lunes, 20 de junio de 2011

Pensamientos de San Agustín (III)

Como en anteriores ocasiones, traemos aquí algunos pensamientos, frases breves o máximas, de san Agustín (gracias al trabajo de Miserere).

Pueden ser buenos puntos de reflexión y por su estilo es fácil que se nos queden grabadas.


Hemos de ser pacíficos y pacificadores los que somos siervos y hermanos del Príncipe de la Paz:

¿Quiénes son los pacíficos? Los que construyen la paz. ¿Ves a dos personas discordes? Actúa en medio de ellas como servidor de la paz. Habla bien a aquél de éste y a éste de aquél (San Agustín Sermón 53A,12).
En todo tiempo la limosna de la misericordia y del bien ofrecido es una marca distintiva: 

Existen dos clases de limosnas: el dar y el perdonar; dar el bien que posees y perdonar el mal que sufres (San Agustín. Sermón 42,1).
La humildad edifica, la soberbia destruye... incluso las obras más santas que hagamos:
Pueden perderse por el apetito de alabanza las empresas que laudablemente ejecutamos (San Agustín, Contra los Académicos 118,3.22).
El cristiano es siempre apóstol y busca que todos, aquellos que amamos y son amigos también, lleguen a Cristo:
 Tratemos, pues, con todas nuestras fuerzas de que lleguen también a El aquellos a los que amamos como a nosotros mismos, si amando a Dios sabemos ya amarnos a nosotros mismos (San Agustín. Cartas 155,4.14).

domingo, 19 de junio de 2011

Lenguaje condenatorio (Oración de los fieles - XII)

El tono desafiador del lenguaje y su juicio despectivo sobre la realidad es otra variante de los lenguajes secularizados que se pueden encontrar en las intenciones que se proponen a la oración de los fieles en la Santa Misa.

Con este lenguaje condenatorio, marcadamente secularizado con una ideología de moda, más que orar, se emiten juicios de valor: 

  • “Para que nuestra sociedad, injusta e hipócrita, que busca lo que la escandaliza y fomenta lo que luego condena, asuma su culpa y procure el remedio” (Libro de la Sede, Domingo V Cuaresma);

  • “por nuestra sociedad satisfecha y autosuficiente: para que reconozca su necesidad radical de Dios” (Libro de la Sede, Viernes III Pascua). 

La economía –da igual el sistema o su justa distribución- es llamada “demonio”: 

  • “Pedimos por nuestro mundo, roto por los demonios de la economía, la guerra y la sinrazón, para que crezcamos en orden a favorecer la vida de todos”.

Este lenguaje condenatorio, muy frecuente en ciertos ámbitos, emite constantemente juicios de valor negativos y suele añadir un sentido de culpabilidad a los que oran, convirtiendo en exhortación imperativa lo que debería ser una oración. 

sábado, 18 de junio de 2011

Catequesis de adultos: las vidas de santos

    Los santos son norma, canon, de cómo el Evangelio puede ser realmente vivido y cómo la gracia va transformando al hombre haciéndolo semejante a Cristo en medio del mundo, sin ser del mundo pero sin sacarlo del mundo. Un santo es el fruto maduro de la Redención de Cristo y la demostración palpable de que es posible vivir en entrega al Señor. Son espejos que nos devuelven nuestra propia imagen, los mejores hijos de la Iglesia que se constituyen en estímulo para el seguimiento del Salvador. Más que para admirarlos, los santos se nos ofrecen para imitarlos por su concreción, por su cercanía. Son evangelios vivos, con diferentes edades, carismas y vocación, circunstancias y momento histórico, y en ellos cada uno puede ver reflejada su propia lucha, su sed de Dios, sus dificultades, su trabajo y profesión.

    Este valor pedagógico-catequético de los santos se presenta como una ayuda para la catequesis de adultos. El alto nivel de vida cristiana que representa la santidad, el Evangelio anunciado en catequesis, tiene luego personas que lo han vivido. Cuando se conocen a estas personas, despojando la hagiografía de leyendas y anécdotas piadosas y devocionales, son una ayuda en el proceso formativo de los adultos. 

Cada mes se puede entregar una biografía amplia (hay libros que son compendios de hagiografías de 10-12 páginas, muy útiles) de algún santo contemporáneo, preferiblemente seglar en los primeros meses (Luigi Beltrame y su esposa, el doctor José Moscati, Pier Giorgio Frassati...) para conocer modelos seglares de santidad. De paso, se inculca así la vocación a la santidad, común a todo bautizado.

¿Qué se puede aprender leyendo estas vidas de santos?

Entre otras cosas:

viernes, 17 de junio de 2011

El Misterio de la Iglesia, centrada sólo en Cristo

La Iglesia es DE Dios y no una agregación humana, una unión corporativista que se den los hombres a sí mismos. Es de Dios porque su origen está en Jesucristo y está constantemente vivificada por el Espíritu Santo para ser el Cuerpo del Señor Resucitado, para ser la Esposa de Cristo, embellecida por la santidad de sus miembros.

Recientemente, decía el Santo Padre: "el Espíritu Santo anima a la Iglesia. Ella no deriva de la voluntad humana, de la reflexión, de la habilidad del hombre y de su capacidad organizativa, porque si fuera así se habría extinguido hace tiempo, así como pasan las cosas humanas. La Iglesia, en cambio, es el Cuerpo de Cristo animado por el Espíritu Santo" (Benedicto XVI, Hom. en Pentecostés, 12-junio-2011). La Iglesia, que es de Dios, recibe su santidad de Él: "Desde el primer instante, de hecho, el Espíritu Santo la ha creado como la Iglesia de todos los pueblos; ella abraza el mundo entero, supera todas las fronteras de raza, clase, nación; abate todas las barreras y une a los hombres en la profesión del Dios uno y trino. Desde el inicio la Iglesia es una, católica y apostólica: esta es su verdadera naturaleza y como tal debe ser reconocida. Ella es santa, no gracias a la capacidad de sus miembros, sino porque Dios mismo, con su Espíritu, la crea y la santifica siempre"( ibíd.).


De este origen sobrenatural y divino dependen todas las cosas en la Iglesia. Ella es Misterio, signo de algo mayor, pues nos lleva a Jesucristo.

Pero apunta De Lubac a un peligro, insidioso, amenezante, como es el de anunciar más a la Iglesia que a Cristo; el de predicar más sobre la Iglesia que sobre Cristo, desplazando el Objeto central. Serían entonces comunidades cerradas en sí mismas, discutiendo todo el día sobre sí mismas y la “renovación” de la Iglesia, de sus estructuras y jerarquía, más que salir valientemente a anunciar a Jesucristo y transformar desde dentro las estructuras sociales con la santidad de vida y la palabra profética.  

jueves, 16 de junio de 2011

Unidad "doméstica" de la Iglesia: cosas de casa

Está muy bien rezar por la unidad de los cristianos, ser sensibles a la división de la Iglesia de la que surgieron distintas confesiones y ramas, y tener un espíritu de sano y verdadero ecumenismo.

Ante ese ecumenismo todos somos sensibles (y "solidarios"), nos alegramos cuando se dan pasos concretos en el camino de la unidad, como los Ordinariatos para iglesias anglicanas que vuelven a la Comunión, y se nos llena la boca de emoción en el "Octavario por la unidad de los cristianos", en enero.

Pero quiero traer en primer plano el otro ecumenismo, el doméstico, el de "andar por casa", en parroquias, movimientos y demás. Entonces se diluye la unidad de la Iglesia, el sentido eclesial, y se sustituye inmediatamente por lo propio, edificando pequeños tabiques y barreras, donde sólo lo propio cuenta, debe destacarse, imponerse, obtener los minutos de gloria necesarios. El bien común, para el cual edifica el Espíritu Santo la Iglesia con carismas y dones diversos, queda reemplazado por el "bien particular". La unidad de la Iglesia se ve suspendida por la suma de los bienes particulares: uno más otro, aislado, hacen cada cual lo suyo, incapaces de mirar más allá y arrogándose unos derechos por los cuales se creen legitimados para pisotear lo común. Son unas luchas de poder que jamás se nombran ni se reconocen como tales, pero donde sólo se ve como válido, espiritual y evangelizador lo propio, llámese parroquia, asociación, movimiento, comunidad, Orden o Congregación, y se desprecia o se subestima lo ajeno.

Súmese a esto que el ministerio ordenado es un ministerio de comunión, que debe buscar la comunión, alentando a unos, frenando a otros, acompasando los pasos de todos, para integrar en la Comunión a todos. Cuando se obra ignorando el ministerio ordenado, a espaldas del ministerio ordenado, o explícitamente en dirección contraria al ministerio ordenado, la Comunión es imposible. La Eucaristía entonces será válida pero resulta no pocas veces ilícita; el sacerdote no es un señor que oficia unos ritos para recibir sentimentalmente la sagrada comunión: sino que es Cristo ofreciendo la Comunión con su Cuerpo en la verdad y la Eucaristía es verdadera, válida y lícita, si no se rompe el tejido eclesial, la túnica inconsútil de Cristo. De lo contrario, tendremos muchos fervores y caras místicas al comulgar, pero estaremos viviendo fuera del sentir eclesial, haciendo cada cual su pequeña torre de Babel. El ministerio ordenado, repito e insisto, no es solamente para que cada cual pueda comulgar devotamente, sino para presidir la Eucaristía y la Comunión eclesial, y mal andamos, mal iríamos, si comulgando con intensos fervores, después obráramos sólo mirando el interés de la propia parcela particular y no del viña entera del Señor; si comulgamos de las manos del ministro ordenado, pero luego actuamos en contra de la Comunión eclesial, ignorando al ministerio ordenado.