lunes, 15 de octubre de 2012

Santa Teresa, reformadora (y II)

Madre de espirituales, reformadora del Carmelo, santa Teresa de Jesús entregó su corazón por completo a Cristo y Cristo se le dio.

Su acción apostólica y reformadora fue muy amplia, pero si fue amplia es porque antes se entregó a Cristo en horas de contemplación. No es la reformadora de discursos ni de reuniones, de panfletos o manifiestos, sino la reforma que nace del interior de la persona que se ha dado a Cristo y experimenta una conversión profunda.

Ella funda los conventos carmelitanos donde irradiar una acción apostólica desde la contemplación, sirviendo a la Iglesia. Y sus mismos escritos son apostólicos por cuanto son un apostolado sobre las almas, no únicamente de sus hijas carmelitas, sino de todos los que se acercan a ellos.

Un 24 de agosto de 1562 comenzó la reforma teresiana con la fundación del convento de San José de Ávila, hace ahora 450 años; y pronto se multiplicaron los Carmelos. Era una acción desbordante la que nacía de la contemplación.

Completemos la visión de conjunto sobre santa Teresa que nos ofrece el papa Benedicto XVI en el Mensaje con motivo de ese aniversario fundacional:


"4. También hoy, como en el siglo XVI, y entre rápidas transformaciones, es preciso que la plegaria confiada sea el alma del apostolado, para que resuene con meridiana claridad y pujante dinamismo el mensaje redentor de Jesucristo. Es apremiante que la Palabra de vida vibre en las almas de forma armoniosa, con notas sonoras y atrayentes.

En esta apasionante tarea, el ejemplo de Teresa de Ávila nos es de gran ayuda. Podemos afirmar que, en su momento, la Santa evangelizó sin tibiezas, con ardor nunca apagado, con métodos alejados de la inercia, con expresiones nimbadas de luz. Esto conserva toda su frescura en la encrucijada actual, que siente la urgencia de que los bautizados renueven su corazón a través de la oración personal, centrada también, siguiendo el dictado de la Mística abulense, en la contemplación de la Sacratísima Humanidad de Cristo como único camino para hallar la gloria de Dios (cf. Libro de la Vida 22,1; Las Moradas 6,7). Así se podrán formar familias auténticas, que descubran en el Evangelio el fuego de su hogar; comunidades cristianas vivas y unidas, cimentadas en Cristo como en su piedra angular y que tengan sed de una vida de servicio fraterno y generoso. También es de desear que la plegaria incesante promueva el cultivo prioritario de la pastoral vocacional, subrayando peculiarmente la belleza de la vida consagrada, que hay que acompañar debidamente como tesoro que es de la Iglesia, como torrente de gracias, tanto en su dimensión activa como contemplativa.

domingo, 14 de octubre de 2012

La Iglesia en la sociedad

La Iglesia, como tal Iglesia, busca el bien del hombre, el bien concreto y real de esta humanidad concreta que se configura como una comunidad política y social. Su voz busca iluminar las realidades humanas contribuyendo al bien. Por eso tiene el deber y la obligación de hablar y no por ello está buscando una "intromisión" en la política o buscando un "poder" político, como algunos le atribuyen desde sus propias concepciones partidistas y autocráticas.

 "La Santa Sede pone todo su empeño en servir a la causa de la promoción integral del hombre y de los pueblos. Debería ser convicción de todos que los obstáculos a esta promoción no son sólo de orden económico, sino que dependen de actitudes y valores más profundos: los valores morales y espirituales que determinan el comportamiento de cada ser humano para consigo mismo, los demás y la creación entera. La presencia del Señor Embajador en este lugar testimonia la voluntad que Portugal tiene de dar un lugar importante a estos valores, sin los cuales una sociedad no se puede establecer de modo duradero.
Cuando la Iglesia, en su país, promueve la conciencia de que estos mismos valores deben inspirar la vida pública y particular, habla no por ambiciones políticas, sino para ser fiel a la misión que su divino Fundador le ha confiado. “Dado que la Iglesia – son palabras del Concilio Vaticano II – no está ligada, por fuerza de su misión y naturaleza, a ninguna forma particular de cultura o sistema político, económico o social, puede gracias a esta universalidad suya, constituir un lazo muy estrecho entre las diversas comunidades y naciones, siempre que confíen en ella y le reconozcan la verdadera libertad para cumplir esta misión suya" (Const. Gaudium et spes, 42). Ella no representa modelos parciales y pasajeros de sociedad, sino que tiende a la transformación de los corazones y de las mentes, para que el hombre pueda descubrirse y reconocerse a sí mismo en la verdad plena de su humanidad. Y dado que su misión es de carácter moral y religioso, la Iglesia respeta el área específica de responsabilidad del Estado. Al mismo tiempo anima a los cristianos a asumir plenamente sus responsabilidades como ciudadanos para, juntamente con los demás, contribuir eficazmente al bien común y a las grandes causas del hombre.
De una colaboración respetuosa y de un leal entendimiento entre la Iglesia y el poder civil, se podrían derivar beneficios para la sociedad portuguesa" (Benedicto XVI, Discurso al nuevo embajador de Portugal, 22-octubre-2010).

Los problemas hoy no son exclusivamente de orden económico; la tan llevada y traída crisis económica es el reflejo de las aguas agitadas de fondo en las que nos movemos: crisis cultural, crisis moral, crisis espiritual y crisis de humanidad. Muchos -¿todos?- se empeñan en negarlo y proponen soluciones económicas a una crisis para restablecer el orden económico desde el liberalismo económico. Pero, ¿y el mal de fondo? ¿Se cura, se atiende, se corta de raíz? ¿Sus causas no son la ambición, el utilitarismo, la falta de justicia, de Verdad y de caridad? ¿No se mide todo por el rasero económico y productivo, y se desecha lo que estorbe, comenzando por la misma vida humana, amenazada y eliminada por el aborto y la eutanasia?

La crisis debe ser iluminada por la Iglesia: su voz debe poder oirse con total libertad para mostrar la verdad. 

sábado, 13 de octubre de 2012

Santa Teresa, reformadora (I)

Hace 450 años se fundó en Ávila, un día de san Bartolomé, el primer Carmelo reformado.

Nacía así un estilo nuevo, el estilo teresiano, que tanta luz iba a dar no solamente a sus hijas carmelitas descalzas, sino a todos aquellos que quisieran emprender el camino de entrar hasta Dios por el castillo interior.


Es un hecho significativo esta fundación, y nos permite mirar el valor de esta fundación y el beneficio de la doctrina teresiana.

Con tal fecha memorable, Benedicto XVI dirigió un Mensaje al Obispo de Ávila (16-julio-2012) que resulta orientador.


"Al venerado Hermano
Monseñor Jesús GARCÍA BURILLO,
Obispo de Ávila

1. Resplendens stella. «Una estrella que diese de sí gran resplandor» (Libro de la Vida 32,11). Con estas palabras, el Señor animó a Santa Teresa de Jesús para la fundación en Ávila del monasterio de San José, inicio de la reforma del Carmelo, de la cual, el próximo 24 de agosto, se cumplen cuatrocientos cincuenta años. Con ocasión de esa feliz circunstancia, quiero unirme a la alegría de la querida Diócesis abulense, de la Orden del Carmelo Descalzo, del Pueblo de Dios que peregrina en España y de todos los que, en la Iglesia universal, han encontrado en la espiritualidad teresiana una luz segura para descubrir que por Cristo llega al hombre la verdadera renovación de su vida. Enamorada del Señor, esta preclara mujer no ansió sino agradarlo en todo. En efecto, un santo no es aquel que realiza grandes proezas basándose en la excelencia de sus cualidades humanas, sino el que consiente con humildad que Cristo penetre en su alma, actúe a través de su persona, sea Él el verdadero protagonista de todas sus acciones y deseos, quien inspire cada iniciativa y sostenga cada silencio.

miércoles, 10 de octubre de 2012

El amor a Dios (Exh. a un hijo espiritual- II)

"Así pues, ama a Dios con todas tus fuerzas para que en todos tus actos le complazcas. Pues, si quien contrae matrimonio se apresura a complacer a su esposa, mucho más aún el monje [entiéndase en sentido general, el hombre de Dios solo ante Dios] debe complacer a Cristo de todas las maneras. Quien ama a Dios, guarda sus mandamientos. Que Dios no quiere ser amado sólo de boquilla, sino con pureza de corazón y justicia en las obras. Pues quien dice: "Amo a Dios", pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso.

En efecto, un hombre de esta clase se engaña a sí mismo y por sí mismo se deja seducir. Y Dios no escruta las palabras sino el corazón, y ama a los que le sirven con un corazón sencillo. Si con tal cariño amamos a los padres terrenales, que tan escaso tiempo soportaron fatigas por nosotros, ¿no deberemos amar aún más al celestial?

Ciertamente también ese cuidado que ellos nos prestaron, es un favor a nosotros que nos hace Cristo, el máximo dispensador de todo. En verdad, antes de que naciéramos en este mundo, su providencia ya preparó a nuestros padres para que sus cuidados nos nutrieran: ¡pero es que hasta los pechos de la madre se llenan de leche cuando el niño ha nacido!

Amemos, entonces, por encima de todo a Dios, que nos modeló a nosotros y a nuestros familiares con sus propias manos, y cuantas cosas buenas se nos hacen cada día atribuyámoslas a ese favor suyo. Y amemos también a nuestros padres como a nuestras propias entrañas si no nos impiden llegar a servir a Cristo..." (S. Basilio, Exh. a un hijo espiritual, n. 3).

martes, 9 de octubre de 2012

Laicismo y secularización

¿En qué lugar queda Dios?

¿Qué sitio se le deja a Dios?

Los cambios en el pensamiento occidental, con una secularización absoluta de todas las realidades, dejan ya poco lugar a Dios. Pero si Dios no tiene espacio ni relevancia alguna, el hombre, en el fondo, tampoco. Puede ser ignorado, arrinconado, destruido y con una pérdida de sentido tal, que la existencia se convierte en angustia de la que hay que escapar y anestesiar con lo que sea.


"Y todavía hoy es fácil que se admita a Dios, a un Ente Supremo, con tal de que quede claro que no tiene nada que ver con la realidad humana. Ciertamente no se le niega, pero a condición de que se acepte que el hombre puede prescindir de él. Y si alguien realmente no puede prescindir de él, la religión tendrá su derecho a expresarse en un lugar apartado de la vida social ordinaria, un lugar extraño. El principio del "confinamiento policíaco de la religión" define la genialidad moderna en este campo. Autosuficiencia del hombre que hace de sí el criterio último, separación de Dios: el hombre puede cometer este error en todas las épocas, pero la nuestra le ha dado tal resonancia que ha sido capaz de influir en la mentalidad de todos. En el hombre moderno sigue vigente la tentación de siempre, pero nuestra época está dominada por criterios, temas y preocupaciones que censuran la auténtica sensibilidad religiosa.

Esta mentalidad deriva del racionalismo, pero es fruto de una larga disgregación, y ha llegado a inspirar la sociedad entera en todas sus formas, en especial las educativas: se llama laicismo.

Ahora bien, como ya dijimos al comienzo de este trabajo, un Dios del cual queda algo fuera no es ya Dios, es alguien al que fácilmente podemos sustituir. Por eso, el laicismo es, al menos implícitamente, ateísmo: vida sin Dios. O mejor todavía, el ateísmo es la actitud más consecuente, teórica y práctica, del laicismo.