Pastoralmente es indudable que el sacramento de la Penitencia debe ofrecerse con fidelidad (estando el sacerdote amplio tiempo en el confesionario) y que este sacramento de la Penitencia nos conduce a una mejor y más amplia participación en la Eucaristía, viviendo en gracia.
La Eucaristía misma, Santísimo Sacramento, pide y exige de los fieles la santidad de vida, el vivir en gracia, y no acercarse a la comunión si existe conciencia de pecado mortal.
Pero, entre otros muchos problemas, de esos cuyo análisis y solución no es simple sino complejo, está la pérdida del sentido del pecado, de modo que muchos, sin conciencia subjetiva de pecado -pero objetivamente con situaciones de pecado- se acercan indiscriminadamente a comulgar, sin discernimiento previo.
Con
esta conciencia tan mal formada, ¿se puede acercar uno a comulgar tranquilamente?
Ahora bien, hemos de tener claros los conceptos. Esto es una crisis moral en la Iglesia, contagiada por la
crisis de la cultura actual y fruto de un posmodernismo caduco y decadente,
junto a teologías no católicas que se han infiltrado en el ámbito católico. Ya
nuestros obispos señalaban las raíces de esta crisis del Sacramento de la Penitencia:
Quizá la raíz más profunda de la crisis actual hay que buscarla en los fuertes fermentos de ateísmo e indiferencia religiosa de nuestro mundo, conformado por unas poderosas tendencias secularizadoras. El hombre moderno vive dentro de un cerco cultural secularista que reduce sus horizontes a las posibilidades y promesas de este mundo. Y seducido por este mundo, entregado a él, se concentra en su hacer y producir, en el consumir y disfrutar. Deja de lado a Dios soberano y, como si no existiera, trata de realizarse a sí mismo y al mundo al margen de Él. Encerrado en una cultura inmanentista de tipo reivindicativo e individualista, este hombre no se reconoce deudor de Dios; por una excesiva admiración hacia sí, siente la tentación de creerse capaz de vencer él sólo las fuerzas del mal, de superar técnicamente los conflictos y de bastarse a sí mismo. El recurso de Dios y la esperanza de otra vida dada por Él aparecen como una debilidad injustificada o una traición a los bienes de la tierra y a las capacidades humanas.


