domingo, 30 de septiembre de 2012

Presentación del Concilio

A poco que se conozca el magisterio de Pablo VI, veremos una sucesión de catequesis, audiencias, discursos y homilías sobre el Concilio Vaticano II, que él sancionó y promulgó, presentándolo a los fieles. En su palabra hallamos las interpretaciones exactas de los documentos conciliares, presentaciones globales, precisiones de matices que, en su momento y en gran medida, se ignoraron.


Pablo VI quiso explicar el Concilio Vaticano II a toda la Iglesia con mucha paciencia; quiso explicarlo subrayando sus grandes ideas, sus claves de interpretación y el modo de aplicarlo correctamente a la vida de todo el pueblo cristiano.

Otros, tal vez, prefirieron ampararse en la propia subjetividad, apelar al "espíritu del Concilio" y despreciando los documentos aprobados y la interpretación autorizada del Papa, forzar el Concilio según las propias ideologías y corrientes de moda.

A nosotros, ahora, a punto de iniciar el Año de la Fe nos corresponde, según el deseo de Benedicto XVI conocer el Concilio Vaticano II, difundirlo y estudiarlo. Para ello hoy veremos una presentación global que hizo Pablo VI señalando los principios fundamentales que dan cohesión a todo el corpus conciliar.

                "Después del Concilio estamos buscando en sus enseñanzas las líneas directrices de la renovación de la vida cristiana. Algunas de estas líneas, ciertamente las principales, se refieren a la doctrina, otras, que ahora queremos evocar sumariamente en estos nuestros coloquios familiares de las audiencias semanales, se refieren a la acción, la vida práctica, la formación moral y ascética del discípulo de Cristo.

sábado, 29 de septiembre de 2012

San Juan de Ávila, doctor (VIII)

Recientemente, la Conferencia episcopal española publicó un Mensaje con ocasión del doctorado de san Juan de Ávila; es una nueva síntesis y presentación de este santo y de su actualidad y, por tanto, toda una catequesis hoy para nosotros sobre quién es este santo.

Ya casi inmediata la proclamación del doctorado, hemos ido viendo con ángulos y acentos distintos la personalidad de san Juan de Ávila y su ministerio pastoral y evangelizador. Sigamos completando esta visión.


«Con gran gozo, quiero anunciar ahora al pueblo de Dios que declararé próximamente a san Juan de Ávila, presbítero, Doctor de la Iglesia universal», decía el papa Benedicto XVI el 20 de agosto de 2011 durante la memorable Jornada Mundial de la Juventud. Estas palabras nos llenaron de alegría y gratitud. «Invito a todos a que vuelvan la mirada hacia él», añadía después.
SanJuandeAvila 
Pero, ¿qué puede decirnos un hombre del siglo XVI a quienes vivimos en el XXI? ¿Qué sentido tiene que irrumpa en nuestro presente un personaje que cuenta con quinientos años de historia? Juan de Ávila, el clérigo andariego que recorrió ciudades y pueblos predicando el Evangelio; que abandonó honores, riquezas y proyectos para poseer solo a Jesucristo; el hombre culto, sencillo y espiritual tal vez más consultado de su tiempo ha continuado presente con su testimonio y sus escritos durante los cinco siglos que nos separan de él y alza de nuevo su potente, humilde y actualísima voz ahora, en este momento crucial en que nos apremia la urgencia de una nueva evangelización. Porque pasan los tiempos, pero los verdaderos creyentes como él son siempre contemporáneos.

Cuando tenga lugar la solemne ceremonia de tan destacado evento —el domingo 7 de octubre— nos encontraremos en Roma los obispos, los sacerdotes y los fieles del pueblo de Dios que peregrina en España, junto con otros de todas las partes del mundo, para festejar al nuevo Doctor de la Iglesia universal. Mientras tanto, entonces y después, en las diócesis, en España y en distintos países se están sucediendo y se programan actividades que nos acercan a este hombre humilde y decidido que nos ofrece hoy un mensaje tan interpelante como actual.

1. Un doctorado en el pórtico del Año de la Fe


Desde el 11 de octubre de 2012, 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, hasta el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Cristo Rey del Universo, celebraremos un Año de la Fe. «Será un momento de gracia y de compromiso por una conversión a Dios cada vez más plena, para reforzar nuestra fe en él y para anunciarlo con alegría al hombre de nuestro tiempo», decía el Papa el pasado 16 de octubre, cuando dio a conocer su propósito. En este contexto irrumpe la figura serena y ardiente de Juan de Ávila como lo hiciera en el suyo, proclamando por doquier el Evangelio de Jesús, Dios humanado.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Cristianamente, la enfermedad

La enfermedad, vivida con Cristo, tiene un valor eclesial, es decir, infunde un aliento sobrenatural de vida a toda la Iglesia. Un enfermo, viviendo en la fe, siente la cercanía compasiva del Señor y, con Cristo a su lado, la enfermedad se convierte en un cauce de vida para la Iglesia. Es verdad que tal vez el enfermo ya no puede acercarse a su parroquia, ni participar habitualmente en la Misa dominical, ni desarrollar sus tareas o apostolados como antes. Pero en absoluto significa que está al margen de la vida de la Iglesia; más bien está en su centro.

El enfermo, miembro del Cuerpo místico de Cristo, pone su enfermedad por la Iglesia, ofrecida, entregada, y así realiza un apostolado diferente, el apostolado del dolor, que es fecundo como fecundo fue el sacrificio de Cristo.

"Es en vosotros, sobre todo, hermanos y hermanas en Cristo Jesús, donde la Iglesia ve la fuente y los artífices por excelencia de su fuerza divina que se esconda en ella" (Juan Pablo II, Hom. para los enfermos y discapacitados, La Haya (Países Bajos), 13-mayo-1985).

Un enfermo no es un inútil, sino un apóstol con un apostolado ahora nuevo, invisible, pero eficaz, en la Comunión de los santos.

Y además del valor eclesial que puede adquirir la enfermedad, hallamos también un valor redentor. Lo que se ofrece a Dios es fecundo, no cae en saco roto. Un enfermo es aquel grano de trigo que se pudre y que da una espiga. Es unido, asociado, al mismo Redentor:

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Cambios sociales, repercusiones morales

Indudablemente, en la post-modernidad y con la secularización social a marchas forzadas, se han creado unos cambios sociales muy bruscos que afectan y cuestionan la conciencia moral.


La sociedad no es la misma. Su pérdida de referencia y orientación es palpable. Los retos están ahí, comenzando por la "dictadura del relativismo" -éste intocable, claro- que niega la Verdad y el Bien y todo depende del sujeto dentro de un marco social de tolerancia intolerante. Hay principios incuestionables en esta dictadura, entre ellos, el fijar que lo que es "bueno" o "malo" depende de las circunstancias y de lo que el sujeto vea, sienta o piense.

En estos cambios sociales, además, se cae en la gran hipocresía del escándalo: nos alarmamos farisaicamente por los efectos, pero jamás se cuestionan las causas. 

Si la causa es la trivialización de la sexualidad y el uso indiscriminado de ésta, ¿cómo nos alarmaremos luego de sus consecuencias, pensando que los excesos son de dos o tres inaprensivos? ¿No se está exigiendo un uso libre, no se están exaltando los instintos? 

Nos alarmamos de la marginalidad, del escaso rendimiento escolar, de niños y jóvenes que se vuelven agresivos e impulsivo, ¿pero no se plantea la causa primera, la mentalidad divorcista generando familias desestructuradas? ¿No se plantea que a los padres se les ha llevado a abdicar de la educación de sus hijos, a no imponer normas ni criterios para no "traumatizarlos" y que "sean libres"? 

Lamentamos la bajísima demografía en orden a, por ejemplo, mantener la Seguridad Social, pero ¿nadie cuestiona la causa en la exaltación de la anticoncepción, mentalidad antinatalista, aborto absolutamente libre? Lloramos por una sociedad envejecida sin querer ver que la causa es anterior y favorecida por ese relativismo.

Repito: lamentamos los efectos, pero no queremos cuestionar las causas.

Sin embargo estos cambios sociales tan acelerados son un reto a la conciencia moral que, hoy en día, requiere una solidez y claridad en los católicos para no contaminarse de los principios del relativismo tan en boga.

martes, 25 de septiembre de 2012

Volver a leer los textos del Concilio

Estamos ya muy próximos a la fecha en que se abre el Año de la Fe. El Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965) supuso un acontecimiento eclesial de primer orden en el siglo XX, una obra de Dios y una irrupción del Espíritu Santo.





El Año de la Fe, celebrando esos cincuenta años de su inicio, debe conducirnos a todos a algo tan elemental, tan sencillo, como es leer y estudiar los textos conciliares. No demos por hecho ni que se conocen ni que se han leído a fondo. Desde hace mucho, sólo se habla de manera evocativa y referencial, acudiendo al "espíritu del Concilio" y cargando al Concilio las creatividades de unos y otros que sólo se avalan por el propio capricho, no por los textos magisteriales.


En círculos, conferencias, catequesis de adultos, así como en asociaciones y movimientos, el trabajo este año debería estar clarísimo: el trabajo paciente sobre los diversos textos del Concilio (Constituciones, Decretos, Declaraciones).