Está muy bien rezar por la unidad de los cristianos, ser sensibles a la división de la Iglesia de la que surgieron distintas confesiones y ramas, y tener un espíritu de sano y verdadero ecumenismo.
Ante ese ecumenismo todos somos sensibles (y "solidarios"), nos alegramos cuando se dan pasos concretos en el camino de la unidad, como los Ordinariatos para iglesias anglicanas que vuelven a la Comunión, y se nos llena la boca de emoción en el "Octavario por la unidad de los cristianos", en enero.
Pero quiero traer en primer plano el otro ecumenismo, el doméstico, el de "andar por casa", en parroquias, movimientos y demás. Entonces se diluye la unidad de la Iglesia, el sentido eclesial, y se sustituye inmediatamente por lo propio, edificando pequeños tabiques y barreras, donde sólo lo propio cuenta, debe destacarse, imponerse, obtener los minutos de gloria necesarios. El bien común, para el cual edifica el Espíritu Santo la Iglesia con carismas y dones diversos, queda reemplazado por el "bien particular". La unidad de la Iglesia se ve suspendida por la suma de los bienes particulares: uno más otro, aislado, hacen cada cual lo suyo, incapaces de mirar más allá y arrogándose unos derechos por los cuales se creen legitimados para pisotear lo común. Son unas luchas de poder que jamás se nombran ni se reconocen como tales, pero donde sólo se ve como válido, espiritual y evangelizador lo propio, llámese parroquia, asociación, movimiento, comunidad, Orden o Congregación, y se desprecia o se subestima lo ajeno.
Súmese a esto que el ministerio ordenado es un ministerio de comunión, que debe buscar la comunión, alentando a unos, frenando a otros, acompasando los pasos de todos, para integrar en la Comunión a todos. Cuando se obra ignorando el ministerio ordenado, a espaldas del ministerio ordenado, o explícitamente en dirección contraria al ministerio ordenado, la Comunión es imposible. La Eucaristía entonces será válida pero resulta no pocas veces ilícita; el sacerdote no es un señor que oficia unos ritos para recibir sentimentalmente la sagrada comunión: sino que es Cristo ofreciendo la Comunión con su Cuerpo en la verdad y la Eucaristía es verdadera, válida y lícita, si no se rompe el tejido eclesial, la túnica inconsútil de Cristo. De lo contrario, tendremos muchos fervores y caras místicas al comulgar, pero estaremos viviendo fuera del sentir eclesial, haciendo cada cual su pequeña torre de Babel. El ministerio ordenado, repito e insisto, no es solamente para que cada cual pueda comulgar devotamente, sino para presidir la Eucaristía y la Comunión eclesial, y mal andamos, mal iríamos, si comulgando con intensos fervores, después obráramos sólo mirando el interés de la propia parcela particular y no del viña entera del Señor; si comulgamos de las manos del ministro ordenado, pero luego actuamos en contra de la Comunión eclesial, ignorando al ministerio ordenado.