miércoles, 30 de agosto de 2017

La fe, camino de oración

La vida cristiana está amasada por la oración y ahí adquiere textura, peso, medida y sabor. Es connatural al ser cristiano el hecho de ser orante.

Por eso, para avanzar en la vida cristiana, y para vivir la fe plenamente, desplegando sus riquezas en nosotros, la oración espiritual -llevada y guiada por el Espíritu Santo, culto en Espíritu y Verdad- robustece la fe, nos permite captarla, abrazarla, integrarla, afianzarla.


La fe es un camino de oración, porque la Verdad se contempla en diálogo con Cristo.

Para ser iniciado en la oración hay que descubrir bien qué es la oración y cómo se integra en el dinamismo de la fe y de la vida cristiana. La teología de la oración establece los sólidos fundamentos para vivir nuestra plegaria y comprender lo que en ella ocurre.


"Más allá de la sensibilidad, la oración es el encuentro de dos amores en la fe, 'aunque es de noche' para una infusión de amor, en lo secreto hasta la santidad.

Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe.
Qué bien sé yo la fonte que mane y corre,
aunque es de noche.
Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche (S. Juan de la Cruz).

viernes, 25 de agosto de 2017

El disenso en la Iglesia

Mucho ha sufrido la Iglesia cuando en una época agitada culturalmente, los años sesenta y setenta, todo fue puesto en crisis con movimientos de repulsa a todo lo anterior, ruptura con el orden existente, creación de una cultura nihilista, con sus matices de relativismo. 

Esa ruptura cultural, con el gran símbolo de "mayo del 68", se vivió en la Iglesia y aún hoy se prolonga, con el fenómeno del disenso y la contestación, de quienes dentro de la Iglesia se vuelven contra la Iglesia, calificándola de anticuada y retrógrada y con gran simplismo protestaban y discutían todo cuanto viniese de los legítimos pastores, del Magisterio y del Santo Padre.

Tales voces fueron muy numerosas en ciertos ámbitos teológicos, que asumieron un papel incompatible con el oficio auténtico de "teólogo" y se llegaron a creer que eran "nuevos profetas" del Señor ante el Magisterio y frente a los pastores de la Iglesia. Ellos se autoproclamaban "profetas" y alcanzaban eco sus voces en los medios de comunicación afines. Ellos se creían en "la base" ante la "jerarquía opresora". Sus palabras no eran más que imágenes del protestantismo liberal de principios de siglo, una secularización galopante del dogma, de la liturgia, de la moral y de la vida entera de la Iglesia. Querían confundir a la Iglesia con el mundo llegando, sin más, a la mundanización de la Iglesia y a una reducción ética (o moralista) de todo el Evangelio y de la doctrina.

Ese disenso tan virulento se mantiene hoy, con nuevas características, en la vida de la Iglesia. Han perdido mucho crédito y ya pocos se dejan engañar para seguir sus cantos de sirenas, pero en algunos ámbitos trasnochados, anclados aún en los años 60, les sirven de altavoces para seguir viviendo el disenso y seguir viviendo a costa del disenso.

Vale la pena que adquiramos ideas claras sobre qué significa el disenso y lo que supone para la vida de la Iglesia para situarnos con claridad ante tanto falso profeta, ante tantas voces directamente discordantes con el depósito de la fe y su custodio, el Magisterio.


"En diversas ocasiones, el Magisterio ha llamado la atención sobre los graves inconvenientes que acarrean a la comunión de la Iglesia las actitudes de oposición sistemática, que llegan incluso a constituirse en grupos organizados. En la Exhortación Apostólica Paterna cum benevolentia, Pablo VI presentó un diagnóstico que conserva toda su actualidad. Ahora se quiere hablar en particular de aquella actitud pública de oposición al Magisterio de la Iglesia, llamada también "disenso", que es necesario distinguir de la situación de dificultad personal... El fenómeno del disenso puede tener diversas formas y sus causas remotas o próximas son múltiples.

Entre los factores que directa o indirectamente pueden ejercer su influjo, hay que tener en cuenta la ideología del liberalismo filosófico que impregna la mentalidad de nuestra época. De allí proviene la tendencia a considerar que un juicio es mucho más auténtico si procede del individuo que se apoya en sus propias fuerzas. De esta manera se opone la libertad de pensamiento a la autoridad de la tradición, considerada fuente de esclavitud. Una doctrina transmitida y generalmente acogida viene desde el primer momento marcada por la sospecha, y su valor de verdad puesto en discusión. En definitiva, la libertad de juicio así entendida importa más que la verdad misma. Se trata entonces de algo muy diferente a la exigencia legítima de libertad, en el sentido de ausencia de coacción, como condición requerida para la búsqueda leal de la verdad. En virtud de esta exigencia, la Iglesia ha sostenido siempre que "nadie puede ser forzado a abrazar la fe en contra de su voluntad" (Dignitatis humanae, 10).

martes, 22 de agosto de 2017

Lo que el santo ve (Palabras sobre la santidad - XLIV)

La fe provoca una mirada nueva, o, también, la fe es una mirada nueva sobre todas las cosas, porque se participa de la mirada del mismo Cristo. Entonces se ve limpiamente, más y mejor, más lejos y con mayor profundidad, porque se alcanza la verdad de las cosas, la verdad de la realidad misma.


"El ver también forma parte del seguimiento de Jesús, y la fe se presenta como un camino de la mirada, en el que los ojos se acostumbran a ver en profundidad" (Lumen fidei, 30).

El amor comparte la visión y la mirada del amado; ve de otro modo, con mayor alcance. La fe, con esa peculiar e íntima comunión de amor con Cristo, comparte la mirada de Cristo:

"La experiencia del amor nos dice que precisamente en el amor es posible tener una visión común, que amando aprendemos a ver la realidad con los ojos del otro, y que eso no nos empobrece, sino que enriquece nuestra mirada. El amor verdadero, a medida del amor divino, exige la verdad y, en la mirada común de la verdad, que es Jesucristo, adquiere firmeza y profundidad" (Lumen fidei, 47).

Unido a Cristo, el creyente alcanza con su mirada más allá de las apariencias incluso adversas:

Donde florece la santidad (Palabras sobre la santidad - XLIII)

Pudiera parecer que para vivir en santidad, y para que maduren los santos, y para que haya muchos brotes de santidad, el ambiente debería ser propicio, favorable, cálido, de manera que pudieran germinar, crecer y dar fruto.

Esa afirmación, o ese pensamiento, haría proclives unos ambientes para el crecimiento de la santidad, y otros ambientes serían contrarios y por eso no dan santos visibles. Pero, ¿no sería confiar entonces única y exclusivamente en los factores humanos, ambientales, y en las propias capacidades humanas? ¿No sería supeditar la santidad a lo exterior, a las circunstancias que rodean la vida? ¿No sería, así pues, confiar más en los factores humanos, en la capacidad humana, incluso en el voluntarismo, que en la acción divina y sobrenatural?

Como la santidad es más lo de Dios que lo del hombre, la gracia que las capacidades y esfuerzos humanos, cualquier ambiente entonces puede ver favorecer la santidad, tanto el ambiente propicio como el adverso, el más cultivo como el más frío o indiferente.

Así hemos de valorar lo externo, lo que nos rodea:

sábado, 19 de agosto de 2017

La santidad... y la comunión de los santos

Un apartado de la obra de Marie-Joseph Le Guillou, "El rostro del Resucitado", trata de la santidad, destacando los contenidos fundamentales del Concilio Vaticano II.

La forma de presentarlo, o el lenguaje que emplea el autor, me parecen sencillos y claros para nosotros e incluso cabría resaltar que al leer el texto uno desea más la santidad y comprende mejor el misterio de la Iglesia como una preciosa Comunión de los santos, real, efectiva, muy concreta.

Dice el texto, aunque sea muy amplio:

"Para todos los cristianos, la vida religiosa es una llamada a esa transfiguración perfecta a imagen de Cristo que es la vocación de todos y que es, siempre y a la vez, personal y comunional.

Soy transformado a imagen de Cristo de manera absolutamente única y personal, pero lo soy en comunión con todos mis hermanos.

Por eso puedo descubrir en mis hermanos conformados a imagen de Cristo, su Rostro, y puedo vivir en su familiaridad, en la alegría común de glorificar juntos al Dios que nos salva (LG 50).

Mirando la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a buscar la ciudad futura (cf. Hb 13, 14 y 11, 10) y al mismo tiempo aprendemos el camino más seguro por el que, entre las vicisitudes mundanas, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo o santidad, según el estado y condición de cada uno. En la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo (cf. 2 Co 3,18), Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro. En ellos El mismo nos habla y nos ofrece un signo de su reino, hacia el cual somos atraídos poderosamente con tan gran nube de testigos que nos envuelve (cf. Hb 12, 1) y con tan gran testimonio de la verdad del Evangelio (LG 50).