jueves, 10 de febrero de 2011

Foto de un leccionario: para llorar

Las fotos del artículos son el elemento básico para la catequesis de hoy.

Hace tiempo fui a decir Misa en una parroquia y me encuentro lo que ven en la imagen: una tachadura de bolígrafo BIC de gran parte de la lectura en un Leccionario. Tristísimo.


Particularmente me surgen varias consideraciones.

-El leccionario es un Libro con valor de signo, es el texto escrito de la Palabra de Dios para ser proclamado en la acción litúrgica, y cobra su eficacia por la fuerza del Espíritu Santo. Merece un respeto grande. Y no cuadra con este respeto la libertad que se tomaron en tachar con bolígrafo u otras cosas que a veces se hacen con los leccionarios.

"Los libros de donde se toman las lecturas de la palabra de Dios, así como los ministros, las actitudes, los lugares y demás cosas, hacen recordar a los fieles la presencia de Dios, que habla a su pueblo. Por tanto, hay que procurar que los libros mismos, que son signos y símbolos de las realidades del cielo en la acción litúrgica, sean verdaderamente dignos, decorosos y bellos" (Ordo Lectionum Missae, 35).

Y también, por si acaso:
"Los libros de las lecturas que se utilizan en la celebración, por la dignidad que exige la palabra de Dios, no deben ser sustituidos por otros subsidios de orden pastoral, por ejemplo, por las hojitas que se hacen para que los fieles preparen las lecturas o las mediten personalmente" (OLM 37).

¡Qué horror cuando se saca una fotocopia doblada del bolsillo para hacer una lectura o cantar un salmo! ¡Qué pobreza, qué poco amor a la Palabra de Dios, qué poco respeto!

miércoles, 9 de febrero de 2011

Cristo revelándose en la zarza ardiente (Ex 3)

Si ya san Ireneo apuntaba a que el Verbo de Dios muy bien podía ser Quien se revelase en la zarza a Moisés, san Agustín va a señalar la misma identidad. Al fin y al cabo Dios siempre se revela por su Verbo, Cristo, y ya comenzaba a hacerlo de forma solemne en el monte Horeb.

 Para el Doctor gratiae, es el Hijo (así lo llama él) quien revela y quien dialoga en todas las teofanías del Antiguo Testamento. Aduce como criterio hermenéutico que el “ángel del Señor” que dice el libro del Éxodo 3-4, representado en el icono como imagen distinta del personaje de la zarza, es nombre que corresponde a quien es mensajero y enviado, por tanto al Hijo, y no al Padre que es quien envía. Citemos en primer lugar un sermón agustiniano:

           “Algunos dicen que se llama ángel del Señor y Señor porque era Cristo, de quien claramente dice el profeta que es “ángel del gran consejo”. Porque ángel es nombre de función, no de naturaleza. Se dice ángel en griego a quien en latín llamamos mensajero. Mensajero es vocablo de acción: obrando, es decir, anunciando, se llama nuncio. ¿Y quién niega que Cristo nos anunció el reino de los cielos? Además, el ángel, es decir, el nuncio, es enviado por alguien que por medio de él anuncia una cosa. ¿Y quién duda de que fue enviado Cristo, el cual dice tantas veces: “no vine a hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió?” Por eso es propiamente enviado...

    Pues del mismo modo Dios, aunque apareció en el fuego, no es fuego; si apareció en el humo, no es humo; si apareció en un sonido, no es sonido. Estas realidades no son Dios, sino que indican a Dios. Habida cuenta de esto, creemos con seguridad que el Hijo, que se apareció a Moisés, era el Señor y el ángel del Señor” (Sermón 7, 3.4).

  

martes, 8 de febrero de 2011

El don y la virtud de la humildad

La humildad es madre de todas las virtudes, así como la soberbia es la madre de todos los pecados y vicios. La experiencia espiritual y la tradición mística así lo atestiguan. El cimiento sólido para todo el edificio cristiano, para edificar una personalidad cristiana es la humildad. Sin ella, nada hay válido, ni duradero.


Situémonos con dos textos del gran san Agustín:

Si quieres llegar a la verdad, no busques otro camino que el que trazó el mismo Dios, que conoce nuestra enfermedad. Ahora bien, el primero es la humildad, el segundo es la humildad, el tercero es la humildad, y cuantas veces me lo preguntases te respondería la misma cosa. No quiero decir que no haya otros mandamientos, sino que la humildad debe preceder, acompañar y seguir a todo lo bueno que hacemos... si no el orgullo nos lo arrebata todo (S. Agustín, Epist. 118,22).

        Sigamos, pues, los caminos que él nos mostró, sobre todo el de la humildad. Tal se hizo él para nosotros. Nos mostró el camino de la humildad con sus preceptos y lo recorrió él mismo padeciendo por nosotros. No hubiera sufrido si no se hubiera humillado. ¿Quién sería capaz de dar muerte a Dios si él no se hubiese rebajado? Cristo es, en efecto, Hijo de Dios, y el Hijo de Dios es ciertamente Dios. Él mismo es el Hijo de Dios, el Verbo de Dios, de quien dice San Juan: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios. Él estaba al principio junto a Dios. Por él fueron hechas todas las cosas y sin él no se hizo nada. ¿Quién daría muerte a aquel por quien todo fue hecho y sin el cual nada se hizo?  ¿Quién sería capaz de entregarle a la muerte si él mismo no se hubiese humillado? Pero ¿cómo fue esa humillación? Lo dice el mismo Juan: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El Verbo de Dios no podría ser entregado a la muerte. Para que pudiera morir por nosotros lo que no podía morir, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El inmortal asumió la mortalidad para morir por nosotros, para con su muerte dar muerte a la nuestra. Esto hizo Dios; esto nos concedió. El grande se humilló; después de humillado se le dio muerte; muerto, resucitó y fue exaltado, para no abandonarnos muertos en el infierno, sino para exaltarnos consigo en la resurrección final a quienes exaltó ahora mediante la fe y la confesión de los justos. Nos dejó la senda de la humildad.” (S. Agustín, Sermón 23 A,3-4).

lunes, 7 de febrero de 2011

Normas de vida (una ayuda de la catequesis de adultos)

 La catequesis de adultos parroquial tiene mucho de conversión y seguimiento de Cristo, no sólo formación doctrinal (¡con lo necesaria que es!), sino que debe proporcionar herramientas adecuadas para "cristificar" y "cristianizar" la vida cotidiana.

Una ayuda para integrar personalmente todas las dimensiones formativas de la catequesis de adultos (doctrinal, litúrgica, moral y espiritual) e irlas concretando, pasado algún tiempo de catequesis (un año por lo menos), será la proposición seria de un plan de vida o de unas normas de vida, que cada cual debe "escribir" en conciencia y ante Dios, para que la catequesis vaya modelando el vivir diario. Es simplemente un instrumento pedagógico que permite ver todas las dimensiones de la catolicidad vivida y vayan plasmando con sinceridad su adhesión a Cristo en cosas concretas, ¡porque Cristo tiene que ver con toda la vida, con todo lo concreto!

La santidad es un proyecto de vida y ha de configurar nuestra existencia, y está al alcance de todos. Su gracia no va a faltar... pero habremos de poner orden y colaborar con la gracia porque la santidad no se improvisa.

    Unas normas de vida son una ayuda fundamental para vivir cada jornada en presencia de Dios. En su conjunto, nos pueden parecer muchos elementos, demasiadas cosas y que absorben todo el tiempo; si somos realistas vemos que no es así. Necesitamos una pedagogía que eduque nuestra alma, un orden en nuestra vida que dé unidad a todo lo que somos y vivimos.

Las normas de vida abarcan lo diario, y esa es la propuesta ("obligatoria") de la catequesis de hoy:
  • ofrecimiento de obras, oración personal, Santa Misa diaria, Ángelus, Rosario y visita al Sagrario
  • lectura y formación personal, retiro, confesión mensual
  • y, por último, el apostolado concreto: matrimonio-familia, parroquia, trabajo, etc., como exigencia que brotaba del propio bautismo, o si no nos gusta la palabra "exigencia", digamos como respuesta personal al Señor y colaboración con la Gracia.     

domingo, 6 de febrero de 2011

El sacerdote: su propia humanidad


El sacerdote, como Cristo, es hombre entre los hombres, hombre de Dios para los hombres. No se puede desvirtuar su propia humanidad, olvidar lo humanum en el sacerdote (muchas veces descuidado), sino una vivencia plena y renovada de su propia humanidad a la luz de la Humanidad santísima, glorificada, del Señor.

"El otro elemento es que el sacerdote debe ser hombre. Hombre en todos los sentidos, es decir, debe vivir una verdadera humanidad, un verdadero humanismo; debe tener una educación, una formación humana, virtudes humanas; debe desarrollar su inteligencia, su voluntad, sus sentimientos, sus afectos; debe ser realmente hombre, hombre según la voluntad del Creador, del Redentor, porque sabemos que el ser humano está herido y la cuestión "qué es el hombre" queda ofuscada por el hecho del pecado, que ha herido hasta lo más intimo la naturaleza humana. Así se dice: "ha mentido", "es humano"; "ha robado", "es humano"; pero este no es el verdadero ser humano. Humano es ser generoso, es ser bueno, es ser hombre de justicia, de prudencia verdadera, de sabiduría. Por tanto, salir, con la ayuda de Cristo, de este ofuscamiento de nuestra naturaleza para alcanzar el verdadero ser humano a imagen de Dios, es un proceso de vida que debe comenzar en la formación al sacerdocio, pero que después debe realizarse y continuar en toda nuestra vida. Pienso que las dos cosas fundamentalmente van juntas: ser de Dios, estar con Dios, y ser realmente hombre, en el verdadero sentido que ha querido el Creador al plasmar esta criatura que somos nosotros. 
 
Ser hombre: la carta a los Hebreos subraya nuestra humanidad de un modo que nos sorprende, porque dice: debe ser una persona con "compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza" (5, 2) y también —todavía mucho más fuerte— "habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su temor reverencial" (5, 7). Para la carta a los Hebreos un elemento esencial de nuestro ser hombre es la compasión, el sufrir con los demás: esta es la verdadera humanidad. No es el pecado, porque el pecado nunca es solidaridad, sino que siempre es falta de solidaridad, es vivir la vida para sí mismo, en lugar de darla. La verdadera humanidad es participar realmente en el sufrimiento del ser humano, significa ser un hombre de compasión —metriopathein, dice el texto griego—, es decir, estar en el centro de la pasión humana, llevar realmente con los demás sus sufrimientos, las tentaciones de este tiempo: "Dios, ¿dónde estás tú en este mundo?".