Fue corriendo. La habían alertado de lo que le pasaba a su Hijo, ¿y cómo iba Ella a faltar?, ¿cómo iba a dejar solo al Santo, al Inocente, al fruto bendito de sus entrañas? ¿Podía faltar, acaso acobardarse? Al fin y al cabo, la pasión del Hijo era la pasión de la Madre; Ella, la Virgen María, debía vivir su propia pasión, aquella que le fue anunciada por el anciano Simeón: “a ti una espada te traspasará el alma”, y ¡cuántos dolores sufrió la Virgen bendita!, ¡qué modo tan admirable el de la Virgen María de compartir la pasión de su Hijo, asociarse a su Redención, obedecer al designio salvador del Padre!
La Madre acudió presurosa, nada la retenía. Vio el juicio y la sentencia, oyó al populacho acusar injustamente y p

¡Bien sabe de dolores la Virgen María! ¡Bien sabe de sufrimientos, de desgarro, de pasión y de cruz! Bien sabe ella -¿quién mejor que Ella?- lo que es sufrir y consolar a su vez al que está sufriendo olvidándose de sí misma y de su propia aflicción. Es Madre, Madre Dolorosa, por encima de todo, Madre... Dios quiera que a tan buena y excelente Madre sepamos corresponder con el afecto de hijos sinceros, con piedad, con devoción. Sin embargo el trato y el diálogo con la Virgen no puede limitarse a los momentos extremos de dolor o de cruz. ¿Quién no necesita a su Madre? Y más cuando esta Madre es toda Santa, bendita entre todas las mujeres, Inmaculada, ¿quién no necesita a su Madre? ¿Quién no necesita a tal Madre?
La Iglesia se ha distinguido por la tierna y suave devoción a la Virgen María, y la espiritualidad católica integra entre sus elementos necesarios la oración a la Virgen María y privilegia dos formas para realizarlas cada día: el Ángelus y el Rosario, y si nos llamamos católicos, y si decimos que queremos mucho a la Virgen, y si afirmamos que le tenemos devoción, rezaremos con afecto tanto el Rosario como el Ángelus, todos los días, hombres y mujeres, mayores y jóvenes.
El Ángelus, entretejido de citas bíblicas y las tres Avemarías, es un saludo y evocación divina del misterio de la Encarnación, su forma y estructura “hace que a distancia de siglos conserve inalterado su valor e intacto frescor” (Pablo VI).
El Rosario es el recurso de los católicos fieles para rezar a la Virgen y con la Virgen; es tal su valor que sería muy pobre limitarse a rezarlo sólo en algunos actos o simplemente en los cultos, es oración diaria pues es “compendio de todo el Evangelio”, “oración contemplativa, de alabanza y súplica al mismo tiempo”, “oración evangélica”.
Pues la Virgen nos consuela en nuestro dolor y aflicción, aliviemos el corazón de tan buena Madre rezando cada jornada el Ángelus y el rosario; pues Ella es Madre amantísima, tratemos en oración con Ella como hijos devotos.
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