
¿Qué asume el Verbo? ¡Todo lo realmente humano! Asume nuestra carne, nuestra alma y nuestra voluntad; experimenta nuestras debilidades –excepto las morales- y nuestras carencias; pasa por nuestros dolores y sufrimientos; goza con nuestras humanas alegrías y disfruta del placer de la amistad, de las sanas relaciones humanas, del calor de una familia; trabaja con manos humanas santificando así la urdimbre cotidiana de nuestra vida en que el trabajo santifica, dignifica y nos hace partícipes de las tareas creadoras de Dios; se sumerge en la noche oscura, en el abismo, en el silencio de Dios, en la muerte... ¡y abre las puertas de la vida resucitada!
Eso es lo que toma de lo humano, y ¿a cambio? La vida, lo sobrenatural, la dignidad de hijos de Dios y miembros de su Cuerpo para formar el Cristo total, Cabeza y miembros; las puertas del cielo abiertas, lo sobrenatural entrando en lo histórico y concreto; la participación en su santidad y vida divinas, la fe, la esperanza y el amor. Este admirable intercambio posibilita la santidad de los hijos de la Iglesia. De él recibimos la santidad y se puede hacer carne de nuestra carne y tomar forma en nuestra alma porque se ha abierto el período de gracia y salvación, el tiempo nuevo donde lo divino entra en lo humano para elevar lo humano a la santidad del Altísimo.
La Navidad, ¡qué llamada más fuerte a la santidad! Por amor hacia el hombre se ha hecho hombre el Hijo de Dios, para elevarnos con Él a la santidad. Ésta es una perspectiva teológica de la santidad y de la Navidad.
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