
Domingo reacciona: ¡hay que proclamar a Cristo, hay que anunciar el Evangelio, hay que llevarlos a la Verdad! Se instituye la Predicación que cuajará en la Orden de Predicadores (¡los dominicos!). Pero, para entender esta reacción misionera, hay que conocer lo que la Gracia labró en el alma de Domingo.
Domingo, un alma sencilla, era un gran contemplativo. Vivía con la mirada fija en Dios. Oraba sin cesar de diferentes maneras; un grabado nos legó los “modos de orar de Santo Domingo”, nueve diferentes formas y posturas físicas. Era un contemplativo, por lo que sentía esa Presencia de Cristo que lo abrazaba y lo envolvía y él respondía con la dulzura de su alma. De él se decía que “O hablaba con Dios o hablaba de Dios”. Meditaba constantemente el Evangelio, se recogía en intimidad con Jesucristo en sus largas caminatas... Sin esta contemplación asidua, no se entiende el espíritu de Do

“Contemplata aliis tradere”: Contemplar y transmitir a otros lo contemplado. Fue la fórmula que acuñó Santo Tomás de Aquino para definir el estilo dominico. La contemplación incluye la oración, la lectura, el estudio y su asimilación: es tratar íntimamente a Cristo y conocerlo. Se contempla la Verdad, se ora ante Cristo Verdad, y luego se comunica lo orado, se predica, se anuncia, se enseña.
“Contemplata aliis tradere”: es todo un método para la teología –y para la formación cristiana de cualquiera-. Se estudia orando ante la Presencia que ilumina y da inteligencia; se ora lo estudiado en los libros, pasando por la criba del corazón lo que la inteligencia ha vislumbrado y la memoria ha retenido. ¡Cuántos problemas evita este método! La teología se vuelve orante, “arrodillada”, sapiencial (sin perder su rigor epistemológico), pero evita ser academicista, o una pura elucubración de la propia fantasía, o un malabarismo lleno de secularización.
La Orden de Predicadores recibe su estilo de Domingo: Oración, estudio y predicación; un estilo adaptable y válido para todo católico, irrenunciable en los tiempos de secularización que vivimos.
Domingo ofrece todo esto a la Iglesia. Un hombre lleno de pasión por Cristo, de pasión por la Verdad, que alcanzó a ser transformado en un espejo de vida evangélica, hasta tal punto que fue hecho “varón evangélico”: ¡todo en Él rezumaba Evangelio! ¡Qué grande es su figura, cuán hermoso su legado!
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