domingo, 5 de junio de 2011

Las manos de Cristo

¡Santa Ascensión!

¿Nos deja el Señor desprotegidos, a la intemperie?

¡Benditas manos de Cristo! Sube al cielo con las manos extendidas, bendiciendo.


¡Esas manos...! Bendijeron y acariciaron a los niños, las impuso transmitiendo el don del Espíritu y la salud, partieron el Pan de la Eucaristía...

¡Esas manos...!


sábado, 4 de junio de 2011

El Misterio de la Iglesia... que es DE Dios

        La Iglesia es una realidad multiforme y sobre todo viva y dinámica. Ningún aspecto la agota y centrarse en uno solo de ellos olvidando los demás desfiguraría su ser: cultura, arte, civilización, humanismo, evangelización, liturgia, canto, música, espiritualidad... todo se da en ella y ella no se reduce a ninguno de estos aspectos. Si se la considera sólo como medio humano, si se atiende en ella sólo a un fin temporal, la Iglesia queda desvirtuada. Muchos harán causa de su bandera particular apoyándose en la Iglesia y otros se sentirán excluidos entonces; unos quieren convertir a la Iglesia Esposa en instrumento de sus combinaciones humanas frente a otros que en la misma Iglesia sueñan con otra realidad. Y tal vez la Iglesia en sus pastores se equivoque en una determinada opción, pero pronto se despierta y afirma su independencia. Entonces unos la atacarán como vinculada al pasado nada más, y otros como modernista que abandona a sus hijos: ¡decepciones provocadas por una torpe y deficiente concepción de la vida y misión de la Iglesia! Pero es que ella es la Iglesia de Dios.

    “¡Cuán raros son, por desgracia, incluso entre los católicos llamados intransigentes aun en aquellas cuestiones en las que la fe está en juego, los que verdaderamente juzgan y deciden en razón de su fe, es decir, movidos por razones de fe! Con mayor razón, todos los hombres de este mundo, y quizá principalmente los mejores de ellos, si sólo son de este mundo, se sentirán un día u otro escandalizados por la Iglesia. Lo mismo si son conservadores que si son revolucionarios, siempre se mostrarán impacientes por estimar que la Iglesia es reticente y tibia, aunque ella, en el fondo, está empeñada con más ardor. La Iglesia está, en efecto, desprendida tanto de los unos como de los otros. Ella es la Iglesia de Dios. Es testigo entre los hombres de las cosas divinas y habita desde ahora en la eternidad” (De Lubac, Meditación sobre la Iglesia, p. 174).
    La comprensión del misterio de la Iglesia se esclarece, y se atisba mejor su fin único y primordial, si se tiene en cuenta que ella es Jesucristo prolongado hoy en la historia y en la vida de los hombres; si se tiene en cuenta que su tesoro y su vida es sólo Jesucristo, que ella vive por Jesucristo y para Jesucristo y que no es un museo con preciosas obras del pasado, ni un organismo social de revolución y progreso que buscase una organización temporal nueva del mundo al vaivén de las ideologías (o de las “teologías de genitivo”: teología de la liberación, de la muerte de Dios –absurdo y contradictorio en sí mismo-, de la muerte de Dios para centrarse sólo en el hombre y para el hombre, el llamado "giro antropocéntrico" de la teología...).


viernes, 3 de junio de 2011

Brilla el misterio de la Cruz (IV)


"Cristo, primogénito que es de toda la creación,
vino también a ser principio de un nuevo linaje,
por Él regenerado con el agua, la fe y el madero,
que contenía el Misterio 
(es decir, aquí, la mística prefiguración)
de la Cruz"

(S. Justino, Diálogo con Trifón, 86).

"La Cruz de Cristo es el árbol de vida"

(S. Atanasio Sinaíta; cita sin localizar).

jueves, 2 de junio de 2011

"Todos buscan su interés..."

Esta catequesis va a ser, simplemente, una reflexión en voz alta para destacar un concepto que se nos escapa de las manos... "la catolicidad".

"Todos buscan su interés, no el de Jesucristo" (Flp 2,21).

A la hora de organizar algo en la Iglesia, un acto, un encuentro, en que confluyen diversas instituciones, realidades pastorales, o como queramos llamarlas, salen los pecados de una manera palpable; no por una maldad decidida y clara, sino por una mentalidad que se podría llamar, muy paulinamente, "mentalidad carnal".

En lugar de mirar el fin, el objeto de lo que se organiza, éste se diluye únicamente en los medios y en los protagonistas del acto. ¿Cuál ha de ser siempre el fin? ¿Qué es aquello que jamás se puede olvidar? La gloria de Dios y el bien de las almas, la evangelización, el permitir un encuentro con Cristo.

Sin embargo, en vez del fin al que se tiende, las reuniones para organizar algo se quedan en los medios. Entonces cuando aparece palpable que "todos buscan su interés". Se crea una cierta lucha de poder para que cada institución, grupo, movimiento, etc., prevalezca y aducen sus derechos, exigiendo una cuota de participación y de intervención, de protagonismo, en definitiva. Cuando ya han conseguido algo... entonces se desentienden del resto del acto o del encuentro; ya quedan tranquilos y lo demás no les preocupa. Han conseguido que su institución o grupo tenga algo propio, relevante, aunque descuadre el acto o el encuentro, aunque reste tiempo para los demás. Cada uno piensa que lo suyo debe aparecer evidente y palpable, tiene derechos adquiridos, solera histórica, ¡lo que sea!, el caso es aparecer, que se noten que están. Y si de una hora pueden acaparar más de media hora, el resto que se apañen.

La catolicidad es integradora; para empezar buscaría el bien común, la integración de todos, el fin evangelizador, y se dejarían las particularidades sin elevarlas a norma absoluta. Se trata de ser servidores de algo para evangelizar, no para buscar su correspondiente aparición pública. La catolicidad ama la diversidad y busca la Comunión entre todos, pero el particularismo excesivo mira a los demás con cierto recelo e impone lo privado-particular como norma obligatoria para todos. ¡Y a pasar por el aro! Entonces sólo cuenta "mi" parroquia, "mi" grupo, "mi" asociación, "mi" movimiento: los demás son unos compañeros obligados en el camino, pero son secundarios en escena. Lo "mío" tiene que ser bien visible.

miércoles, 1 de junio de 2011

Luchar contra los vicios (textos isidorianos)


1. Entonces los varones santos se purifican más sinceramente de la inmundicia de los vicios cuando oponen a cada uno de estos las correspondientes virtudes. De vez en cuando, los vicios pugnan útilmente con las virtudes, para que, a resultas del conflicto, ora la mente se ejercite, ora el ánimo, apartado de la arrogancia, se modere.

2. Frente al ímpetu de los vicios hay que luchar con las virtudes contrarias; a saber: frente a la lujuria hay que emplear la pureza de corazón, frente al odio hay que aprestar el amor, frente a la ira proponer la paciencia. Asimismo, frente al temor hay que servirse de la virtud de la confianza; frente a la indolencia, la actividad del celo; igualmente, a la tristeza hay que enfrentar el gozo; al desánimo, la fortaleza; a la avaricia, la liberalidad; a la soberbia, la humildad. Y así, cada virtud reprime los vicios que surgen contra ella y domina los impulsos de las tentaciones con la fuerza de la divina caridad.

3. La abstinencia reprime la pasión carnal, ya que, en la medida en que el cuerpo se mortifica por la falta de comida, el alma se aparta del deseo prohibido.