martes, 23 de octubre de 2012

Amor a Cristo (Exh. a un hijo espiritual - III)

"Cristo debe ser amado más que nuestros padres, porque no nos dan nuestros padres lo que Cristo nos da. ¿Y quién podría referir cumplidamente sus favores? ¿No nos lo da todo y no deja de proporcionárnoslo cada día? Y es que Dios, al vernos bajo la culpa de innumerables pecados, no nos miró con desprecio sino que nos redimió; ni, vagabundos como íbamos, alejados de Él, por distintos caminos equivocados, no nos condujo a precipitarnos a la muerte, sino que nos llamó a la vida eterna.

Y cuando, como unos desagradecidos a tantos favores suyos, habíamos huido de Él, cual Padre clementísimo vino a buscarnos: sentado como estaba en su trono sublime, por nosotros bajó a la tierra y llegó a tal grado de humildad que tomó la condición de esclavo; y quien en su puño puede encerrar el mundo entero, fue envuelto en pañales en un pesebre; y quien con la palma de sumano abarca elcielo, no tuvo dónde reclinar su cabeza. Siendo rico se hizo pobre para que nos enriqueciéramos con Él; y el que sobre las nubes ha de venir a juzgar a vivos y muertos, aceptó el juicio de un hombre; y aunque para los sedientos es fuente eterna, cuando tuvo sed le pidió agua a la samaritana. El que con su propia carne sació nuestra hambre, tuvo hambre al ser tentado en el desierto; y Aquel a quien, junto con el Padre, sirven los ángeles, se digna servir a los hombres.

Sus manos, con las que obró muchísimos milagros, por nosotros fueron traspasadas con clavos; y a su boca, con la que predicó a la humanidad la doctrina salvadora, le dieron hiel en vez de comida. El que ni hirió ni dañó a nadie, fue golpeado y sufrió ultrajes; y Aquel con cuya sola inclinación de cabeza resucitaron todos los muertos, soportó voluntariamente una muerte en la cruz. Y todo esto lo padeció para regalarnos la vida eterna.

Y aunque nos hace inmensos favores, nada nos exige, salvo que conservemos para Él sin mancha nuestros templos, para que pueda habitar siempre dentro de nosotros y nosotros permanezcamos en Él. No nos pide oro ni plata ni nada de esto, pues si lo tenemos, nos manda repartírselo a los pobres: nos busca a nosotros, nos echa de menos, en nosotros desea descansar"

(S. Basilio, Exh. a un hijo espiritual, n. 3).

lunes, 22 de octubre de 2012

Velar por la integridad de la fe

Las catequesis y en general las palabras de Pablo VI durante el Año de la Fe (1968) pueden ser sin duda una palabra reflexiva y orientadora para la situación que ahora vivimos y el año de la Fe que acaba de empezar.

Toda catequesis debe evangelizarnos, es decir, cuestionarnos para, entrando en la verdad de nuestro cristianismo, cuestionarnos, revitalizarlo. Si damos por hecho el vigor de la fe en nosotros, o su enraizamiento, caeríamos en el aviso de paulino sobre el que está muy seguro de estar en pie... ¡cuidado no caiga!


Ser evangelizados constantemente es que la enseñanza de la Iglesia, una y otra vez, llegue hasta nosotros, riegue nuestro ser, nos interpele. La meditación constante y el estudio de la verdad revelada permitirán, pues, crecer en la fe, encarnarla en la propia existencia frágil y renovada, dará fecundidad a la vida.

Pero, siempre, hemos de velar por la integridad de nuestra fe, expuesta a corrientes y vientos distintos, a ideologías, modas secularizadoras, cuestionamientos desde fuera a los que a veces ni sabemos responder. La integridad de la fe, como un depósito, ha de ser salvaguardada para no vivir en una mentira, ni con un sucedáneo, ni, por nuestra cuenta y riesgo, hacerla acomodaticia a las expectativas de un mundo post-moderno que vive de espaldas a Dios y que relega la fe a un sentimiento o práctica privada e inocua.

Ante estos riesgos, la autorizada palabra de Pablo VI muestra el trabajo constante de velar por la integridad y la pureza de la fe.

"¿Cuál debe ser en este período siguiente al Concilio el pensamiento dominante de todos, pastores y fieles, que se toman a pecho la revitalización auténtica y operante del mensaje de salvación, traído al mundo por Cristo, para la renovación espiritual de su Iglesia, para la reestructuración de todos los cristianos en su unidad efectiva y para la eficacia restauradora e inspiradora del mundo?

sábado, 20 de octubre de 2012

Ídolos del corazón, salmo de libertad


Es una tentación muy antigua, que persigue siempre al hombre en todo momento de su vida y sobre la cual tiene que estar vigilante para no dejarse seducir, engatusar, atrapar, porque todo ídolo es una gran mentira: una mentira que se le presenta a nuestros sentidos, a nuestra imaginación, prometiendo cosas falsas. La serpiente sedujo a Adán y Eva con una promesa falsa: “seréis como dioses”, esto es, “seréis plenamente felices, lo tendrás todo, no necesitarás de Dios, de nadie. Tú serás un dios para ti mismo”. Se idolatraron a sí mismos. Pero, ¿qué? ¿les sirvió para algo? A base de idolatrarse cayeron en lo más hondo, se dieron cuenta de que estaban desnudos, sintieron vergüenza, rompieron la armonía entre ellos, con la creación y con el Dios creador. La idolatría es la gran mentira de la serpiente.
    El pueblo de Israel lo experimentó en su historia en múltiples ocasiones, desde el becerro de oro en el desierto hasta el destierro de Babilonia. Es quitar a Dios y poner una estatua en su lugar; quitar a Dios y poner los ídolos, rechazando así a Dios, rompiendo la alianza hecha gratuitamente por el Señor y ratificada, “alianza nueva y eterna”, definitiva, por la sangre del Cordero, Cristo Jesús.

    ¿Cómo son los ídolos? El salmo 113B es el gran canto al Dios único, vivo y verdadero, el canto a la grandeza de Dios y a la libertad de sus hijos obtenida por la cruz del Señor: “nuestro Dios está en el cielo y lo que quiere lo hace; sus ídolos en cambio son plata y oro, hechura de manos humanas: tienen boca y no hablan; tienen ojos y no ven; tienen orejas y no oyen...” Los ídolos son todo apariencia, engaño. ¿Qué ídolos tiene el hombre hoy ya que no adora becerros de oro?
 
El primer gran ídolo es uno mismo, el yo; cuando uno se hace a sí mismo medida de todas las cosas, juez de todo y de todos, siempre midiendo y tasando a los demás, usándolos. “Es que yo...”, “porque yo soy...” 

¿Otro ídolo? La afectividad, es decir, buscar ser querido, amado y aceptado, mendigando cariño; esclavo de los afectos y sin descubrir que la libertad está en amar y aceptar al otro tal cual es y no como uno quisiera que fuera. 

viernes, 19 de octubre de 2012

Brilla el misterio de la Cruz (XVII)

"Fue crucificado por nosotros.
Su Cruz es nuestra vida, nuestra fortaleza y nuestra salvación.
Él es el Misterio escondido, alegría inefable...

Gracias a la Cruz, la humanidad que la lleva ahora
no puede ser separada de Dios.
Es una fuerza vivamente deseada e inseparable de Dios.

Nuestros labios no lo pueden expresar debidamente.

En un tiempo estuvo oculto, ahora se nos revela como Misterio.

Se muestra a los fieles, no como simple apariencia, sino en su realidad.
Es la Cruz en la que nos gloriamos, para ser gloriosos también nosotros.
Por la Cruz, los fieles perfectos que la llevan se separan de todo lo que es sensible y visible como de algo que no es real.
Vosotros, los fuertes, buscad en ella vuestra fuerza,
cerrad vuestros oídos visibles,
cegad vuestros ojos exteriores,
para conocer la voluntad de Cristo
y todo el Misterio de vuestra liberación"

(Testamentum Domini).

martes, 16 de octubre de 2012

La fe sobre la roca apostólica

La fe de la Iglesia descansa sobre la fe de los apóstoles. Ellos la recibieron, fueron establecidos como rocas y columnas, la testificaron con su vida y con su muerte martirial.

Así el criterio de la fe siempre se debe medir y ajustar con la fe de los apóstoles, sin inventar una fe "nueva" o un sucedáneo que rompe la cadena de los testigos de la fe, de la Tradición recibida, vivida, amada, estudiada y transmitida a la siguiente generación.

Pedro y Pablo sellaron la fe con el martirio en Roma, y ellos son los custodios de la fe, con distintos ministerios; Pedro, la roca, el maestro de la fe, Pablo el apóstol insigne que la interpretó.

Al comenzar el año de la Fe, y acudiendo a las enseñanzas de Pablo VI en aquel año de la Fe de 1967-1968, partimos hoy de la fe apostólica, aquella que es el sello de garantía hoy para nosotros.

"Para Nos es ésta una solemne recordación; la memoria adquiere en Nos conciencia y claridad; nos evoca la muerte trágica y gloriosa de estos dos peregrinos venidos de la tierra de Jesús y convertidos mediante su predicación, su ministerio y su martirio en fundadores de la Roma Católica. Se llamaban Pedro y Pablo.

Entrambos, de diverso modo, fueron discípulos primero del Mesías, Hijo de Dios e Hijo de María, Jesús, Maestro y Salvador del mundo; luego sus apóstoles, los que anunciaron el Evangelio de Cristo y supieron descubrir en él por obra del Espíritu Santo la novedad liberadora de la antigua concepción particularista de la verdadera religión y revelaron a la humanidad el carácter unitario y universal del cristianismo, su genio renovador de las conciencias y de las formas de vida humana, su esperanza escatológica.