miércoles, 7 de noviembre de 2012

El himno de la caridad explicado

Si superamos el lenguaje psicologista sobre el amor, será muy iluminador, revelador, el himno de la caridad que san Pablo escribe -¡canta!- en 1Co 13.

El amor-caridad no está en el nivel del sentimiento, sino en el de la voluntad guiada por la inteligencia: querer bien, querer el bien, incluso cuando los sentimientos puedan ser contradictorios o confusos en lo interior.

La caridad es más hermosa, más inteligente, más clarividente, que la emotividad reinante por tanto vitalismo como se nos introduce por todos los poros de la cultura. Va unida a virtudes que difícilmente se acompañan sin más de sentimientos gratos: paciencia ante la adversidad, afabilidad ante el mal, sufrimiento por el daño del prójimo que fue nuestro enemigo...

¡Grande y sobrenatural es esta caridad! Sólo los maduros en la fe logran irla alcanzando por Gracia. Pero tengamos los conceptos claros.

Lo que mejor define la ley de Cristo es la caridad, y esta caridad la practicamos de verdad cuando toleramos por amor las cargas de los hermanos.
Pero esta ley abarca muchos aspectos, porque la caridad celosa y solícita incluye los actos de todas las virtudes. Lo que empieza por sólo dos preceptos se extiende a innumerables facetas.

Esta multiplicidad de aspectos de la ley es enumerada adecuadamente por Pablo, cuando dice: El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es ambicioso ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.

El amor es paciente, porque tolera con ecuanimidad los males que se le infligen. Es afable porque devuelve generosamente bien por mal. No tiene envidia, porque, al no desear nada de este mundo, ignora lo que es la envidia por los éxitos terrenos. No presume, porque desea ansiosamente el premio de la retribución espiritual, y por esto no se vanagloría de los bienes exteriores. No se engríe, porque tiene por único objetivo el amor de Dios y del prójimo, y por esto ignora todo lo que se aparta del recto camino.

No es ambicioso, porque, dedicado con ardor a su provecho interior, no siente deseo alguno de las cosas ajenas y exteriores. No es egoísta, porque considera como ajenas todas las cosas que posee aquí de modo transitorio, ya quesólo reconoce como propio aquello que ha de perdurar junto con él. No se irrita, porque, aunque sufra injurias, no se incita a sí mismo a la venganza, pues espera un premio muy superior a sus sufrimientos. No lleva cuentas del mal, porque, afincada su mente en el amor de la pureza, arrancando de raíz toda clase de odio, su alma está libre de toda maquinación malsana.

No se alegra de la injusticia, porque, anheloso únicamente del amor para con todos, no se alegra ni de la perdición de sus mismos contrarios. Goza con la verdad, porque, amando a los demás como a sí mismo, al observar en los otros la rectitud, se alegra como si se tratara de su propio provecho. Vemos, pues, cómo esta ley de Dios abarca muchos aspectos.

(S. Gregorio Magno, Moralia in Iob, 10,7-8. 10).

lunes, 5 de noviembre de 2012

La fe también se alimenta con el estudio

El estudio de la religión alimenta la fe; ésta si no es cultivada, y pone la razón-inteligencia también a su servicio, se verá debilitada, reducida a una experiencia afectiva sin argumentos ni razones, simplemente por el "me gusta" o "me hace bien" como una guía.


Sin pretender que el cristianismo sea una ciencia racionalista, capaz de entrar en la inteligencia y que ésta lo abarque, sí es cierto que el cristianismo emplea los recursos del pensar, y del "pensar bien", para intentar comprender mejor la fe y que la fe se vea reforzada. Se deduce, fácilmente, que la fe necesita el estudio y la profundización en la doctrina cristiana.

Este estudio bien puede ser personal, con la meditación de las Escrituras, con el Catecismo, con la lectura de libros buenos y sólidos, así como comunitario, mediante la catequesis, la formación de adultos, la escuelas de teología, etc. La fe hoy, a la que la secularización priva de toda inteligibilidad y la encierra en los confines del afecto, requiere la seriedad del estudio para dar razón de nuestra fe y esperanza.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Magisterio: sobre la evangelización (I)

El Magisterio de la Iglesia ha sido prolífico a la hora de presentar qué es la evangelización, qué es evangelizar, a qué retos nos enfrentamos, cuáles son sus necesidades y características, el ímpetu de la nueva evangelización, el convencimiento  de que la Iglesia existe para evangelizar y concretar los diversos campos, tareas, métodos a la hora de evangelizar.

Tan prolífico magisterio eclesial no puede pasar desapercibido.


Más aún, hemos de convencernos de la necesidad de una nueva evangelización, ya puesta en marcha, sin pensar ingenuamente que todo va bien y que basta hacer cuatro "cositas" (las de siempre) y seguir como se pueda. Lo nuestro, lo específico, es evangelizar en sentido amplísimo. Tal ha de ser el enfoque de toda pastoral eclesial y parroquial, éste el principio motor de todo apostolado y compromiso, la guía de toda acción. 

Comencemos una serie inagotable, la de textos del Magisterio sobre la evangelización, a fin de crear una conciencia evangelizadora, cuestionarnos y enriquecernos entre todos.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Realidades escatológicas

Tal vez, por la época de buenismo reinante, se afirma con una candidez pasmosa al morir alguien que "ya está en el cielo".  Es una afirmación de personas piadosas, buenas, que no calculan el alcance de lo que dicen. ¿Es inmediato para todos el cielo y la salvación eterna? ¿El proceso final es muerte-glorificación o muerte-cielo? ¿Todos? ¿Tan simple? ¿Cualquier difunto es ya, por el mero hecho de morir, un canonizado que "ya está en el cielo"?

Evidentemente no.

La liturgia, que es la regla de la fe, ora y pide por los difuntos en sufragio por sus pecados; cotidianamente en la santa Misa y en las preces de Vísperas oramos por los fieles difuntos para que perdonados sus pecados lleguen al "lugar del consuelo, de la luz y de la paz" (Canon romano), "admítelos a contemplar la luz de tu rostro" (Plegaria euc. II), etc. 

El mismo rito de exequias, aunque muy suavizado en sus textos litúrgicos, es una oración constante en sufragio por el difunto, suplicando el perdón de sus pecados y debilidades; luego el acceso "al cielo" no es tan inmediato para todo difunto.

Lo primero es orar, ofrecer sufragios, oraciones y limosnas por el eterno descanso de los difuntos que han de ser juzgados con un juicio particular sobre su propia vida simplemente porque Dios es justo y se toma muy en serio la libertad que nos otorgó y la responsabilidad del hombre en su vida y su destino.

Recordemos lo que, sobre el juicio particular, enseña el Catecismo de la Iglesia:

jueves, 1 de noviembre de 2012

Valor estimulante de la Solemnidad de Todos los Santos

¡Día de gozo!
¡Día de fiesta!
¡Día de alabanza!
¡Día de exultación!

La Iglesia, que es Madre, se alegra de sus "mejores hijos" (cf. Prefacio de la Misa), aquellos que vivieron con Cristo, padecieron con Cristo y ahora son glorificados con Cristo.


Es una inmensa multitud, incontable, de personas de toda edad y época de la historia, conocidos o anónimos, sacerdotes, consagrados o seglares, mayores y pequeños. Y son santos porque reflejaron a Cristo en un aspecto u otro, porque en ellos se verificó el Evangelio como una regla de vida absoluta y vivieron según el Evangelio; porque en ellos las Bienaventuranzas fueron una forma y estilo de vida.

Ellos ahora nos estimulan y ayudan con su ejemplo e intercesión -decía también el Prefacio-. Nos recuerdan que nos toca ahora a nosotros correr en la carrera, como decía san Pablo. 
¿Qué carrera? -La del cielo. 
¿Qué meta? -La de la santidad.