viernes, 7 de septiembre de 2012

Brilla el misterio de la Cruz (XVI)

"El nuevo Rey
de los siglos nuevos
Cristo Jesús,
sólo Él
llevó sobre sus espaldas
el poder y la majestad
de la nueva gloria:
la Cruz,
como dice el profeta:
Rey es el Señor
desde el madero"

(Tertuliano, Adv. Marc. III, 19).

jueves, 6 de septiembre de 2012

Evangelizar, siempre evangelizar

A un mes de empezar el Año de la Fe, y rogando al Señor por sus frutos para todos, vamos a acudir a un discurso del papa Benedicto XVI sobre la evangelización.


Estamos empeñados en una nueva evangelización. Ésta en modo alguno supone un rechazo a la primera evangelización de la que somos hijos y frutos, sino un vigor y un impulso nuevo para evangelizar a las generaciones actuales, hijas de la post-modernidad, al menos en Europa, que están de vuelta del cristianismo. Conocen de él algunos rasgos y algunas costumbres, participan de las fiestas cristianas que han marcado la cultura occidental, pero creen conocer el cristianismo sólo por esos datos aislados e inconexos y lo valoran como superfluo, insignificante para la propia vida.

¿El cristianismo tiene hoy algo que decir al hombre contemporáneo? ¿Puede ofrecerle algo real y valioso? ¿Incidir en sus vidas? A ellos va destinada esta nueva evangelización -de que la que tanto se habla, que tantos balbuceos conlleva- y también a tantos que, siendo como somos católicos, vamos conformando el cristianismo a nuestra medida y a nuestra rutina, apagando su fuego para que no nos provoque. Lo hemos ido domesticando en tantas ocasiones que nosotros mismos hemos de redescubrirlo.

Esta nueva evangelización y este celo evangelizador, pastoral, debe prender como una gran llamarada pentecostal entre nosotros, en nuestras parroquias y diócesis, en las almas de los hijos fieles de la Iglesia.

Falta, seguramente, acertar con los caminos, modos y métodos; falta asimismo ser consciente de que no basta poner la etiqueta "nueva evangelización" a cualquier charla o conferencia, a cualquier acción pastoral (las mismas de siempre) para afirmar que ya estamos realizando esta nueva evangelización. Es un camino aún por recorrer y que aún está por definirse y trazarse de manera eficaz, concreta. Pero, sin duda, la nueva evangelización es la clave para comprender y desarrollar la acción eclesial en este siglo.

martes, 4 de septiembre de 2012

Conocimiento y amor del teólogo

Las plenarias en Roma de la Comisión Teológica Internacional son ocasiones únicas para encontrarnos perlas preciosas en los discursos que el Santo Padre dirige a los participantes.

En este caso, Benedicto XVI dirige un discurso centrado en el conocimiento y el amor del teólogo, y con él se puede afirmar que el teólogo es un enamorado de Dios. Tal cual.

El conocimiento del teólogo le lleva a amar más al Misterio que se da, y el amor que ya posee en su corazón le impulsa a conocer mejor a Aquel a quien ama y por Quien es amado. Conocimiento y amor unidos en la investigación teológica y en su reflexión, respetando la estructura de la teología y su estatuto, profundizando, avanzando y también, ¡cómo no!, contemplando.

"Quien ha descubierto en Cristo el amor de Dios, infundido por el Espíritu Santo en nuestro corazón, desea conocer mejor a Aquel por quien es amado y a quien ama. Conocimiento y amor se sostienen mutuamente. Como afirmaron los Padres de la Iglesia, quien ama a Dios es impulsado a convertirse, en cierto sentido, en un teólogo, en uno que habla con Dios, que piensa sobre Dios y que intenta pensar con Dios; al mismo tiempo, el trabajo profesional de teólogo es para algunos una vocación de gran responsabilidad ante Cristo, ante la Iglesia. Poder estudiar profesionalmente a Dios mismo y poder hablar de ello —contemplari et contemplata docere (Santo Tomás de Aquino, Super Sent., lib. 3, d. 35, q. 1, a. 3, qc. 1, arg. 3)— es un gran privilegio. Vuestra reflexión sobre la visión cristiana de Dios podrá ser una valiosa contribución tanto para la vida de los fieles como para nuestro diálogo con los creyentes de otras religiones y también con los no creyentes. De hecho, la misma palabra «teo-logía» revela este aspecto comunicativo de vuestro trabajo: en la teología intentamos comunicar, a través del «logos», lo que «hemos visto y oído» (1 Jn 1, 3). Pero sabemos bien que la palabra «logos» tiene un significado mucho más amplio, que comprende también el sentido de «ratio», «razón». Y este hecho nos lleva a un segundo punto muy importante. Podemos pensar en Dios y comunicar lo que hemos pensado porque él nos ha dotado de una razón en armonía con su naturaleza. No es casualidad que el Evangelio de san Juan comience con la afirmación: «En el principio estaba el Logos... y el Logos era Dios» (Jn 1, 1). Por último, acoger este Logos —este pensamiento divino— es también una contribución a la paz en el mundo. De hecho, conocer a Dios en su verdadera naturaleza es también el modo seguro para asegurar la paz. Un Dios al que no se percibiera como fuente de perdón, de justicia y de amor, no podría ser luz en el sendero de la paz.
Dado que el hombre tiende siempre a relacionar sus conocimientos entre sí, también el conocimiento de Dios se organiza de modo sistemático. Pero ningún sistema teológico puede subsistir si no está impregnado del amor a su divino «Objeto», que en la teología necesariamente debe ser «Sujeto» que nos habla y con el que estamos en relación de amor. Así, la teología debe alimentarse siempre del diálogo con el Logos divino, Creador y Redentor. Además, ninguna teología es tal si no se integra en la vida y en la reflexión de la Iglesia a través del tiempo y del espacio. Sí, es verdad que, para ser científica, la teología debe argumentar de modo racional, pero también debe ser fiel a la naturaleza de la fe eclesial: centrada en Dios, arraigada en la oración, en una comunión con los demás discípulos del Señor garantizada por la comunión con el Sucesor de Pedro y todo el Colegio episcopal.

lunes, 3 de septiembre de 2012

San Juan de Ávila (IV)

A los santos no se les reza únicamente, es decir, la devoción a los santos no es exclusivamente rezarles en nuestras necesidades. Esa exclusividad -sólo pedirles- degenera muchas veces en superstición, en una religiosidad muy infantil, incapaz de acercarse a Cristo y a la vida sacramental.

 
 La verdadera devoción a los santos es rezarles con amistad, encomendándoles nuestras intenciones, así como leer sus vidas y ver en ellos la acción de Dios a lo largo de sus biografías, y, por último, leer sus escritos si los tienen para imbuirnos de su doctrina.

Con san Juan de Ávila, ya cercana la proclamación de su doctorado, podríamos muy bien crecer en amistad con él y tomar sus obras entre nuestras manos: será una enseñanza fecunda, iluminadora.

La Conferencia episcopal española, en su Mensaje del año 2000, nos invitaban a ello:

"Conocerlo y amarlo

            Muchas más facetas podríamos evocar de la vida y enseñanza de San Juan de Ávila. Las indicadas bastan para comprobar la calidad de su doctrina y la actualidad de su mensaje y testimonio. Queremos con estas sugerencias animaros a todos a leer sus escritos y orar con ellos. Ahí encontraréis la riqueza y hondura de un clásico. A las editoriales y revistas católicas les pedimos la difusión de la figura y obras del Maestro Ávila. Invitamos a las Facultades de Teología a que promuevan cursos monográficos y trabajos de investigación en torno a sus obras. Y asimismo a los especialistas en literatura, historia y otras áreas del saber, para que, en un trabajo interdisciplinar, descubran y den a conocer las diversas facetas de este autor tan relevante de nuestro privilegiado siglo XVI. Desde la Conferencia Episcopal queremos impulsar su conocimiento con una nueva edición de sus obras y la celebración de un Simposio.
 

domingo, 2 de septiembre de 2012

No estamos solos

La soledad se ha convertido en uno de los grandes problemas de nuestra época, el escollo insuperable de la felicidad. Nunca como hoy el hombre ha estado más informado (la radio, la televisión, prensa, cine), nunca mejor comunicado (teléfono, FAX, Internet) y sin embargo, jamás tan aislado. Viviendo en pisos pequeños, como celdas de abejas, en bloques amontonados, y, sin embargo, desconocidos unos de otros. El hombre de nuestro tiempo tiene una soledad profunda, su ser más íntimo es incomunicable, ¿con quién expresarse? ¿con quién hablar? ¡Pero si hoy nadie tiene tiempo para nadie! ¿Quién se interesa por el otro, y está dispuesto a escucharlo y amarlo y cargar con sus problemas? El hombre se siente solo, aunque esté muy acompañado; el hombre está incomunicado aunque esté rodeado por muchos.


Jesucristo es la salvación para el hombre. Jesucristo sabe lo que es la soledad -como en el huerto de Getsemaní, en su agonía-, comprende el corazón del hombre y he aquí la gran noticia: Jesucristo rompe la soledad del hombre, porque se hace presente en la vida de cada hombre, y transforma la soledad en amor y comunión con Él. El salmo 23 (22) es un salmo que habría que aprenderse de memoria: “El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar”. Jesucristo es el Buen Pastor, el Señor que cuida de sus hermanos, sus ovejas, y las lleva adonde hay alimento, conduce a sus hermanos, los cristianos, “hacia fuentes tranquilas” y es Él, Cristo Jesús, el que hoy, al hombre solo y cansado, que piensa que nadie se interesa por él, “repara mis fuerzas”, como hizo con los dos descorazonados de Emaús (cf. Lc 24).
 
En esa soledad profunda, donde pensamos que no le importamos a nadie, que nadie se preocupa de nosotros, Jesucristo se hace presente y destruye esa soledad que lleva a la muerte, a la destrucción. En la vida de la persona que sufre esa soledad profunda del corazón, el mismo Cristo se hace presente y la consuela, y la conforta, y la alimenta. ¡Cristo cercano! ¡Cristo Buen Pastor! ¡Corazón misericordioso!
 
Incluso cuando atravesamos una fuerte crisis, un túnel sin salida, en el dolor, o la enfermedad, o la angustia, Jesucristo, Buen Pastor, está ahí porque “aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan”. Cristo Jesús va delante de ti: no lo sientes, ni lo ves, metido como estás en la cañada oscura, en el hondo valle, pero Jesucristo, el Buen Pastor (cf. Jn 10) va delante de ti, va abriendo camino; sigue, pues, sus huellas, confía que en tu oscuridad y agobio y dolor, Jesucristo está pasando, y va delante de ti y te enseña la salida de esa cañada oscura hasta llegar a “los prados de fresca hierba” donde reponerte y descansar, hasta que el Señor por “su bondad y misericordia” te haga “habitar en la casa del Señor por años sin término”.