La grandeza de la Pascua que anualmente conmemoramos, y a la que nos disponemos en Cuaresma con ayuno (mucho ayuno), oraciones, mortificaciones y limosna, es que nos redime y nos re-crea.
La situación del hombre es una situación dramática; no es bueno el hombre; en su situación ahora vive el desgarro interior producido por el pecado de los orígenes, una humanidad debilitada y desordenada por el pecado original que le ha provocado la concupiscencia. Ésta lo arrastra al mal aunque no lo quiera, y cuando quiere hacer el bien lo deja pasar.
A esta humanidad caída, que por sí sola es incapaz de salvarse ni de restaurarse, ni de hacerse buena, responde la Pascua del Señor Jesucristo, que por su pasión, cruz, y resurrección, redime y recrea, hace una humanidad nueva. Por eso es tan importante para nosotros prepararnos a la Pascua, iniciada en la santísima Vigilia pascual, y captar la obra de Cristo que festejaremos durante cincuenta días.
Es la Tradición de los Padres la que nos permite el acceso a estas riquezas y por eso hemos de empaparnos de la Tradición.
Melitón de Sardes, en el siglo II, un autor del Asia Menor, subraya el contenido salvífico de la Pascua. La herencia del pecado es la muerte y la debilidad de la humanidad, con un destino sombrío y dramático.
Dejó Adán a sus hijos esta herencia:
No la pureza, sino la lujuria;
No la incorruptibilidad, sino la corrupción;
No el honor, sino la deshonra;
No la libertad, sino la esclavitud;
No la realeza, sino la tiranía;
No la vida, sino la muerte;
No la salvación, sino la perdición (Melitón de Sardes, Peri Pascha 49).
Si ésta es la herencia, podemos entender entonces el caos que el pecado ha producido tanto en el cosmos, el mundo y la naturaleza, como en el mismo hombre:
Inaudita y terrible vino a ser efectivamente la perdición de los hombres sobre la tierra. Pues he aquí lo que les ocurrió: eran arrastrados por el despotismo del pecado y empujados al mundo de las pasiones donde quedaban inundados por los placeres insaciables: