sábado, 30 de junio de 2012

Análisis de "Pueblo de Dios" (catequesis)

La Iglesia es el Pueblo de Dios entendido esto en el sentido bíblico original y reconociendo una nación santa, un pueblo sacerdotal, constituido por Dios.

En la Iglesia-Pueblo de Dios, se reconoce el Don que hace Dios de la Iglesia. Ésta no se constituye a sí misma, ni tiene su origen en sí misma ni se interpreta desde la sociología y la democracia interna de la Iglesia. Ante todo, la Iglesia viene de Dios como algo dado, es un don.

La categoría "Pueblo de Dios" posee ciertas ventajas y matices para el lenguaje teológico, para la catequesis y para la compresión de la Iglesia misma.

Seguimos a Ratzinger:

"Era preciso poner en claro de nuevo, y así se dijo, la diferencia cristológica: la Iglesia no se identifica con Cristo, sino que está ante Él. Es Iglesia de pecadores, que necesita purificarse y renovarse continuamente, hacerse siempre de nuevo Iglesia. De este modo, la idea de reforma se convirtió en elemento decisivo del concepto de pueblo de Dios, elemento que no era tan fácil desarrollar partiendo de la idea de Cuerpo de Cristo.

Se nos ofrece aquí un tercer aspecto, que contribuyó sin duda a promover la idea de pueblo de Dios. En 1939, el exegeta protestante Ernst Käsemann escribió una monografía sobre la Carta a los Hebreos que tituló El pueblo de Dios peregrinante. En el clima de los debates conciliares, este título vino a convertirse en una especie de eslogan, pues en él resonaba algo que en el curso del debate en torno a la constitución sobre la Iglesia se había hecho objeto de una conciencia cada vez más clara: la Iglesia no ha alcanzado todavía su meta. Ella tiene todavía ante sí una verdadera esperanza. El momento "escatológico" del concepto de Iglesia se tornó claro. De esta manera se hizo posible, sobre todo, expresar la unidad de la historia de la salvación, que comprende justamente a Israel y a la Iglesia en el camino de su peregrinación. Se pudo expresar así la historicidad de la Iglesia, que peregrina en la tierra y que sólo llegará a ser enteramente ella misma cuando los caminos del tiempo, una vez recorridos, vayan a desembocar en las manos de Dios.

jueves, 28 de junio de 2012

Un canto para hoy (y otro más añadido)

Simplemente hoy un canto: ponernos en oración, hace nuestra la letra del canto, y dejarnos evangelizar por el mismo canto.

Hay que fijarse siempre en la letra, saber qué se canta y qué se le dice al Señor para que lo que pronuncian los labios cantando, sean expresión auténtica del corazón.

Nuestra felicidad está en conocer al Señor: es lo mejor que nos puede pasar.



Y, a su servicio, vivir de la Gracia que nos modele como el barro en manos del alfarero.

 
Gracias quiero darte por amarme,
Gracias quiero darte yo a ti, Señor,
Hoy soy feliz porque te conocí,
Gracias por amarme a mí también.

Yo quiero ser, Señor, amado
Como el  barro en manos del alfarero.
Toma mi vida, hazla de nuevo:
Yo quiero ser un vaso nuevo

miércoles, 27 de junio de 2012

Las dificultades para el apostolado planteadas por otros apóstoles

    Los propios cristianos que nos rodean pueden ser tentación y dificultad para el apostolado evangelizador. "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6,67). Los que rodeaban a Jesús, los cercanos e íntimos lo abandonan porque su discurso es difícil y duro. De entre los suyos, sus amigos y confidentes, Judas se convirtió en traidor, aquél que compartía su pan (Sal 40,10).


    Son los mismos hermanos de la comunidad los que hacen desistir y ponen trabas, en muchas ocasiones, a la difícil tarea de evangelizar, a veces con absurdos tales como usar el pretexto de "siempre se ha hecho así", "éste viene para cambiarlo todo", "la gente se está riendo de ti", "¿Tú quién te has creído que eres?". Es la experiencia de estar cercano sin haber entrado. De conocer a Jesucristo como mero dato informativo, pero sin una vinculación existencial seria. Los protagonismos, envidias e hipocresías que, encerradas en el seno de la misma comunidad cristiana dificultan e impiden el germen evangelizador del apostolado, porque no olvidemos que la comunidad cristiana está formada por hombres, y como tales, limitados, pecadores y falibles. Solos, nos sentimos solos ante el clima adverso de los mismos miembros de nuestra comunidad, parroquia, movimiento. El verdadero apóstol tiene que pasar por la experiencia, en algún determinado momento, de la soledad. Ni los que parecen compartir las mismas inquietudes lo apoyan, respaldan, valoran.

    En el seno de la comunidad cristiana surgen divergencias y divisiones que debilitan el afán misionero y el celo apostólico. Cuando por formas o métodos pastorales se altera la rutina adquirida y las costumbres establecidas de antaño, siempre se alzan voces, muchas veces desde la ignorancia, que apagan todo ímpetu y celo y desaniman. "Te pedimos Señor por los que han consagrado su vida al servicio de los hombres, que nunca se dejen vencer por el desánimo ante la incomprensión de los hombres": así reza la Liturgia de las Horas por aquellos que son incomprendidos en su recto y justo quehacer.


lunes, 25 de junio de 2012

Humildad en la acción

Es muy sabio aquel principio espiritual que afirma "actúa como si todo dependiera de ti, pero sabiendo que todo depende de Dios". El hombre hace, se fija metas, lucha por alcanzarlas, pero todo depende enteramente de la gracia y voluntad del Señor, de sus planes salvadores. Esto no anula el esfuerzo del hombre, lo estimula al ser colaborador en la obra de la salvación, cooperador con Dios.


    En la acción, la humildad y el amor es el cimiento. Se trazan los fines de nuestras acciones, cuyos objetivos no son la propia vanidad, la idolatría personal, el engrandecimiento de uno mismo; objetivo siempre humilde de toda acción es la de servir, servir al otro en la necesidad, en su crecimiento, en su vida y servirse a sí mismo en el crecimiento pleno como persona y hombre nuevo. 
 
Una humildad expresada en los medios, proporcionados a los objetivos, nunca ostentosos. Así se obró la salvación, por medio del sacramento de la humildad del Verbo y por la cruz, repugnante muerte reservada a esclavos y rebeldes. 
 
La humildad en la acción pide un talante espiritual sencillo. El orgullo hace que nos enfademos y nos sintamos frustrados cuando no conseguimos resultados concretos o los objetivos trazados, especialmente, si son deseos santos y buenos. 
 
La humildad da libertad. Se entrega lo trabajado, sin esperar nada, porque es el Señor quien hace crecer la semilla que con mucho esfuerzo el cristiano siembra. Existe la obligación de actuar, pero no el derecho de ver resultados. Lo nuestro es sembrar. Dios hará crecer y los frutos son para Él. "Yo planté, Apolo regó, pero el que hizo crecer fue Dios. Ahora bien, ni el que planta ni el que riega son nada; Dios, que da el crecimiento, es el que cuenta" (1Cor 3,6-7). 
 
La humildad lleva a un gran desprendimiento de corazón: no esperar resultados, no querer recoger frutos que no nos pertenecen, tan sólo hacer y sembrar, el Espíritu Santo será el que fecunde. Así el cristiano vive, crece y trabaja por el Reino. Así también debe ser el estilo pastoral, igual que el de Jesús, sembrar y anunciar el Evangelio, sin esperar nada y sin cansarse, sin querer ver los resultados de nuestras acciones.

    Cuando el cristiano obra con este desprendimiento y sencillez de corazón, su vida se convierte en un verdadero servicio, siervo de Dios; pobre siervo inútil, su vida es entregada a Dios como servicio de toda la vida, desde el Santo Bautismo. "¡Mira complacido, Señor, nuestro humilde servicio!" (Oración sobre las ofrendas, Domingo X del T. Ordinario).

sábado, 23 de junio de 2012

Pensamientos de San Agustín (XI)

La espiritualidad agustiniana mantiene su vigencia gracias a su lenguaje, sus profundas intuiciones y su forma de conectar rápida, intensamente, con la experiencia de cada uno, con su deseo y sus búsquedas.

Un Maestro universal, permanente, es san Agustín. Quien se acerque a él con frecuencia verá el mucho bien que le hace tanto a su intelecto como a su corazón, a su pensamiento y a su plegaria. Es una buena escuela, ya lo estamos viendo y si no, recordad toda esta amplia serie de "Pensamientos de San Agustín" y pinchad en la etiqueta.

¡Que gran valor tiene la resurrección de Cristo! Ya no vuelve a morir, está vivo para siempre. Algo podemos barruntar en la experiencia personal de nuestras pequeñas resurrecciones después del pecado, o en los impactos y obras de la Gracia en nosotros, vivificándonos. 

No todos tienen (ojos) para ver cómo resucitan los muertos en el corazón, a no ser los que ya han resucitado en su propio corazón. Más milagro es resucitar a quien ha de vivir siempre que resucitar a quien volverá a morir (San Agustín, Sermón 98,1).

La obra de Dios es increíble. El asombro, el estupor, nos conmueve al contemplar lo que Dios realizó en Cristo al resucitarlo de entre los muertos y la obra lograda en los discípulos. De la nada, del cenáculo cerrado por miedo, sale la Iglesia fuerte y valiente; del silencio de los discípulos acobardados, surge la predicación kerygmática, decidida, de los apóstoles anunciando que Cristo es el Señor porque ha resucitado.