jueves, 15 de noviembre de 2012

Los dogmas son inalterables para la integridad de la fe

La fe se ha formulado con precisión mediante los dogmas: éstos no son fórmulas caprichosas, arbitrarias o al vaivén de las modas y los tiempos, sino definiciones precisas de la Verdad. A ellos ha llegado la Iglesia mediante la acción del Espíritu Santo que desvela la verdad completa, nos lleva a una comprensión mayor de lo que ya estaba contenido en lo revelado. Así pues, no son la suma de nuevas verdades que se añaden, sino la precisión de lo que ya estaba dicho, que se comprende mejor y que se fija como una verdad absoluta y no relativa.


Mediante los dogmas, la fe ha recibido una formulación precisa, exacta, que pone límites entre la verdad y el error. Nada que ver entonces con el dogmatismo que es un fanatismo irracional, ni con la arrogancia de quien arroja la verdad a la cara de los demás -facientes veritatem in caritate!-, sino con la Verdad misma, absoluta, eterna, revelada en Cristo y por Cristo.

El lenguaje del dogma nos preserva del error, de la confusión, de confundir la Verdad con opiniones o ideologías cambiantes. Son la Verdad, por tanto eterna e inmutable, formulada con las mejores palabras humanas, formuladas por la Iglesia a la luz del Espíritu Santo; en palabras de la Constitución Dei Verbum:

"Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios" (DV 9).

miércoles, 14 de noviembre de 2012

La conciencia, ¿instancia subjetiva?

Un artículo que he encontrado expone con meridiana claridad un problema muy actual, muy vivo: la conciencia. A ésta la estamos entendiendo cada vez más como una instancia subjetiva, es decir, una instancia moral que cada sujeto le da un contenido diferente y que, encima, se debe respetar al máximo. Con demasiada facilidad decimos: "allá cada cual con su conciencia".


Pero no es así. La conciencia es la interiorización de la Verdad y del Bien que orienta al sujeto; no es la persona la que crea sus propios contenidos a capricho; no es la libertad el criterio de la conciencia (libertad para el capricho, libertad del relativismo), sino la Verdad la que nos hace libres, y la conciencia, reconociendo la Verdad, nos lleva a vivir una libertad auténtica.

O sea, "allá cada cual con su conciencia", no. Mejor, mostremos la Verdad y eduquemos a que la conciencia reconozca la Verdad y ella sea su norma.

El pensamiento "liberal" (y aquí algunos amigos y lectores aplaudirán con las orejas) o el pensamiento relativista ha destruido el concepto de la Verdad por el de la opinión, el consenso, la tolerancia. Afirman que no hay Verdad, sino "tu verdad" y "mi verdad", y cada cual debe fabricarse esa "verdad" y actuar... mientras no alteren el consenso alcanzado por todos: que la democracia es ideal, que el aborto no es tan malo, que el amor son sentimientos y que si desaparecen se rompe todo, etc., etc., etc.

Vamos al artículo.

Entiendo que el artículo es denso, difícil, pero es tan lúcido que merece la pena un esfuerzo de comprensión, aunque haya que leerlo varias veces.

"Su esencia [la del liberalismo], en efecto, estaría en el vitalismo, sea éste visto como pulsión "naturalista" o sea considerado como "autenticidad", espontaneidad e inmediatez.

El sujeto humano es reducido así a un haz de pulsiones momentáneas y contingentes. No es el ente que domina, valora, acoge, rechaza lo que en él surge impulsivamente. Es, al contrario, el fenómeno de actividades complejas de una vis incontrolada e incontrolable.

lunes, 12 de noviembre de 2012

El factor "humano" de la Iglesia

Desde que el Verbo se encarnó y su humanidad fue instrumento de salvación, la Iglesia consta de una dimensión humana innegable, tal vez, sorprendente.


Cristo cuenta y quiere esa humanidad de la Iglesia junto a su dimensión sobrenatural; Cristo cuenta y quiere esa humanidad de los miembros de su Iglesia y a través de esa humanidad, también débil, también pecadora, brilla su Gloria y se comunica su Gracia.

Me gusta esta reflexión de Don Giussani y la ofrezco aquí; los comentarios y las experiencias personales pueden iluminar el texto y aplicarlo.

"Recuerdo que hace algunos años me encargaron dar una lección a un grupo de sacerdotes, que eran profesores de religión en institutos de enseñanza media, acerca del método de la vida cristiana, y, de manera un tanto provocativa, comencé la lección diciendo: "Cristo no es la verdad". Se produjo una rebelión inmediata y clamorosa en toda la asamblea. Enseguida me expliqué mejor diciendo, con más precisión, que la verdad es el Verbo y que Cristo representa el método con el que la verdad se ha comunicado a los hombres; y por eso, es la verdad encarnada tal como Él dice de sí mismo -"soy la verdad y la vida"-, poniendo delante la expresión: "Yo soy el camino" (Jn 14,6). Él es, por consiguiente, la verdad en cuanto camino, vía, método, hombre y accesible a los hombres, Dios que les acompaña. Podía haber elegido otro método para comunicarse a los hombres: la opinión de la conciencia como afirma el racionalismo; o una experiencia interior dictada por el espíritu, como subrayan los protestantes. Pero ha elegido éste, ha sorprendido a la mente y la imaginación de la humanidad encarnándose, indicándose a sí mismo como camino, como método. Cristo es el método que Dios ha elegido para salvar al hombre.

La Iglesia es la prolongación de Cristo en la historia, en el tiempo y el espacio. Y, al ser dicha prolongación, en ella consiste el modo en que Cristo continúa estando particularmente presente en lahistoria, y, por consiguiente, ella es el método que tiene el Espíritu de Cristo para mover al mundo hacia la verdad, la justicia y la felicidad.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Para orar ante el Sagrario tranquilamente

1. Para orar ante el Sagrario hay que calmarse un poco: pasar de la calle y del ruido, a la soledad, al silencio y a la Presencia.

2. Entrar en la capilla del Sagrario, hacer una genuflexión pausada mirando al Sagrario, que nos haga conscientes de la Presencia. Ir al banco y arrodillarse.

3. Una vez de rodillas, antes de rezar ni de decir nada, mirar al Sagrario y percibir a Cristo: una lamparilla encendida, la puerta del Sagrario normalmente iluminada con un haz de luz potente. Mirar. La respiración debe estar ya calmada; seguimos de rodillas, sin cambiar de postura a cada instante...

4. Mirando al Sagrario, hacer primero un acto de presencia de Dios: "Señor, tú estás aquí... Tú me amas, me escuchas. Te adoro, Dios mío".

5. Luego, ya antes de iniciar la oración, invocar al Espíritu Santo que dirija la plegaria, ore en nosotros, ponga en nuestra boca lo que hayamos de pedir.

6. Entonces, tal vez, sentarse, despacio y sin movimientos bruscos, sino con recogimiento. Empezar a orar:

-unas veces, leer suavamente el Evangelio dos o tres veces, ver qué dice en sí mismo, imaginarlo, sentir la voz de Cristo y luego reflexionar para saber qué me dice a mí concretamente, ahora,

-otras veces, en lugar del Evangelio, las oraciones del Misal para la Misa de cada día, o un prefacio o la plegaria eucarística, imbuyéndonos de la oración de la Iglesia y haciéndola nuestra,

-otras, rezar despacio un salmo, dejando que cale en el alma, o emplear jaculatorias al ritmo sosegado de la respiración: "señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero", "¿A quién vamos a ir? tú tienes palabras de vida eterna", "Jesús, confío en ti", "Dios mío y mi todo"...

-otras, simplemente, hablar con Él, suavemente, en conversación amistosa, sobre lo que sentimos, vivimos, sufrimos y pedir gracia y luz.

Son los pasos normales. Pero, sobre todo, cuidar mucho la preparación y el inicio de la oración. A veces entramos en ella como elefantes en cacharrería, sin recogimiento ni haber pacificado el interior, nos ponemos nerviosos y tenemos que huir.

Además, cuando se está ante Él, se hace luz en el interior, y todo lo que hay en la conciencia sale a flote con claridad incomodando. Encararnos entonces lo mejor posible con la verdad de nuestra vida, dejando que el Señor hable o nos dé sentimientos o luces en el corazón.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Pensamientos de San Agustín (XV)

Una variedad de frases y máximas, de diversos contenidos, nos pueden ayudar a crecer y formarnos, sabiendo la precisión de san Agustín y la variedad de temas que aborda.
Esta escuela, en la que solamente Dios es el maestro, busca alumnos buenos, asiduos y aplicados. En esta escuela aprendemos cada día: una cosa en los preceptos, otra en el ejemplo y otra en los sacramentos. Todo esto es la medicación de nuestras heridas y el estímulo de nuestro celo (San Agustín. Sermón 16A,1).
Dios quiere siempre educarnos y Él mismo es un Maestro. Ahora bien, hemos de ser alumnos buenos, asiduos y aplicados, que sepamos recibir las lecciones de Dios, las interioricemos y las pongamos en práctica. Hemos siempre de aprender porque siempre hemos de avanzar.