece sin más la mesa de los sacerdotes, con una nueva forma de clericalismo, en lugar del Altar del Señor y de la Iglesia entera.
Incluso algún autor en una obra reciente, cuestionando la concelebración misma en su sentido teológico, espiritual y también ritual, plantea que la concelebración es algo "moderno", reciente, y que nunca se dio en la praxis de la Iglesia. Para ello reinterpreta los datos de los antiguos libros litúrgicos, del arte y de la iconografía. Es verdad que la forma de concelebrar los presbíteros con el Obispo no suponía intervenir directamente en el Canon, sino estar todos revestidos junto al Obispo en el presbiterio y así ejercían su modo propio de participar en la confección del Sacrificio eucarístico. Pero como dicho autor identifica concelebrar con "hacer algo", especialmente pronunciando las palabras de la consagración y alguna parte del Canon, entonces niega que existiera una concelebración. ¿Y las grandes sedes de las basílicas con el banco corrido de mármol para los presbíteros? ¿No dice nada?
¿Es necesario entonces que todos estén pegados al altar durante la plegaria eucarística? Evidentemente no, incluso por una razón tan sencilla y tan práctica como que impiden casi siempre el acceso del diácono al cáliz (para cubrirlo y destaparlo de la palia antes y después de la consagración así como para elevarlo en el "Por Cristo") como igualmente dificultan en ocasiones hasta la extensión de los brazos del sacerdote u Obispo que preside para no chocar con los que tan arrimados están.



