domingo, 16 de febrero de 2020

Estética y liturgia (IV)

De un modo amplio, se podría ofrecer una visión panorámica sobre algunos elementos que forman la liturgia y que, por ello mismo, deben poseer una belleza propia.





4. Campos estéticos de la celebración litúrgica



            El espacio celebrativo



            No sólo es la belleza artística y arquitectónica de la distribución y realización de los lugares celebrativos y su mobiliario litúrgico; la estética de los espacios celebrativos viene dada por el carácter de verdad y de armonía. Conjuntados por su diseño, y en proporciones adecuadas, todos los elementos para crear armonía, los lugares celebrativos serán estéticos, hermosos, si, ante todo, reflejan la verdad de su uso litúrgico; es decir, sean expresivos y significantes. El altar sea mesa y mesa amplia y festiva para el Banquete Pascual del Señor; el ambón sea un lugar elevado, amplio e iluminado cual cátedra del Espíritu Santo, con la dignidad que la Palabra de Dios tiene en su Iglesia…



            La poesía       



            El lenguaje verbal tiene una expresividad mayor y elocuente en una de sus manifestaciones más plenas y genuinas: la poesía que se abre a la imaginación y a la sensibilidad creando belleza y sugiriendo al intelecto formas e ideas. Cuando la poesía surge, se crea un lenguaje simbólico que se diferencia radicalmente del lenguaje conceptual y analítico.




            La poesía litúrgica no se queda sólo en los textos bellamente elaborados y orados por un puro placer y deleite, sino que existe una poesía vital que es vivida y cantada por los participantes, asimilando existencialmente lo orado, cantado, proclamado, en los textos poético-litúrgicos. Es un matiz muy peculiar de la poesía litúrgica…. que no lo tiene cualquier obra poética o estética… Así encontramos los textos bíblicos. Los textos de la Escritura, poéticamente elaborados, invaden la acción litúrgica teniendo por tanto un papel muy relevante el lenguaje poético. La Iglesia ora así también, poéticamente, con los salmos, cantos poéticos de alabanza, en su celebración diaria, la Liturgia de las Horas. Igualmente, la poesía de los textos litúrgicos. Como ejemplo de oración litúrgica, que la Iglesia compone según su fe y su ortodoxia, tenemos el más bello y claro ejemplo en los textos de la plegaria eucarística, plegaria de acción de gracias y consagración del pan y del vino; porque ella es el máximo exponente de la poesía litúrgica.



            Acciones y signos



            La liturgia es todo un lenguaje de acciones y signos, de símbolos, para llegar a crear una estética. La belleza del signo litúrgico: la materialidad es vehículo para la gracia del Espíritu. Transida la liturgia de signos litúrgicos y de acciones, éstas serán tanto más verdaderas cuanto que sean visibles, expresivas. Por citar algunos ejemplos.



a)      El pan y el vino, usando así un plato y una copa –patena y cáliz- que el arte ha modelado de forma artística, haciéndolos unos elementos estéticos de gran importancia.



b)      El perfume es otro símbolo que usa la liturgia, siguiendo el uso de costumbres antiquísimas que toman perfumes y aromas como expresión de belleza, solemnidad y ambientación, a la vez que como ofrenda a la divinidad. La liturgia se recrea en el incienso como aroma y perfume agradable, usa aceites perfumados para sus consagraciones, v.gr., el crisma, etc…





c)      La luz es otro de los símbolos que desde la antigüedad se han asociado a Dios. La Iglesia lo ha tomado también como símbolo de vida; e incluso lo ha asociado a Jesucristo: la Vigilia pascual del Señor Jesús. La luz es símbolo, asimismo, de lo festivo: los templos llenos de velas crean un ambiente sagrado y festivo; para las celebraciones litúrgicas siempre se encienden, al menos, dos velas, para simbolizar la alegría de la celebración litúrgica en la que Cristo Resucitado se hace presente.



            Las acciones litúrgicas son otro campo de belleza –armonía, unidad, proporción. De esta manera podemos ver, a modo de paradigma, el lenguaje gestual. El hombre es cuerpo y alma y también su cuerpo manifiesta su interioridad, expresándose mediante movimientos y gestos. El hombre ante Dios se reconoce pequeño, pecador, y lo expresa mediante palabras y gestos: los golpes de pecho, postrarse en el suelo, ponerse de rodillas reconociendo su pequeñez. Son gestos auténticamente estéticos. La oración también comporta la participación activa del cuerpo, ya que el hombre es también cuerpo; expresa su oración mediante la postura de las manos, brazos en alto, las palmas extendidas en actitud del que pide al Padre Dios y le suplica… La vida del hombre es un peregrinar, recogido en la liturgia por las diversas procesiones: de entrada, con el Evangeliario, de comunión, etc… El lenguaje gestual ha de ser amplio y visible, auténtico, expresión de algo interior, lento y solemne, evitando apresuramientos y carreras…




Sánchez Martínez, Javier, “Lo bello y lo “inútil” de la liturgia”: Pastoral litúrgica 236 (1997), 51-57.
 



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