lunes, 7 de enero de 2013

Ciegos ante los signos de Dios

Herodes y los sabios, realmente no sabían nada. Podrían citar -Herodes no, evidentemente- versículos y más versículos de las Escrituras, hallar textos paralelos que iluminaran, saber y aplicar cualquir precepto de la Ley, por mínimo que fuera... pero sin embargo no veían. No. Más vale decir que no eran sabios, en todo caso, unos técnicos de saberes religiosos, algo así como una enciclopedia, wikipedia o el mismo Google.

Pero, ¿y ante los signos de Dios?


No ven. No ven, no disciernen, no perciben, que Dios está proporcionando los signos verificables de su actuación: reyes de Tarsis y de las islas, la multitud de dromedarios de Madián y de Efá, la profecía cumplida y la estrella como señal conductora de un camino de búsqueda.

Los signos de Dios se dieron y se dan; pero quien está ciego, no los quiere ver. Se refugian estos ciegos en sus saberes técnicos (lo "de siempre", lo "que siempre se ha hecho así") para escudarse y disculparse. Interpretan la profecía a los magos de Oriente, pero permanecen en palacio. Con ellos no va la cosa. A ellos no les interpela, ni les mueve, ni les seduce la búsqueda de Dios manifestándose.


sábado, 5 de enero de 2013

"Dei Verbum": el concepto de Revelación

Un fruto precioso del Concilio Vaticano II es la Constitución Dogmática "Dei Verbum" sobre la divina Revelación que, sin ser tan amplia como Lumen Gentium o la Gaudium et spes, ofrece una doctrina hermosa. 

Hemos de partir del concepto de Revelación; abarca e integra dos dimensiones: la del conocimiento y la del amor, es decir, la Revelación es el conocimiento sobrenatural por el cual Dios nos a da conocer las verdades que nuestro intelecto, por sí solo, no podría llegar a alcanzar y que no anula, sino que eleva la razón humana, y el amor, porque la Revelación no solamente son ideas, sino Comunicación amorosa, Dios dándose.


"Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y se da al hombre" (CAT 50).

No solamente Dios habla, sino que quiere entablar una amistad con el hombre para agraciarlo; no solamente comunica cosas, se da a Sí mismo. Son dos componentes inseparables de la Revelación. La inteligencia del hombre se ve implicada por el conocimiento sobrenatural que proviene de Dios, pero además del plano noético, del conocimiento, se ve implicada la persona entera que ha de responder al amor divino que se le comunica:

"Dios, que "habita una luz inaccesible" (1 Tm 6,16) quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1,4-5). Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas" (CAT 52).

Dios se da a conocer y actúa en la historia de los hombres para salvarlos, atrayéndolos a Él; el hombre, por su parte, junto al obsequio de su razón, al asentimiento racional y a la fe, le une el amor ante tanto Amor. La vida del hombre es la visión de Dios, dirá san Ireno; la vida del hombre se cifra en esa comunión con Dios, personal y única.

Recordemos, aplicándolo a este caso particular, el consejo ignaciano: "no el mucho saber satisface el ánima, sino el sentir y gustar las cosas internamente"; no basta saber mucho, sino gustar y sentir con el corazón, internamente, toda la Revelación, incluido el amor salvador de Dios.

Esta es la perspectiva que ofrece la Constitución Dei Verbum:

viernes, 4 de enero de 2013

Algo de teología de la Navidad, sin sentimentalismos

Siempre me ha parecido que el hombre pretende disimular u ocultar la fuerza del Misterio escondiéndolo tras lo banal o lo cultural, a lo mejor no tanto porque no se sepa preguntar al Misterio, cuanto que prefiere la comodidad del quedarse quieto y no indagar, no buscar para no hallar.  


Se amordaza el Misterio tras expresiones humanas o culturales y así se sobrevive con el Misterio sin atreverse a dejarse fascinar por lo bello y verdadero del Misterio.

El ciclo litúrgico de la Navidad es, en verdad, un Misterio, el gran Misterio, el Misterio accesible y palpable del Verbo, de la Presencia del Dios-con-nosotros, que descubre el hombre al hombre, le revela sus inmensas posibilidades, le señala el camino de su sobrenatural vocación a la santidad, el Misterio de la condescendencia divina, del admirable intercambio entre la naturaleza humana y la divina para hacernos a nosotros partícipes de la vida de Dios.

jueves, 3 de enero de 2013

El Logos, la razón, ¡y un Niño!

La razón racionalista -valga la expresión- se encierra al final en sí misma; presumiendo de sabia se hace necia porque sólo admite aquello que llega a comprender y abarcar o medir. La razón racionalista, la razón ilustrada, es tremendamente estrecha, aunque presuma y se vanaglorie de exacta, precisa, conocedora de todo; tan estrecha, que lo que no entiende o no puede llegar a abarcar se cree con derecho a negar su existencia, su valor y arrinconarla en el inmenso cajón-desastre de la "superstición", superchería, o pre-racional.



¡Cuántos choques y cuántos prejuicios! Sólo porque partían del principio de la universalidad de la razón humana y su omnipotencia se encuentran luego con realidades que les es imposible comprender. Han usado mal la razón porque la han cerrado en lugar de abrirla a aquello que la supera. Se dan de bruces con la realidad una y otra vez. Lo que era "científico" ayer, hoy es desechado, saltando de "dogma" en "dogma científico" según pueda avanzar la razón en el orden práctico, científico o filosófico.

Pero hay un salto abismal -y lo han dado, y se han caído en el precipicio- cuando realidades que la superan, de orden trascendente y no por ello menos reales, son subestimadas por el prejuicio y el orgullo intelectual de esa razón ilustrada, de ese racionalismo presuntuoso.

El Logos, la razón de todas las cosas, la Inteligencia ordenadora y creadora de todo, el principio último de cuanto existe, no es el azar ni la casualidad, que se pueda determinar en un laboratorio o en una tribuna cultural. Ya lo sabían los filósofos de la antigüedad. El Logos está en Dios mismo: es el Verbo, la Palabra.

Pero la locura mayor que excede a esa razón empequecida, a ese pensamiento débil de la postmodernidad, es el momento en que la razón creadora de todo entra en la historia, en el tiempo, haciéndose carne en un niño, en un bendito niño, que es el Hijo de Dios. La razón así entendida se choca con el Misterio de la Razón.

miércoles, 2 de enero de 2013

Distribucción del leccionario en Navidad

Si cada año recordamos, en cada tiempo litúrgico, los criterios de selección de las lecturas, su relación entre sí, etc., iremos avanzando en el conocimiento de Cristo y las lecturas de la Palabra de Dios en la celebración eucarística será más plena y provechosa.

No es arbitraria, no es caprichosa dicha selección. Revela un orden interno, destaca algunos aspectos del Misterio.


En la vigilia y en las tres misas de Navidad, las lecturas, tanto las proféticas como las demás, se han tomado de la tradición romana. Las profecías hablan de la salvación y del Mesías; las lecturas de la Aparición o plena Revelación; los Evangelios del Nacimiento o de la Palabra hecha carne... mientras que el salmo aclama: "la victoria de nuestro Dios", "Hoy nos ha nacido un Salvador..."

El domingo dentro de la Octava de Navidad, fiesta de la Sagrada Familia, el Evangelio es de la infancia de Jesús, las demás lecturas hablan de las virtudes de la vida doméstica. Litúrgicamente, es pobre, y parece querer subrayar más la dimensión moral y social de la familia, catequizando desde la liturgia o aprovechando la liturgia para catequizar.