domingo, 8 de noviembre de 2020

El Credo - I (Respuestas - XVIII)



1. Los domingos y solemnidades, y en alguna ocasión más importante o especialmente significativa, después del silencio de la homilía (o si no hubiere homilía, tras el Evangelio), todos a una recitan el Credo, la profesión de fe, puestos en pie.

            Las rúbricas del Misal prescriben lo siguiente:


“El Símbolo o Profesión de Fe, se orienta a que todo el pueblo reunido responda a la Palabra de Dios anunciada en las lecturas de la Sagrada Escritura y explicada por la homilía. Y para que sea proclamado como regla de fe, mediante una fórmula aprobada para el uso litúrgico, que recuerde, confiese y manifieste los grandes misterios de la fe, antes de comenzar su celebración en la Eucaristía.
El Símbolo debe ser cantado o recitado por el sacerdote con el pueblo los domingos y en las solemnidades; puede también decirse en celebraciones especiales más solemnes.
Si se canta, lo inicia el sacerdote, o según las circunstancias, el cantor o los cantores, pero será cantado o por todos juntamente, o por el pueblo alternando con los cantores.
Si no se canta, será recitado por todos en conjunto o en dos coros que se alternan” (IGMR 67-68).

            Incluso el cuerpo se integra en la profesión de fe con el gesto de la inclinación: “El Símbolo se canta o se dice por el sacerdote juntamente con el pueblo (cfr. n 68) estando todos de pie. A las palabras: y por la obra del Espíritu Santo, etc., o que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, todos se inclinan profundamente; y en la solemnidades de la Anunciación y de Navidad del Señor, se arrodillan” (IGMR 137).

            Dos son las fórmulas que se pueden emplear: el Credo niceno-constantinopolitano, más desarrollado y preciso, o el Símbolo apostólico, breve y conciso, éste aconsejado especialmente para la Cuaresma y la Pascua (cf. Ordo Missae, 19). Únicamente éstos porque estas fórmulas son la fe de la Iglesia; ya pasó la moda desafortunada de sustituirlo por cualquier canto (“Creo en vos, arquitecto, ingeniero…”) o por la lectura de un manifiesto o compromiso o “fe” elaborada por alguien o por algún grupo de catequesis o de liturgia. Sólo esas dos fórmulas de profesión de fe se pueden emplear.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Coram Deo, ¡ante Dios! (Sacralidad - III)



La liturgia se celebra para Dios, ante Dios, delante de Dios. La liturgia es el actuar de Dios en la Iglesia: sigue hablando-revelándose, sigue comunicando su gracia, sigue entregándose. A Él escuchamos en la liturgia, a Él nos dirigimos y oramos con las oraciones de la liturgia y el canto de los salmos, ante Él estamos en amor y adoración, a Él lo recibimos y acogemos.

            Así la liturgia será sagrada y bella cuando lejos de convertirla en un discurso moralista constante, o en una catequesis didáctica, o en una reunión festiva donde nos celebramos a nosotros mismos, reconocemos la presencia de Dios en la liturgia, el primado de Dios, y somos conscientes de que estamos ante Dios mismo. ¡Es obra de Dios la liturgia!



            Esta primacía de Dios en la liturgia se descubre si miramos bien a Dios en la liturgia en vez de mirarnos unos a otros. Sólo Dios puede ser el protagonista de la liturgia y por ello la liturgia se vuelve sagrada y bella, y se cuida:

            “En toda forma de esmero por la liturgia, el criterio determinante debe ser siempre la mirada puesta en Dios. Estamos en presencia de Dios; él nos habla y nosotros le hablamos a él. Cuando, en las reflexiones sobre la liturgia, nos preguntamos cómo hacerla atrayente, interesante y hermosa, ya vamos por mal camino. O la liturgia es obra de Dios, con Dios como sujeto específico, o no lo es. En este contexto os pido: celebrad la santa liturgia dirigiendo la mirada a Dios en la comunión de los santos, de la Iglesia viva de todos los lugares y de todos los tiempos, para que se transforme en expresión de la belleza y de la sublimidad del Dios amigo de los hombres” (Benedicto XVI, Disc. a los monjes de la abadía de Heiligenkreuz, 9-septiembre-2007).

viernes, 30 de octubre de 2020

Eucaristía, antídoto de inmortalidad



Comulgamos al mismo Cristo Resucitado que es prenda de eternidad, según las promesas de Cristo en el discurso del pan de vida (Jn 6). Recibimos al Resucitado para tener vida eterna y, llegada la resurrección de los muertos, nuestra propia resurrección corporal. 



Hablar de Eucaristía es hablar de vida y de resurrección, pero también de ese alimento de inmortalidad para nuestra propia resurrección corporal como confesamos en el Credo: “creo en la resurrección de la carne”. Cada Eucaristía nutre y prepara nuestra propia Pascua personal (tan bien expresada en el actual ritual de exequias).

            El prefacio II de la Santísima Eucaristía apunta hacia este sentido escatológico:

Nos reunimos en torno a la mesa
de este sacramento admirable,
para que la abundancia de tu gracia
nos lleve a poseer la vida celestial.

           
            Con rotundidad, el prefacio III de la Stma. Eucaristía canta la gloria de la Eucaristía como VIÁTICO y PRENDA de resurrección:

Has querido que tu Hijo...
nos precediera en el camino del retorno a ti,
término de toda esperanza humana.
En la Eucaristía, testamento de su amor,
Él se hace comida y bebida espiritual,
para alimentarnos en nuestro viaje
hacia la Pascua eterna.
Con esta prenda de la resurrección futura,
en la esperanza participamos ya
de la mesa gloriosa de tu reino.
 

miércoles, 28 de octubre de 2020

El bautismo en la Traditio Apostolica de Hipolito



Comienza la celebración del bautismo cuando el gallo cante, i.e., bien entrada la noche santa, bendiciendo el agua bautismal. Esta plegaria, desgraciadamente, no la recoge la Traditio. Con la oración sobre el agua, ésta adquiere fuerza de santidad[1], para que, al ser sumergido en ella, quede puro y limpio el neófito, y sea llenado de la gracia del Espíritu.



Del agua se afirma que ha de ser la que corre de la fuente o la que baja de lo alto, o, en caso de necesidad, aquella que se encuentre. No significa que se bautice en un río o similar, sino que el agua de la fuente bien puede referirse al baptisterio como fuente de agua corriente. Más propio sería denominarla como piscina, apta y suficiente en tamaño para un bautismo por inmersión.

Se prepara el aceite, a continuación, para dos unciones rituales. Estos dos aceites son puestos en sendos vasos. 

El primer aceite (de acción de gracias) es bendecido por el obispo con una plegaria, y se destinará a la primera unción post-bautismal. 

El segundo aceite será exorcizado por el obispo, siendo el aceite, denominado por la Traditio, del exorcismo. 

Una vez bendecidos los óleos santos, serán sostenidos por dos diáconos a derecha e izquierda del sacerdote. Éste, estando ya desnudos los neófitos, será testigo de la renuncia al mal hecha, individualmente por cada neófito, con la fórmula clásica: "yo renuncio a ti, Satán, y a toda tu pompa y a todas tus obras". Es de destacar en esta fórmula que está dirigida directamente a Satanás, sin usar el estilo indirecto que normalmente usa la liturgia en sus renuncias al Maligno. Realizada la renuncia, será ungido por el sacerdote con el óleo del exorcismo y, acompañado por un diácono, será bautizado.

martes, 13 de octubre de 2020

La santidad es el milagro (Palabras sobre la santidad - LXXXVIII)



            Cuanto más se ahonda en la santidad, en la teología de la santidad, y cuanto más se conocen las vidas concretas de los santos, se llega a una conclusión llena de estupor y admiración: la santidad es el milagro verdadero, el santo es un milagro en sí mismo. Más que los milagros que realizaron algunos en su vida terrena y de los milagros que obran ahora, ya glorificados, el verdadero milagro es el santo en sí mismo.


            ¿Cómo es posible que fueran santos? ¿Cómo es posible que en el barro y estiércol del mundo florecieran estas flores de delicado olor y vistoso colorido? ¿Cómo es posible que en medio de tempestades, persecuciones, clima antirreligioso, surgieran santos? ¿Cómo es posible que reinando el pecado y la muerte se alzasen en santidad llevados por la gracia? ¡Eso sí fue un milagro! Ése sigue siendo el gran milagro: que brote santidad en los terrenos más adversos y abruptos, que surjan santos en las épocas y momentos de mayor secularización y apostasía general. Cada santo es un auténtico milagro de Dios.

            El santo no se da importancia a sí mismo. Vive en el abandono confiado en Dios. “El milagro, adonde mirar fijamente, no sería otro que la santidad: la santidad del hombre que se da tan poca importancia en Dios, que para él sólo cuenta Dios. Quien sea o qué es él, no se le da” (Balthasar, El cristianismo es un don, Madrid 1973, 148).