domingo, 4 de octubre de 2009

Plegaria: Sacia nuestra sed en el bautimo


Oh Dios, que nos enviaste como Salvador a tu Hijo, concédenos que estos catecúmenos,
que desean sacar agua viva como la Samaritana,

convertidos como ella con la palabra del Señor,
se confiesen cargados de pecados y debilidades.

No permitas, te suplicamos,

que con vana confianza en sí mismos,

sean engañados por la potestad diabólica,

mas líbralos del espíritu pérfido,
para que, reconociendo sus maldades,

merezcan ser purificados interiormente

para comenzar el camino de la salvación.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


Señor Jesús,
tú eres la fuente
a la que acuden estos sedientos
y el maestro al que buscan.

Ante ti, que eres el único santo,

no se atreven a proclamarse inocentes.

Confiadamente abren sus corazones,

confiesan su suciedad,
descubren sus llagas ocultas.

Líbrales, pues, bondadosamente de sus flaquezas,

cura su enfermedad,

apaga su sed,

y otórgales la paz.

Por la virtud de tu nombre,
que invocamos con fe,
séles propicio y sálvalos.
Domina al espíritu maligno,

derrotado cuando resucitaste.

Por el Espíritu Santo
muestra el camino a tus elegidos
para que caminando hacia el Padre,
le adoren en la verdad.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
(Ritual de la Iniciación cristiana de adultos, n. 164; 1º Escrutinio).

sábado, 3 de octubre de 2009

Bendición y envío de los catequistas


Es frecuente en estos días de inicios de curso celebrar de alguna manera el “envío de los catequistas”, visibilizando el mandato explícito de enseñar la fe de la Iglesia en nombre de la Iglesia, y suplicar, asimismo, la gracia de Dios para la tarea catequizadora. El Bendicional ofrece el texto litúrgico para este envío de catequistas, evitando las falsas creatividades en torno a este rito o los inventos en cada parroquia, a cual más original y sorprendente. Las preces y la Bendición contienen además, por aquello de lex orandi, lex credendi, la descripción de qué es la catequesis y qué es un catequista con conciencia eclesial.

“El rito de bendición de las personas que en una Iglesia local son destinadas a impartir la catequesis puede realizarse o en una adecuada celebración de la palabra o en la celebración de la Eucaristía, como se indica más adelante” (Bend., n. 365).

Después del Evangelio se pronuncia la homilía (y el Credo si es domingo). “Sigue la plegaria común, en la forma acostumbrada en la celebración de la Misa, o en la forma aquí propuesta; esta oración, el celebrnate la concluye con la fórmula de bendición, a no ser que se crea más oportuno emplear esta fórmula al final de la Misa, como una oración sobre el pueblo” (Bend., n. 379).

¿Qué pedimos a Dios en la oración por los catequistas? ¿Qué espera la Iglesia que sean?

“Dios quiere que todos los hombres se salven. Invoquémoslo, pues, diciendo:
R/. Atrae hacia ti a todos los hombres, Señor.

-Haz que todo el mundo conozca que tú, Padre, eres el único Dios verdadero y que Jesucristo, tu Hijo, es tu enviado.

-Manda obreros a tu mies, para que tu Nombre sea glorificado en todas las naciones.

-Tú que enviaste a los discípulos a proclamar el Evangelio, ayúdanos a propagar la victoria de la cruz de Cristo.

-Haz que seamos dóciles a la predicación de los apóstoles y sumisos a la verdad de nuestra fe.

-Tú que nos llamas hoy a tu servicio en favor de nuestros hermanos, haz que seamos ministros de tu verdad.

-Guarda a los ministros de tu santa Iglesia, para que, al enseñar a los demás, seamos hallados fieles en tu servicio.

-Que la gracia del Espíritu Santo dirija nuestros corazones y nuestros labios, para que permanezcamos siempre en tu amor y en tu alabanza” (Bend., n. 379).

Entonces el celebrante, con las manos extendidas, dice la oración:

“Señor, con tu bendición + paternal,
robustece la decisión de estos servidores tuyos,
que desean dedicarse a la catequesis;
haz que lo que aprendan meditando tu palabra
y profundizando en la doctrina de la Iglesia
se esfuercen por comunicarlo a sus hermanos
y así, junto con ellos, te sirvan con alegría.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén” (Bend., n. 380).

Y todo prosigue como de costumbre.
¡Qué importante es el ministerio de la catequesis!
No basta una cierta simpatía del catequista o la buena voluntad de ayudar, se trata de un ministerio delicadísimo de transmisión de la fe de la Iglesia, con fidelidad a la doctrina: “Vuestra labor, queridos catequistas y profesores de religión, es muy necesaria y exige vuestra fidelidad constante a Cristo y a la Iglesia. En efecto, todos los fieles tienen derecho a recibir de quienes, por oficio o por mandato, son responsables de la catequesis y de la predicación respuestas no subjetivas, sino conformes al Magisterio constante de la Iglesia y a la fe enseñada desde siempre autorizadamente por cuantos han sido constituidos maestros y vivida de modo ejemplar por los santos” (Juan Pablo II, Hom. en el Jubileo de los Catequistas, 10-diciembre-2000).

Por eso de un catequista se espera:

-amor a Jesucristo y a la Iglesia
-profunda y sincera vida interior con la oración y la liturgia
-sólida doctrina y capacitación
-formación permanente
-humildad, sin la soberbia de creerse "católico comprometido".

viernes, 2 de octubre de 2009

Sangre y Agua (Padres de la Iglesia - II)


"Ambas cosas proporcionó al mundo el cuerpo del Señor, sangre sagrada y agua santa.
Y estando muerto el cuerpo según la manera humana, tiene en sí gran fuerza de vida.

Pues lo que no mana de los cuerpos muertos, eso manó de aquél, sangre y agua; para que conociésemos cuánto poder tiene para [dar] vida la fuerza que habitó en el cuerpo, hasta el punto de que éste no aparezca un cadáver semejante a los otros, y a nosotros pueda derramarnos las causas de vida".


(Hipólito, Sobre los dos ladrones, Jn 19,34).

Del Corazón abierto del Salvador nace la Iglesia, nacen los sacramentos.

Cristo deviene Fuente de vida y salvación.

Cristo se manifiesta como nuevo Adán.


¡Jesús, manso y humilde de Corazón!

R/
Haz nuestro corazón semejante al tuyo.

jueves, 1 de octubre de 2009

Santa Teresa de Lisieux o el gran amor por la Iglesia

Santa Teresa de Lisieux, o del Niño Jesús, santa francesa, carmelita descalza, que murió a los 24 años, es una santa con una gran personalidad “teológica”, con un carisma peculiar que ilumina nuevos aspectos de la fe eclesial. Balthasar, el gran teólogo suizo del siglo XX, le dedicó una obra muy aconsejable de leer: “Teresa de Lisieux. Historia de una misión”, publicada en la editorial Herder. En esta obra, Balthasar ofrece una panorámica nueva de santa Teresa de Lisieux que supera la imagen pueril que se ha dado de ella. Esta santa carmelita es una personalidad teológica, su misma existencia es una “existencia teológica”, con una aportación nueva. En la Iglesia la santidad de cada uno es diferente porque así la labra el Señor, y hay santidades de menor volumen –o menos llamativa, menos representativa- y santidades de mayor volumen –con un peso específico para toda la Iglesia-; de este último tipo es santa Teresa del Niño Jesús.

Los aspectos de su vida y su doctrina son múltiples y no están restringidos a los contemplativos en clausura sino que se ofrecen como un tesoro para todo católico: el abandono en las manos de Dios, la paternidad divina, la infancia espiritual, la eclesialidad, el amor, el sacrificio, la reparación, la oración como impulso del corazón y sencilla mirada, la gracia en nosotros, la absoluta centralidad de Jesús en su vida, etc.

Detengámonos en uno: su amor es amor eclesial. Claro que el amor no son sentimientos, sino un algo más, un algo divino; para ella el amor es ofrecer lo pequeño de sus obras e incluso ofrecer las manos vacías de méritos para que Jesús las llene. El amor en esta pequeña gran santa es el sacrificio, mejor, los pequeños sacrificios que cada día se presentan y que pueden resultar un regalo a Jesús cuando se aceptan con amor y con amor se le regalan. Así lo vivió ella en el Carmelo de Lisieux tal como lo relata en su Historia de un alma, con las pequeñas anécdotas y los roces de la vida comunitaria y lo mucho que sufrió. Es capaz de aprender y enseñarnos: “comprendí que la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades, en sacar edificación de los menores actos de virtud que se les ve practicar. Pero sobre todo, comprendí que la caridad no ha de quedar encerrada en el fondo del corazón” (Ms C, fol. 12rº).

Este amor –caridad sobrenatural- ofrece un lugar y una vocación a Teresa. Ella se ve en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia; ella se ve como un miembro vivo, se sabe parte del organismo sobrenatural que es la Iglesia, y es consciente de que ha de hallar su lugar para entregarse a su vocación y aportarle algo a la Iglesia. Busca, reza, discierne, lee y llega a la consideración del amor en la Iglesia, de que la Iglesia posee un corazón que es el que da vida y sostiene a los otros miembros, ya sean apóstoles, doctores, misioneros...: “Adiviné que, precisamente, el corazón impulsaba al apostolado a los miembros de la Iglesia; que, una vez apagado, ya no seguirán los apóstoles anunciando el Evangelio, ni los mártires derramando su sangre” (Ms B, fol. 3vº). Entonces santa Teresa del Niño Jesús se sitúa en el corazón de la Iglesia, en su centro vital, y va entregando su amor (a base de oración y de los pequeños sacrificios) para que la Iglesia siga adelante como Cuerpo vivo. “Exclamé: “Oh Jesús, mi amor, encontré por fin mi vocación”. Mi vocación es el amor. Si, en verdad, he encontrado mi puesto exacto en la Iglesia. Este puesto tú me lo has dado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor, y con el amor lo seré todo” (ibíd.).

En el corazón de la Iglesia, mirando por el bien de toda la Iglesia, su edificación, su implantación en todos los sitios y lugares, la santificación de sus miembros... ¡En el corazón de la Iglesia! Allí se introdujo Teresa de Lisieux entregando oración, pequeños sacrificios y mortificaciones y finalmente su enfermedad y muerte; en el corazón de la Iglesia están situados los contemplativos, monjes y monjas de clausura que llegan bien lejos por la Comunión de los santos, y en el corazón de la Iglesia se puede situar cualquier bautizado que ponga su amor como regalo a la Iglesia, y al orar personal o litúrgicamente sepa que ora por la Iglesia y en nombre de la Iglesia y está unido a todos invisiblemente; aquel que sepa cada día ofrecer las pequeñas cosas, contrariedades, molestias o sacrificios por el bien de la Iglesia.

Ella fue declarada Doctora de la Iglesia y patrona de las misiones. Ya hemos visto que su existencia es una existencia teológica para la Iglesia. ¿Podríamos leer sus obras con sosiego? ¿Podríamos empezar a conocerla? ¡Es buena maestra y buena compañera de camino!

Año sacerdotal. El carácter que imprime


El “carácter” es un sello, una gracia, un don, que imprime el Sacramento del Orden en el alma del ministro ordenado. Este carácter sacramental por unos fue negado y otros lo reinterpretaron de tal forma que era equiparable (y similar) al carácter bautismal. Si se niega el “carácter”, el sacerdocio se reduce a una función; si se equipara al “carácter bautismal”, no existe diferencia entre sacerdote y laico produciéndose una “laicización” del sacerdote (y, por ende, una clericalización del laico); carece de sentido la entrega para siempre y se plantea un “sacerdocio ad tempus”, y tampoco hay cabida para el celibato que se mira como un lastre cuando el sacerdote “sólo” es un delegado de y para la comunidad y podría serlo igualmente estando casado.

El “carácter sacramental” da la clave de comprensión sacramental del sacerdocio. “El sacerdocio del que participamos por medio del Sacramento del Orden, que ha sido “impreso” para siempre en nuestras almas mediante un signo especial de Dios, es decir, el “carácter”, está relacionado explícitamente con el sacerdocio común de los fieles, esto es, de todos los bautizados y, al mismo tiempo se diferencia de éste, “esencialmente y no sólo en grado”” (Juan Pablo II, Carta Novo Incipiente, n. 3), citando a continuación el texto íntegro de LG 10.

¿Qué consecuencias se derivan del carácter?
¿Cómo se relacionan el sacerdocio ministerial y el bautismal?

Es verdad que ambos, ministerial y bautismal, están relacionados si bien hay diferencia no sólo de grado sino también de esencia. Ambos brotan del único sacerdocio de Cristo. Entre ellos no puede existir oposición ni rivalidad. El sacramento del Orden confiere una gracia peculiar y específica de manera que el sacerdocio ministerial está en función y al servicio del sacerdocio bautismal, “ayuda a los fieles a ser conscientes de su sacerdocio común y a actualizarlo: les recuerda que son Pueblo de Dios y los capacita para “ofrecer sacrificios espirituales”, mediante los cuales Cristo mismo hace de nosotros don eterno del Padre” (Id., n. 4).

Este sacerdocio ministerial es llamado “jerárquico” en razón de su misión de servicio a la comunidad eclesial: “es sacerdocio “Jerárquico” y al mismo tiempo “ministerial”. Constituye un ministerium particular, es decir, es “servicio” respecto a la comunidad de los creyentes. Sin embargo no tiene su origen en esta comunidad como si fuera ella la que “llama” o “delega”. Este es en efecto, don para la comunidad y procede de Cristo mismo, de la plenitud de su sacerdocio” (Id., n. 4) y es jerárquico pues está relacionado con la potestad de formar y dirigir el pueblo sacerdotal y unirlo a Cristo mediante la Oblación eucarística ofrecida “in persona Christi”.

A esta realidad corresponde una vivencia y actitud espirituales. La espiritualidad sacerdotal orienta la forma de vivir estas realidades en correspondencia con la gracia recibida en el Orden.

“El sacerdocio requiere una peculiar integridad de vida y de servicio, y precisamente esta integridad conviene profundamente a nuestra identidad sacerdotal. En ella se expresa al mismo tiempo, la grandeza de nuestra dignidad y la “disponibilidad” adecuada a la misma: se trata de humilde prontitud para aceptar los dones del Espíritu Santo y para dar generosamente a los demás los frutos del amor y de la paz, para darles la certeza de la fe, de la que derivan la comprensión profunda del sentido de la existencia humana y la capacidad de introducir el orden moral en la vida de los individuos y en los ambientes humanos” (Id., n. 4).

El carácter es la gracia conferida, el tesoro y fuego vivo en el alma sacerdotal: Cristo para siempre lo ha sellado con el Espíritu Santo y lo ha capacitado para ser Cristo mismo, para que Cristo tome posesión por completo de sus sacerdotes.

Oremos pues: "Guarda a los sacerdotes y ministros de la Iglesia, y haz que, después de predicar a los otros, sean hallados fieles, ellos también, en tu servicio" (Preces Vísp., Lunes IV).