6. Un criterio añadido: puede haber sensibilidad a flor de piel,
incluso lágrimas en la oración, gusto o consuelo en el alma, pero “la devoción
no la tenga por segura si no ayuda a fortalecer la fe” escribía Teresa de Jesús
(V 25,13).
Creemos que la oración ha sido preciosa porque hemos salido llenos,
parecía que nos íbamos a santificar totalmente... y a la más mínima ocasión, a
la más pequeña tentación, hemos caído.
La oración que infunda devoción y fervor
en el corazón se nota por sus efectos en la vida cristiana: fortaleza de fe,
seguridad en la esperanza, constancia en el amor.
Puede haber oración muy
sensible que no nos ayude a esto, y oración muy árida, cansada incluso, donde
sí ha estado el Señor y nos ha otorgado la fortaleza en la fe, la seguridad en
la esperanza, la constancia en la caridad verdadera. Éste es el único criterio
de discernimiento.
7. La
devoción será el modo ardiente, entregado, de vivir las realidades del culto a
nuestro Dios en la liturgia y en la oración personal.
En ese modo se impone una
disciplina espiritual como ayuda, una herramienta: un horario fijo para la oración diaria, Laudes y
Vísperas, la Eucaristía
celebrada y adorada en el Sagrario y la custodia, la lectura de la Palabra, etc.
Todo vivido
con gusto y recogimiento, entregándose al Señor.
Pedir esta devoción, este
fuego del corazón, es pedir el Espíritu Santo, y Dios escucha esta petición.
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