míranos siempre con amor de padre,
y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo,
alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo... (OC. Domingo XXIII del T. Ordinario; también del V de Pascua).
La experiencia personal cristiana de la salvación, mediante la liturgia, nos acerca hoy a uno de los grandes capítulos y ejes vertebradores de la dignidad bautismal: la libertad, la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Así hemos comenzado la liturgia de hoy al pedir en la oración colecta: "Haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera" . ¿Pero, de qué libertad se trata? ¿Por qué caminos la obtendremos y qué uso haremos de ella? ¿Libertad de qué y para qué?
Un valor absoluto, aspiración de pueblos y naciones, deseo íntimo y anhelo principal de la persona que quiere situarse y orientar su vida. Todos hablan de libertad y derechos, exigiéndola y reclamándola... pero, ¿de qué libertad se trata? La sociedad se ha impregnado de una filosofía utilitarista y pragmática, existencialista, que interpreta la libertad como autonomía autosuficiente del hombre: "puedo hacer lo que quiera, soy libre", mas sin tener en cuenta al otro; se toma pues, la libertad, como egoísmo, excusa y pretexto para pisotear y buscar sólo los intereses personales.
La libertad cristiana no es esa. Ante todo es un don, un regalo gratuito que tiene su fuente y origen solamente en Dios, no en el hombre; éste, si quiere ser verdaderamente libre, debe ordenar su libertad hacia Dios. Desde su libertad, el hombre tiene capacidad para escoger el eje vertebrador de su existencia; la libertad es "decisión sobre sí y disposición de la propia vida a favor o en contra del Bien, a favor o en contra de la Verdad; en última instancia, a favor o en contra de Dios" (Veritatis Splendor, 65). Es desde esta libertad radical desde donde el hombre parte para llegar a Cristo y descubrir en Él, "el Camino, la Verdad y la Vida" para llegar al Padre.
"Para ser libres nos ha liberado Cristo" (Gal 5,1). El pecado no tiene fuerza ya para esclavizarnos, porque ha sido destruido en la cruz gloriosa del Señor: en la cruz encontraremos el significado profundo, pleno y verdadero de la libertad que nace de la obediencia filial y del amor de Cristo al Padre, y que marca y orienta el horizonte de nuestra libertad. Y, por el don de la Pascua, injertados por Cristo en el Bautismo, hemos sido declarados y hechos realmente libres de toda esclavitud.
En efecto, si queremos ser libres, desde la libertad de los hijos de Dios, tenemos que vivir desde la libertad en la obediencia al Padre que se expresa en el cumplimiento moral de los mandamientos; el Espíritu ha metido esta ley en nuestros corazones y es la voluntad primera de Dios respecto al hombre y principio de santidad. Es la ley de Dios. "Quien 'vive según la carne' siente la ley de Dios como un peso, más aún, como una negación o, de cualquier modo, como una restricción de la propia libertad. En cambio, quien está movido por el amor y 'vive según el Espíritu' y desea servir a los demás, encuentra en la ley de Dios el camino fundamental y necesario para practicar el amor libremente elegido y vivido" (Idem, n. 17).
¿En qué se traduce esta libertad? ¿De qué hemos sido librados por la Pascua del Señor?




