sábado, 26 de noviembre de 2022

La teología que nace del silencio (Silencio - XII)



Tan grande es la Palabra, que en silencio brota como escucha, admiración y alabanza. No es un callar porque no haya nada que decir, escribir, predicar o anunciar; es la glorificación de la Palabra misma, que supera todo conocimiento y toda filosofía. En silencio se recibe, en silencio se ama, en silencio se adora.


             De aquí se concluye cómo hay un silencio muy conveniente para la teología y para el mismo teólogo, un silencio de escucha y oración contemplativa del Misterio antes que el academicismo o las normas metodológicas para una redacción formal (notas a pie, forma de citar, etc.). La verdadera teología es palabra que nace del silencio del teólogo adorando el Misterio (y qué sabor tan distinto de las pseudoteologías que son ideologías sin más).

            La adoración nos sitúa ante el Misterio mismo: “Con esta palabra sólo podemos encontrarnos en la adoración. La adoración no sólo ayuda a la palabra, traspasando todas las comprensiones (o incomprensiones) y motivos (o contramotivos) humanos, a llegar, hasta lo infinito, sino que hace de antemano que todos los sentidos e interpretaciones finitos comprendidos por nosotros se trasciendan y completen en un sentido infinito y en una significación infinita”[1].


            El teólogo –la teología en general- hablará de lo que recibe, de lo que ve, de lo que ama contemplando (contemplata aliis tradere…), y una teología puede medirse, ver su verdad y su calidad, por la adoración y por la obediencia. “La teología de la Iglesia no puede olvidar un solo instante las raíces de que se alimenta: la adoración, en la que vemos el cielo abierto en la fe; y la obediencia de vida, que nos hace libres para entender la verdad”[2].

            La vocación del teólogo para la teología –que es vocación propiamente y, al mismo tiempo, muy poco valorada- se fragua en el silencio y adoración ante el Misterio, porque de ahí bebe el teólogo para luego traducirlo en palabras claras, inteligibles, en cada época. “Esto tienen que hacerlo los individuos aislados, que dan su vida por la gloria de la teología: por la gloria de ese fuego devorador, entre el abismo de la noche de la adoración y el abismo de la noche de la obediencia”[3].

            ¿Tan alta, tan importante es la vocación y misión del teólogo que requiere tanto estudio como al igual que tanto tiempo de silencio y contemplación? “Entendemos aquí el título de teólogo en su sentido más pleno: como título de un maestro y doctor dentro de la Iglesia, cuyo ministerio y cuya misión consisten en exponer la revelación en su plenitud y totalidad, es decir, en considerar la dogmática como el punto central de su labor”[4].

            Los Padres, los doctores de la Iglesia, los grandes teólogos, han sido personalidades totales, porque lo que enseñan lo viven, con unidad, de manera que no hay en ellos el dualismo entre dogmática y espiritualidad, porque su teología era de por sí espiritual, con unción, y brotaba del silencio contemplativo.

            La teología no era disputa, ni ideología, ni doctrina académica que nada tuviera que ver con la fe vivida, lo pastoral y la vida cristiana-eclesial: “la teología verdadera, la de los santos, pregunta –obedeciendo a la fe, respetando la caridad, y no perdiendo jamás de vista el centro de la revelación- qué pensar, qué modo de plantear los problemas, qué vías intelectuales del hombre son adecuados para esclarecer el sentido de la revelación misma. Este sentido no consiste en modo alguno en transmitir al hombre conocimientos abstrusos y ocultos, sino en unirle más estrechamente con Dios su existencia entera, también su existencia espiritual, intelectiva”[5].

            Sin duda, lo mariano, una vez más y también aquí, es forma de la teología. La actitud de María es de contemplación, un recibir del Dador, una receptividad amorosa constante, en su seno maternal-virginal. Recibe, medita sobre ello para entregarlo después, dándolo a luz, al mundo. Esta imagen mariana contiene muy bien lo que es el teólogo y la teología, vueltos al Misterio.

            O, en lugar de la figura mariana, la imagen del coloquio esponsal, confidente, íntimo, recogido, puede señalar bien el silencio del teólogo y de la teología: “La doctrina de la fe se produce siempre en la Iglesia en un diálogo viviente entre el Esposo y la Esposa (entendiendo a ésta como la Esposa mariana). El Esposo es el que dona; la Esposa la que asiente”[6]. Todo está marcado por el silencio de la contemplación para recibir del Esposo, para oír a Cristo el Esposo al manifestarse. “La teología participa de manera especial en la santidad matrimonial de la Iglesia… La teología es, en primer lugar, contemplación del Esposo por la Esposa. Esta contemplación será tanto más objetiva, profunda y amplia cuanta más luz y gracia le comunique el Esposo a la Esposa”[7]. Por eso la mejor teología, la teología de los santos, “es esencialmente un acto de adoración y de oración”[8]. ¡Esa es la norma que cualifica cualquier teología, el criterio que la discierne!

            Con esto se llega entonces a ver la teología en su pureza, en su rasgo fundamental, con una nueva luz: “La oración es, así, la única actitud objetiva ante el Misterio. Y la fe obediente es la “falta de presupuestos” de la ciencia teológica, pues ésta significa la tabula rasa del amor del corazón, que lo espera todo y no se anticipa a tomar nada”[9].




[1] H. U. von BALTHASAR, “El lugar de la teología”, en Verbum caro, 195.
[2] Balthasar, “El lugar de la teología”, 199.
[3] Id., 207.
[4] H. U. von BALTHASAR, “Teología y santidad”, en Verbum caro, 235.
[5] Balthasar, “Teología y santidad”, 254.
[6] Id., 260.
[7] Id., 262.
[8] Id., 265.
[9] Id., 266.

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