Con san Ignacio bien podríamos aprender a rendirnos completamente al Amor de Dios y entonces, libres de todo, buscar sólo su Gloria y el bien de los hombres.
Ese fue el ejercicio de su vida y así lo plasmó en ese proceso interior que llamamos "Ejercicios Espirituales". Al final, habiendo reconocido el fin para el que soy creado, reconocido y aborrecido el pecado internamente, siguiendo a Cristo que llama a través de la meditación de su vida, hallando contrición por su Pasión y gozo por su Resurrección, el cristiano se dispone a entregarse a Dios en su Iglesia.
Entonces surge, con la fuerza de la verdad y de la vida, la siguiente plegaria de san Ignacio, situados en el corazón de la Iglesia, sintiendo con la Iglesia:
Tomad, Señor,
y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer.
Vos me disteis, a Vos, Señor, lo torno.
Todo es Vuestro:
disponed de ello según Vuestra Voluntad.
Dadme Vuestro Amor y Gracia,
que éstas me bastan. Amén.



