viernes, 10 de enero de 2020

¡Todo por el bien de la Iglesia! (Reparación)


El amor a la Iglesia, el sentir la Iglesia y el sentir de la Iglesia en nuestras almas ,corrige las miopías y torpes lecturas que muchas veces hacemos de las cosas. 



La eclesialidad modifica la percepción de nosotros mismos como si fuéramos los únicos miembros útiles y valiosos de la Iglesia; la eclesialidad corrige ese modo de actuar orgulloso que sólo valora el propio carisma, la propia vocación, como lo mejor y más excelso, mirando con cierta altivez otras vocaciones, otros carismas, otros espirituales, otras Órdenes, otros movimientos o comunidades eclesiales u otros apostolados. 

La eclesialidad introduce nuevos elementos en nuestra vida: ya no nos preocupamos sólo de los pequeños problemas personales, o de la búsqueda afanosa de la santidad personal, sin importarnos otros asuntos; ya no vemos sólo las dificultades o límites de la propia comunidad o ámbito cristiano, sino que nuestra solicitud se extiende a toda la Iglesia creando una nueva percepción, más ajustada y real, de lo propio y cotidiano. Se sitúan en su justa medida, lo personal que antes parecía lo único y provocaba angustia, relativizando su importancia (que antes se creía absoluta) y haciéndonos partícipes de la vida de toda la Iglesia.
 
Situados, pues, en esta perspectiva eclesial, la reparación muestra su rostro más pleno: no reparamos por los propios pecados, al menos únicamente, ni deseamos solamente la propia santidad (querida por Dios), sino que ampliamos el sentido del sacrificio de la cruz por bien de la Iglesia. 

Nadie se hace santo para sí mismo, buscando lo suyo, más bien uno se expropia de sí mismos en favor de la Iglesia, de la extensión del Reino.


Al desear la propia santidad, anhelamos la santidad de la Iglesia toda y de cada uno de sus hijos, y nuestra reparación, nuestro amor entregado (“el amor no hace más que regalar y no se reserva absolutamente nada para sí”[1]), nuestro sacrificio y nuestras penitencias son por la Iglesia.  

Nuestra reparación se hace más plena y perfecta cuanto más eclesial sea, cuanto más busque el bien de la Iglesia, la santidad de la Iglesia, el amor en nuestra Santa Iglesia. Esta reparación es fecunda, una fecundidad misteriosa pero plena; es más un don que un esfuerzo del hombre. 

“Pensamos que podemos hacer hijos, pero los hijos son un regalo libre de Dios, un salario es el fruto del vientre, y lo mismo vale de la fecundidad espiritual del hombre (lo mejor en ella es inspiración), y tanto más de la espiritual cuando él, mediante el amor, la entrega, la penitencia y la representación vicaria, “colaborando” con la gracia de Dios, puede convertirse en “padre” y en “madre”. Él sabe que nada es más regalo que tal actividad”[2].
 
Varias de las oraciones de la Hora Intermedia piden al Señor esta gracia de vivir por la Iglesia y para la Iglesia, en amorosa reparación y trabajando y deseando la salvación y la santidad de todos:

Oh Dios, que revelaste a Pedro tu plan de salvar a todas las naciones, danos tu gracia, para que todas nuestras acciones sean agradables a tus ojos y útiles a tu designio de amor y salvación universal[3].

Oh Dios, que enviaste un ángel al centurión Cornelio, para que le revelara el camino de la salvación, ayúdanos a trabajar cada día con mayor entrega en la salvación de los hombres, para que, junto con todos nuestros hermanos, incorporados a tu Iglesia, podamos llegar a ti[4].

Señor Jesucristo que, por la salvación de los hombres, extendiste tus brazos en la cruz, haz que todas nuestras acciones te sean agradables y sirvan para manifestar al mundo tu redención[5].

El mismo tono espiritual mantienen algunas oraciones sobre las ofrendas de la Eucaristía, siempre ofrecida por el bien de todos –y a la cual nos asociamos y nos ofrecemos nosotros mismos-:

Recibe y santifica las ofrendas de tus fieles, como bendijiste la de Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos[6].

Te rogamos nos ayudes a celebrar estos santos misterios con fe verdadera y a saber ofrecértelos por la salvación del mundo[7].

Derrama, Señor, la bendición de tu Espíritu sobre estos dones que te presentamos, para que, al participar en ellos, tu Iglesia quede inundada de tu amor y sea ante todo el mundo, signo visible de la salvación[8].

La reparación cobra un rostro nuevo, más hermoso: ofrecemos lo que somos y nuestras oraciones, actos de piedad y penitencia por la Iglesia. ¡Todo por la Iglesia! Con nuestra santidad de vida (“mientras fueren mejores... más aprovechará su oración a los prójimos”[9]) y nuestra reparación aumentará la santidad de la Iglesia[10]; con nuestro amor reparador robusteceremos el amor en la Iglesia, debilitado por el pecado de los hijos de la Iglesia ya que “todos los cristianos son pecadores, y si bien la Iglesia no peca en cuanto tal Iglesia, sí peca en todos sus miembros, debiendo confesar su culpa por boca de todos ellos”[11]; con nuestra reparación y sacrificio seremos gracia de Dios para quienes duden en la fe, o sean tentados; con el sacrificio reparador y el amor hecho oración, ¡cuántos bienes les serán dados a la Iglesia!, porque estaremos colaborando con Cristo en la redención del mundo, y con la Iglesia, que es sacramento universal de salvación para el género humano[12], y estaremos colaborando en lo invisible del Misterio, en lo que nadie ve, que no es cuantificable ni medible, pero es cierto y real: 


“¿Quién cuenta y sopesa los actos ocultos de dominio de sí mismo, que evitan el mal? ¿Quién los actos de penitencia y de caridad desprendida y quién el alcance de las ardientes oraciones ocultas? ¿Quién conoce, fuera de Dios, las experiencias de los santos, que, llevados a través del cielo y del infierno, sacan de sus quicios, desde los lugares más escondidos, regiones enteras de la historia, trasladan montañas enteras de culpa y abren un camino a través de lo intransitable? Digamos esto aquí sólo de paso y sotto voce [en voz baja], para recordar que no es posible el debe de la Iglesia sin tener en cuenta este haber”[13].



[1] VON BALTHASAR, Estados de vida del cristiano, pág. 85.

[2]  VON BALTHASAR, Tú tienes palabras de vida eterna, pág. 32.

[3] Oración de Sexta, Martes I del Salterio.

[4] Oración de Nona, Martes I del Salterio.

[5] Oración de Nona, Miércoles I del Salterio.

[6] Oración sobre las ofrendas, Domingo XVI Tiempo Ordinario.

[7] Oración sobre las ofrendas, Domingo IV de Cuaresma.

[8] Oración sobre las ofrendas, Misa vespertina de la vigilia de Pentecostés.

[9] Sta. TERESA DE JESÚS, VII Moradas, 4,15.

[10]  Recordemos el texto ya citado del cardenal De Lubac: “Si la Iglesia fuera en cada uno de nosotros más fiel a su misión, ella sería sin duda ninguna, lo mismo que su mismo Señor, mucho más amada y mucho más escuchada: pero también, sin duda alguna, sería, como Él, más despreciada y más perseguida”.

[11] VON BALTHASAR, Casta Meretrix, en Sponsa Verbi, Madrid, 1964, pág. 300s.

[12] Cf. LG 9; CAT 774-776.

[13] VON BALTHASAR, ¿Quién es un cristiano?, Madrid 1967, págs. 23-24.

1 comentario:

  1. ! Que importante, ! que oportuno ! . Cuantas veces lo olvidamos .Gracias

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