martes, 2 de abril de 2024

Conocimiento propio (virtud - y III)

El conocimiento propio es una herramienta del itinerario espiritual de crecimiento, una preciosa virtud que favorece que vayamos adquiriendo la “imagen de Cristo” (Rm 8,29). No es un simple examen o repaso de faltas en un catálogo moral externo a nosotros, es conocernos –de nuevo- como Dios nos conoce, (cf. 1Co 13,12), en una tarea que siempre va a abarcar toda la vida. ¿No era el grito de San Agustín: Que me conozca, que te conozca?   


Una experiencia espiritual honda incluye un verdadero conocimiento de sí mismo, de las virtudes y cualidades personales, y también de los propios límites, reconocidos en la verdad y aceptados para ser integrados y no ser fuente de conflictos al no aceptarse uno tal cual es. Esta madurez del conocimiento propio se adquiere mirándose con una cierta distancia crítica de uno mismo, estando abierto para aprender, saber aceptar las correcciones que nos hagan y estar dispuesto a corregirse para crecer.

 Si la experiencia espiritual cristiana es verdadera y no meramente sensible o afectiva, uno de los signos más claros es la necesidad de andar en verdad. La fe engendra el andar en verdad y el conocimiento propio es tarea de cada hombre y obra de Dios con su gracia. Sólo Dios nos muestra la verdad de nuestro ser totalmente con entrañas de misericordia. “Jamás nos acabamos de conocer si no procuramos conocer a Dios” (Sta. Teresa, 1M 2,9): ¡conocernos en Dios, sabiéndonos amados por Él tal cual somos!, ya que sólo quien se sabe amado es capaz de crecer y caminar.

 
El conocimiento propio tiene una gran ventaja humana y espiritual: es el camino para la aceptación de uno mismo. El creyente debe estar reconciliado con su pasado, con lo negativo que forma parte de él y también con lo positivo; reconciliado con sus cualidades y sus debilidades, o lo que es lo mismo, habiendo aceptado y encajado todo este mundo interior que le constituye en persona. Esto se descubre a la luz de Dios. 

La aceptación humilde y agradecida de sí mismo (que no es pasividad ni resignación amargada) caracteriza la madurez humana. La aceptación de sí mismo es humilde, el hombre maduro no es presuntuoso ni altanero, como rezamos en el salmo 130, conoce sus límites, sus debilidades, sus carencias y pecados y sus defectos. Aquí nacerá la autoestima sana de quererse a uno mismo para poder amar y aceptar a los demás, sabiéndose profundamente amado por Dios: “Nosotros hemos conocido el Amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él” (1Jn 4,16). Además de la autoestima, nacerá la confianza sin límites en el Amor de Cristo y en su potencia salvadora que es capaz de redimir y curar las heridas más profundas del corazón humano, pues Él es Médico y Salvador.


            ¿Cómo conocerse?
             
Estando atentos al propio mundo interior.

El examen de conciencia diario, de forma breve, y de manera más amplia al celebrar el Sacramento de la Reconciliación nos pondrá en la verdad de lo que somos, viendo nuestros pecados y descubriendo también la  raíz de esos pecados y las desviaciones del corazón; examinando lo bueno recibido de Dios y las respuestas que vamos dando. En este examen de conciencia también se mira lo que Dios ha dado al alma en virtudes, cualidades, crismas, y el uso y rendimiento que vamos haciendo. El examen de conciencia atento a la luz de Dios es un medio  privilegiado. Al principio será árido y costoso, no se descubrirá nada –seguiremos con una imagen de nosotros maravillosa pero desajustada a la verdad-. 

San Juan de Ávila recomendaba:

“No te entremetas en saber cosas curiosas; vuelve tu vista a ti misma y persevera en examinarte; que, aunque al principio no halles nada de importancia al conocerte, como quien entra en la claridad del sol en una habitación oscura, pero,  perseverando con sosiego, poco a poco verás con la gracia de Dios lo que hay en tu corazón, aunque esté en los más secretos rincones” (AF, c. 58).

La oración personal es otro de los medios; en la oración tratamos con Dios en comunicación de amistad y amor y el Señor va dando luces, mueve el alma, nos hace ir descubriendo lo que somos, nos va pidiendo algo, nos señala el camino de lo que quiere de nosotros, nos muestra la verdad de nosotros mismos en su presencia. La oración es entrar en la Verdad que nos hace libres. Estas palabras de Sta. Teresa de Jesús son muy iluminadoras de una oración verdadera: “en principio y fin de la oración... siempre acabéis en propio conocimiento” (C 39,5); “tengo por mayor merced del Señor un día de propio y humilde conocimiento... que muchos de oración” (F 5,16).

Junto a la oración personal, la lectura meditada de la Palabra de Dios y de los escritos de los santos, que sirven de espejo para confrontarnos, que nos descubrirán muchas cosas de nuestro interior; cuando vayamos leyendo meditativamente y descubramos algo que nos llama poderosamente la atención, estemos disponibles para pararnos, pues puede ser una llamada del Señor, y miremos lo que estamos leyendo con lo que somos nosotros. Esta lectura meditada, sin prisas para poder confrontar con nosotros mismos como en un espejo, es de inestimable ayuda para irnos descubriendo.

El análisis o la introspección, entrar en nuestro mundo interior y analizarnos, siempre con serenidad y paz. ¿Cómo hacerlo? Descubrir qué sentimos, cómo estamos, en qué circunstancias nos sentimos así... porque los sentimientos son reflejos de comportamientos más profundos del alma y nos delatan la verdad de lo que somos: sentimientos de rechazo, de alegría, o de cobardía, que afloran sin que sepamos conscientemente porqué. Hay que analizar y buscar sus causas.

Muy conveniente además ver cómo reacciono ante el defecto verdadero del otro, la debilidad objetiva del otro pone al descubierto, según mi reacción, mi propio mundo interior, y, consecuentemente, es para mí fuente de conocimiento y ocasión propia para trabajarme espiritualmente. E igualmente, conocer en este análisis, los sentimientos y reacciones que se despiertan ante un suceso agradable, ver cómo hemos reaccionado ante una circunstancia adversa, saber qué me entristece aunque no exista una causa real y concreta, etc...

El conocimiento propio –como Dios nos conoce- será el acceso para una mayor madurez personal, viviendo en humildad, aceptando lo que somos e integrando aquello que no está maduro ni sano; pondremos nombre a lo que está en nuestro interior que nos daña y no queremos reconocer, y agradeceremos a Dios los dones y posibilidades que ha puesto en nuestra alma, como talentos preciosos, para fructificarlos e ir adquiriendo la imagen de Cristo, el rostro de Cristo, humanidad plena y perfecta, en nosotros.

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