Vamos a una catequesis que ilumine no sólo la propia enfermedad en quienes la padecen, sino el cuidado y la atención que prestan el personal sanitario y los familiares.
Las palabras las pronunció Pablo VI y ayuda a entender, mejor, a vivir el sufrimiento de la enfermedad y también cómo amar y servir al enfermo en un ejercicio muy paciente de la caridad verdadera.
El dolor es una escuela difícil pero que logra aquilatar y purificar la fe, conduciéndonos al descubrimiento de lo que es realmente importante y soltando las amarras de lo superfluo.
"A vosotros -enfermos, convalecientes, recuperados, familiares, religiosos y religiosas, enfermeros-, aquí presentes, querríamos dejaros un mensaje particular como recuerdo de este encuentro tan grato.
Junto a los hermanos que sufren
En primer lugar a vosotros, que os ocupáis en diversos modos de la asistencia a los enfermos -sea por vocación consagrada a Dios y a los hermanos, sea por ternura y obligación familiar, o por deber profesional-, queremos manifestaros el gran valor que asume vuestra obra, el mérito tan grande que adquiere para la vida eterna. Lo que os impulsa es la "compasión" hacia los queridos enfermos, en el sentido más alto y verdadero de la palabra, que significa "padecer-con" los demás. Tenéis el mérito de compartir el sufrimiento, esta misteriosa e indescifrable presencia en la humanidad herida por el pecado original, que es consecuencia de la arcana rebelión que este pecado ha introducido en la naturaleza creada y en la psique y la carne del hombre; por esta "compasión" promovéis la asistencia, el cuidado, la solicitud, las velas, las incesantes y trepidantes prematuras de la caridad, hacéis vuestros los sentimientos de los que sufren.


