Deliciosa meditación, que provoca suavidad en el alma, es esta homilía que nos conduce a un conocimiento sencillo a la par que profundo, de Cristo Jesús, con esa imagen, la del Buen Pastor, anunciada y cantada en los salmos y en los profetas, y con la cual Cristo se identifica porque en Él, realmente, se cumple.
Es éste, el de Buen Pastor, uno de los títulos cristológicos más consoladores, que expresan bien Quién es él y cómo actúa.
"Dejemos que nuestra alma medite en las palabras del Evangelio que acabamos de escuchar y que nuestro espíritu se abra para recoger alguno de sus aspectos que nos pueda servir de alimento espiritual durante la celebración de los Santos Misterios.
El Evangelio de la segunda dominica después de Pascua nos presenta el célebre pasaje del Buen Pastor. Este pasaje, elegido por la liturgia para hoy, da la impresión de responder a una necesidad psicológica: a la de quien –por emplear una comparación obvia- ha perdido la presencia física de una persona querida.
Cuando uno de los nuestros nos deja al morir, ¿qué se hace? Lo estamos evocando constantemente. El Evangelio de hoy nos lleva a repensar la persona, la figura, la misión de Cristo. Veamos lo que ha sucedido. Cristo ha terminado su vida temporal con al cruz y ha inaugurado otra con su Resurrección; y nosotros, que nos hemos quedado extasiados ante este acontecimiento, que tanto nos consuela y nos sobrepasa: la victoria sobre la muerte, nos encontramos, sin embargo, casi abandonados en la soledad, volvemos con el pensamiento a quien nos ha presentado el Evangelio con formas humanas y sensibles, y nos preguntamos: ¿cómo era?, ¿cuál era su rostro?, ¿cómo recordar su figura?




