La majestad y el señorío de Jesús aquí quedan demostrados. Había venido, se había encarnado, para esta hora, la hora de la salvación de los hombres, buscaba sólo que “tuvieran vida y vida abundante” (Jn 10,10) y Él había venido “para dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45). Ya ha llegado su hora, comienza a caminar, empieza su Via Crucis, su camino de cruz. Esa cruz, el travesaño horizontal, pesadísimo, lo colo-can los soldados sobre sus hombros. La muchedumbre -¿quién se fiará de

Jesús cumple y realiza lo que predica: “el que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9,23). Carga con su cruz: ahora sigamos sus huellas y carguemos cada cual con su cruz todos los días, cada día. Mas ¿cómo habremos de hacerlo? ¿De qué forma hay que cargar con la cruz? ¿Acaso es posible? ¿Cómo acogerla y llevarla? Y no menos terrible y fascinante a un tiempo la pregunta por el sentido de la cruz: ¿Por qué? ¿Para qué sirve? ¿Posee alguna utilidad?
Ante nosotros se abre el capítulo sugestivo de la espiritualidad de la Cruz y comenzamos a leerlo mirando a Cristo en su Viacrucis: desde el instante en que la cruz de Jesús es instrumento de redención, la cruz diaria de cada cristiano es su pequeña contribución a la redención del mundo; unidos a la cruz del Salvador, cada pequeña cruz llevada sobre nuestros hombros tiene valor salvador y santificador, expía, repara, salva, redime. Se actualiza aquello que escribía san Pablo: “completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo a favor de su Cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24), y que cada uno de nosotros, igualmente, podría repetir hoy.
Pues sabiendo esto, en absoluto resultará difícil deducir cómo llevar la cruz: como el mismo Cristo, con dignidad, abrazándola, asumiéndola, es decir, aceptándola sin cuestionar el concreto plan de Dios sobre ti ni renegar de ella ni exigirle cuentas a Dios ni considerar que es injusta porque nada malo hemos hecho –nada hizo Cristo que era el Justo, el Inocente, y sin embargo cargó con su cruz-. Así pues, cada mañana haremos con renovador amor y conciencia plena nuestro ofrecimiento de obras; al iniciarse la jornada y rezar un rato ante Dios, le ofreceremos el día, el trabajo, las obras, las dificul-tades y los logros, lo adverso y lo favorable: todo para tu gloria, Señor, y en cuanto a mí, “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14).
Jesucristo nunca nos abandonas aunque lo creamos
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