"Este árbol es, para mí, salvación eterna;
de él me alimento, de él me sustento;
en sus raíces me arraigo,
con sus ramas me dilato,
con su aura (Espíritu) me refresco,
abanicando como por un viento,
bajo su sombra armo mi tienda
y huyendo del tórrido calor,
encuentro fresco refugio,
con sus flores me adorno
y con sus frutos me deleito sobremanera;
sin dificultad recojo los frutos
que desde un principio me fueron preservados.
Este árbol es para mí bocado exquisito
cuando estoy hambriento;
en la sed, una fuente;
en el desamparo, un refugio.
Sus hojas son aliento de vida.
Ya no necesito las hojas de la higuera.
Cuando temo a Dios, es para mí protección,
cuando vacilo es apoyo,
cuando lucho es premio,
cuando triunfo es trofeo.
Es para mí el sendero estrecho,
el camino dificultoso,
escala de Jacob,
ruta de ángeles
a cuyo extremo se encuentra realmente el Señor.
Este árbol altísimo sube de la tierra al cielo.
Es un árbol inmortal,
plantado entre el cielo y la tierra,
soporte del universo,
columna del universo,
base del mundo entero,
nudo del cosmos,
cohesión de la esencia múltiple del hombre,
cosido con clavos invisibles del Espíritu,
para que el hombre, una vez unido a las cosas divinas,
no se pierda más;
con la extremidad superior toca el cielo,
y con los pies se apoya en la tierra,
y abarca con inmensas manos
el rico soplo de aire que se encuentra en medio"
(Pseudo-Hipólito, Hom. pascual).