Veíamos en una anterior catequesis que la participación interna, interior, de los fieles, de todos los fieles, se fundamentaba en unas disposiciones internas. Ahora tenemos que detenernos en verlas.
Participar interiormente es, primero, ofrecernos; ofrecer y ofrecernos a Dios, entregándonos a Él como hostia viva, santa, agradable a Dios; ofrecer y ofrecernos como oblación perenne, como ofrenda permanente.
a) Ofrecernos
La
participación interior conduce a ofrecernos con Cristo al Padre para vivir su
voluntad. Expropiados de nosotros mismos, como la Virgen María, esclava del
Señor, dejamos que el Señor tome todo y disponga en nosotros, según su plan de
amor.
-Lo
que Él nos da
Cuanto
tenemos, lo hemos recibido (cf. 1Co 4,7). Es don y gracia del Señor. Incluso
nosotros mismos somos un regalo de Quien nos ha creado por amor, nos ha
redimido y nos da el ser hijos suyos. En el pan y en el vino se concretan todos
los dones que Dios nos ha entregado, de manera que en la liturgia le ofrecemos,
realmente, de lo que lo Él nos ha dado; así reza, por ejemplo, el Canon romano:
“te ofrecemos, de los mismos bienes que nos has dado, el sacrificio”, “de tuis
donis ac datis”. Reconocemos así que todo nos viene dado, que es gracia y amor.
“Acepta, Señor, los dones que te presenta la Iglesia y que tú mismo le diste para que pueda ofrecértelos”[1]; “te
presentamos, Señor, estos dones que tú mismo nos diste para ofrecer en tu
presencia”[2].
La
primacía la tiene el Señor, y así la liturgia, una vez más, nos revela que es
teocéntrica, es decir, que su centro es Dios y no el protagonismo del hombre, y
que cuanto podemos ofrecerle es porque Él nos lo ha dado, no por nuestros
compromisos y logros. No es una manifestación de nuestro poder humano (¿acaso
construiremos Babel?), sino la ofrenda pura de reconocimiento de su bondad
(Abel así lo hizo). “Te ofrecemos, Señor, estos dones que tú mismo nos diste;
haz que lleguen a ser para nosotros prueba de tu providencia sobre nuestra vida
mortal”[3].

