viernes, 21 de enero de 2011

Adorar a Cristo en el Sacramento

La presencia real eucarística hace que sea posible y casi imprescindible el culto de latría. Tanto en  el Ritual como en la Instrucción Eucharisticum Mysterium señalan esta presencia real por antonomasia. EM 3 f afirma la transustanciación que da origen el culto de latría de la Iglesia, y números más adelante desarrollará las distintas presencias del Señor en la liturgia, recogiendo lo que a su vez afirmaba la Sacrosanctum concilium (n. 7) y la encíclica de Pablo VI “Mysterium fidei”:


Para una inteligencia más profunda del misterio de la Eucaristía los fieles deben ser instruidos acerca de los modos principales según dos cuales el Señor mismo se hace presente a su Iglesia en las celebraciones litúrgicas. Siempre está presente en la asamblea de los fieles congregados en su nombre. Está presente también en su palabra, puesto que él mismo habla cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras. Pero en el sacrificio eucarístico está presente, sea en la persona del ministro, «ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz», sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. En este sacramento, en efecto, de modo singular el Cristo total e integro, Dios y hombre, se halla presente sustancial y permanentemente. Esta presencia de Cristo bajo las especies «se dice real no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por excelencia» (EM 9).
    A su vez, RCCE, sin grandes aportaciones nuevas, repetirá lo que ya está consolidado como doctrina católica:

En la celebración de la misa se iluminan gradualmente los modos principales según los cuales Cristo se hace presente a su Iglesia: en primer lugar, está presente en la asamblea de los fieles congregados en su nombre; está presente también en su palabra, cuando se lee y explica en la iglesia la Sagrada Escritura; presente también en la persona del ministro; finalmente, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas. En este Sacramento, en efecto, de modo enteramente singular, Cristo entero e íntegro, Dios y hombre, se halla presente substancial y permanentemente. Esta presencia de Cristo bajo las especies «se dice real, no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por excelencia» (RCCE 6).
   
El fin principal de la reserva eucarística, señala RCCE 5, es poder llevar el Viático, y el fin secundario, pero no por ello desdeñable, es la comunión fuera de la Misa y la adoración. Recuperar esta visión aportará equilibrio teológico, litúrgico, espiritual y, asimismo, pastoral (la comunión a los enfermos es un ministerio de caridad y Eucaristía que no puede perderse sino potenciarse en la vida parroquial y la reserva eucarística debe traernos a la memoria los miembros dolientes del Cuerpo de Cristo).

    La adoración eucarística tiene como origen y fin la Eucaristía celebrada, y situarla en paralelo o incluso por encima de la misma celebración eucarística sería romper el equilibrio armónico que nace de la dinámica del mismo sacramento. Como origen: la adoración nace de la misma celebración eucarística y esta misma celebración eucarística es adorante y ejercicio amoroso de adoración. Y la adoración fuera de la Misa “prolonga la gracia del sacrificio” (RCCE 4) introduciéndonos también en una mistagogia contemplativa de Cristo y su Misterio; prepara a los fieles y suscita en ellos el deseo de una comunión más profunda y vivificadora con Cristo, comunión en espíritu (comúnmente llamada “comunión espiritual”) que tiende a la comunión sacramental: 

“Los fieles cuando veneran a Cristo presente en el Sacramento recuerden que esta presencia proviene del sacrificio y se ordena a la comunión al mismo tiempo sacramental y espiritual” (EM 50).
    Esta vinculación se expresará incluso en los signos exteriores, que por ser signos son elocuentes, pedagógicos e instructivos (la liturgia es un complejo simbólico, un entramado de signos sagrados), por ejemplo: “por razón del signo, es más propio de la naturaleza de la celebración sagrada que la presencia eucarística de Cristo, fruto de la consagración, y que como tal debe aparecer en cuanto sea posible, no se tenga ya desde el principio la reserva de las especies sagradas en el altar en que se celebra la misa” (RCCE 6) –más adelante señalará incluso la necesaria igualdad en el ornato, número de velas, etc. (cf. RCCE 82-83. 85) y el lugar mismo de la exposición que es el altar-. No es sólo doctrina eucarística, en el nivel noético, es la praxis misma de la liturgia la que debe expresar la plenitud de la fe eucarística y ésta se expresa por signos que deben ser verdaderos y claros: “que también sea más -inteligibles los signos por los que se celebra la Eucaristía como memorial del Señor y se venera en la Iglesia como Sacramento permanente” (EM 4). Por eso, “con tanta más seguridad. y eficacia penetrará en el espíritu y en la vida de los fieles; cuanto más aptos y claros sean los signos con que se celebra y venera” (Ibíd.). Esta pedagogía y espiritualidad de los signos recoge lo que SC señalaba como principios de la reforma litúrgica:

“Los mismos signos visibles que usa la sagrada Liturgia han sido escogidos por Cristo o por la Iglesia para significar realidades divinas invisibles” (SC 33),

y también:

“es de suma importancia que los fieles comprendan fácilmente los signos sacramentales” (SC 59).

7 comentarios:

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    Thank you!!Wang Han Pin(王翰彬)
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  2. Es oportuno recordar, al respecto, las diversas acepciones que el vocablo "adoración" tiene en la lengua griega y en la latina. La palabra griega proskýnesis indica el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. La palabra latina ad-oratio, en cambio, denota el contacto físico, el beso, el abrazo, que está implícito en la idea del amor. El aspecto de la sumisión prevé una relación de unión, porque aquel a quien nos sometemos es Amor. De hecho, en la Eucaristía la adoración debe convertirse en unión: unión con el Señor vivo y después con su Cuerpo místico. Del discurso de Benedicto XVI durante la Audiencia a los miembros de la Congregación para el Culto Divino el 13 de marzo de 2009.

    La adoración es respuesta de amor a este Amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, absolutamente presente en la Eucaristía. El Señor nos hace vivir en Él, vivir de Él.

    ¡Qué deseables son tus moradas, Señor!
    Señor de los ejércitos
    mi alma ansía y anhela los atrios del Señor.
    Hasta el pájaro encuentra una casa,
    la golondrina su nido
    ¡Junto a tus altares, Señor,
    Rey mío y Dios mío!.
    Dichosos los que viven en tu casa
    siempre cantan tus Amores. Del Salmo 84.

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  3. Adorar a Dios tiene un profundo significado y una exigencia nada desdeñable. La adoración puede hacerse en cualquier lugar, ya que Dios se transparenta en todo lo creado. Pero la adoración eucarística nos enlaza con Cristo redentor y salvador de manera directa. Cuesta pensar en mejor momento y presencia para adorarle.

    Dios le bendiga y de fuerzas extra en los estudios, D. Javier :)

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  4. Bellísimo, preciosísimo; poder tener presente al Señor siempre es..., porque está entre nosotros, porque está en la Eucaristía, porque está en la Comunión, porque está ahora mismo conmigo, con usted, aquí, allí, entre nosotros. ¡Dios mío!, y porque es el gran milagro de nuestra vida poder tenerlo en el interior de nuestra alma para amarle, para hablarle en cada momento y desearle.
    ¡Ufff!, se piensa y sobrepasa los límites del entendimiento.

    Gracias

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  5. Hola D.Javier. Es precisamente bajo las especies eucarísticas donde la Sabiduría desborda durante toda la adoración nocturna. Es bueno repasar la presencia del Señor y caer en la cuenta y procurar descubrirlo allí si antes no se ha manifestado como cuando el sacerdote dice "yo te absuelvo....

    Wang Han Pin-dio! ;)

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  6. ¿qué queréis que os diga? Yo descubrí el Sagrario siendo un crío, y en ningún lugar estoy más a gusto para mi oración que ante el Sagrario. Yo "siento" allí su Presencia y me es fácil entrar en Comunión con mi Señor.

    Lo que me gustaría para todos (y lo predico tantas y tantas veces) es fomentar la adoración eucarística: pararnos y entrar a orar ante el Sagrario diariamente; ponernos de rodillas con calma cuando en nuestras parroquias semanalmente se exponga el Santísimo. ¡Necesitamos vida interior, vida eucarística! Porque si no, ¿qué caridad haremos en Cáritas, qué catequesis como catequistas de niños o jóvenes, qué servicio a la comunidad cristiana?

    Lo siento, pero es una de mis obsesiones.

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  7. ¡Bendita obsesión que tiene Ud., Don Javier!
    Es la Santa Obsesión por Jesús presente y amoroso en el "Pan del Cielo " de nuestros Sagrarios diseminados por toda la geografía.
    Es un Milagro patente. ¡Es el Señor!
    ¡Venid y postrémonos por tierra ante el Señor de señores y el Dueño de toda la tierra!
    Adorándole y consumiéndole somos hechos semejantes a Él, partícipes de su Ser y de Su Amar. La Gloria toda para Él por los siglos.

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