La fe se ha formulado con precisión mediante los dogmas: éstos no son fórmulas caprichosas, arbitrarias o al vaivén de las modas y los tiempos, sino definiciones precisas de la Verdad. A ellos ha llegado la Iglesia mediante la acción del Espíritu Santo que desvela la verdad completa, nos lleva a una comprensión mayor de lo que ya estaba contenido en lo revelado. Así pues, no son la suma de nuevas verdades que se añaden, sino la precisión de lo que ya estaba dicho, que se comprende mejor y que se fija como una verdad absoluta y no relativa.
Mediante los dogmas, la fe ha recibido una formulación precisa, exacta, que pone límites entre la verdad y el error. Nada que ver entonces con el dogmatismo que es un fanatismo irracional, ni con la arrogancia de quien arroja la verdad a la cara de los demás -facientes veritatem in caritate!-, sino con la Verdad misma, absoluta, eterna, revelada en Cristo y por Cristo.
El lenguaje del dogma nos preserva del error, de la confusión, de confundir la Verdad con opiniones o ideologías cambiantes. Son la Verdad, por tanto eterna e inmutable, formulada con las mejores palabras humanas, formuladas por la Iglesia a la luz del Espíritu Santo; en palabras de la Constitución Dei Verbum:
"Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios" (DV 9).

