miércoles, 16 de octubre de 2013

Fe y vida: coherencia bajo la Palabra

Una catequesis más sobre la fe debería encender nuestro espíritu y favorecer el conocimiento, la inteligencia, del misterio cristiano, así seremos educados y permanecerá constante nuestro aprendizaje de la vida cristiana.

Pero, ¿qué caracteriza la vida cristiana?, ¿cuál sería lo específico o un dato relevante, una característica permanente? La unión entre la fe y la vida, entre lo que se cree y lo que se vive. Es la armonía de la persona, la unidad de vida, sin disgregaciones, ni compartimentos estancos, tan propios de la antropología secularista.


La fe alojada o identificada acríticamente con el sentimiento, no puede realmente incidir en la vida; o identificada con la ética de los valores, dejará a la vida concreta al vaivén de los voceros de turno, sin convertir al hombre en "bueno", sin transformarlo; la fe reducida a una práctica de ritos, asistiendo muda y pasivamente, será un cumplimiento formal y externo, pero no santificador, renovando al hombre desde dentro.

La fe y la vida van unidas en la medida en que entendamos bien la amplitud e incidencia de lo que es la verdadera fe. Conocemos, y nos lo han dicho muchas veces, la indisolubilidad de este binomio que la secularización quiere divorciar, pero demos un paso más: ¿quién o qué orienta los pasos de una fe vivida e íntegra? O lo que es lo mismo, ¿cómo dirigirnos en la vida para que la fe se haga vida y la vida esté informada (: tenga la forma) de la fe?

Todo y siempre, a la luz de la Palabra. El creyente es el hombre que oye la Palabra, la recibe, se deja modelar y obedece; por la fe escucha la Palabra y le da su asentimiento y se pone en marcha en dirección allí donde la Palabra le ha trazado el camino. Son consecuencias vitales encerradas en la profesión de fe, en el hecho de pronunciar el Credo, el Símbolo.

lunes, 14 de octubre de 2013

El ayuno (Exht. a un hijo espiritual - XIV)

"Pero para estar en vela será muy útil el ayuno. Pues igual que al soldado le estorba el peso de una carga excesiva, al monje [en general, al hombre de Dios] también a la hora de estar en vela lo entorpece la abundancia de comida. y es que no podemos velar cuando nuestro estómago está cargado de manjares, sino que, rendidos de sueño, perdemos los frutos que ganamos al velar y le causamos un grandísimo perjuicio a nuestra alma. Así pues, velas [vigilias] y ayunos están unidos.

Para que en ti puedan florecer en su conjunto las virtudes del alma, que la carne esté sometida a tu alma y que la esclava esté al servicio de su señora. No le procures fuerzas a tu cuerpo, no sea que mueva guerra contra tu espíritu, sino que la carne esté siempre sometida al espíritu y obedezca las órdenes del espíritu. No engordes a la esclava, para que no le haga desaire a su señora, sino que como sierva se entregue a complacerla en todo. Pues igual que a los caballos se les pone el freno, pongámosle así el freno del ayuno a nuestro cuerpo. En efecto, lo mismo que si el cochero les afloja el freno a los caballos, estos se van a todo correr y caen con él en el precipicio, así también, si el alma no le pone el freno al cuerpo, ambos caen rodando en el abismo del infierno.

Sé siempre para tu cuerpo el más experto cochero, para que puedas dirigir tus pasos por el sendero recto. Pues demasiada comida no sólo le hace daño al alma, sino también, y más aún, a nuestro cuerpo. Y es que con frecuencia por la gula del estómago se quiebran las fuerzas y además por la abundancia de comida sufrimos plétora de sangre y muchísimo malestar provocado por la bilis. Y lo mismo que esto es perjudicial para el alma y el cuerpo, también les sirven de remedio a ambos los ayunos moderados.

Dentro, pues, de nuestras posibilidades, rehuyamos las delicias del mundo y la opulencia en la comida, para que nunca, a la hora del tormento, busquemos en medio de las llamas una gota de agua ni aceptemos refrigerio alguno"

(S. Basilio Magno, Exh. a un hijo espiritual, n. 13).

domingo, 13 de octubre de 2013

Cristo Médico

Aunque en el Evangelio y en todo el Nuevo Testamento nunca se califique a Cristo directamente como "Médico", sabemos que hay toda una tradición bíblica que habla de Dios como Aquel que sana, que venda las heridas y que es nuestra salud. "Yo doy la muerte y la vida, yo desgarro y yo curo" (Dt 32,39). Jesús mismo en el Evangelio se convierte en Fuente de vida y salud, su Cuerpo -hasta su manto- posee una fuerza curadora que Él sabe y siente, como sintió al ser tocado por la hemorroísa (Lc 8, 46): Sintió una fuerza que había salido de Él. Nuestro Señor, además, para explicar su misión redentora entre los hombres y su proximidad a los que la Ley de Israel consideraba impuros, emplea la imagen del médico: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Lc 5,32).

La Iglesia, desde el principio, asumió esta imagen y la aplicó a Cristo. No dudó en llamarlo "Médico de los cuerpos y de las almas", como hizo bien pronto san Ignacio de Antioquía (A los Efesios 7,2) y la patrística empleó esta metáfora en muchísimas ocasiones. Cristo es médico celestial, Cristo es la salud del cuerpo y del alma, de la persona entera. La redención entonces se explica con la categoría de la medicina y del médico que restituyen la vida plena al hombre.

"Cristo es el verdadero "médico" de la humanidad, a quien el Padre celestial envió al mundo para curar al hombre, marcado en el cuerpo y en el espíritu por el pecado y por sus consecuencias... [Jesús] Al inicio de su ministerio público, se dedica completamente a la predicación y a la curación de los enfermos en las aldeas de Galilea. Los innumerables signos prodigiosos que realiza en los enfermos confirman la "buena nueva" del reino de Dios" (Benedicto XVI, Ángelus, 12-febrero-2006).

viernes, 11 de octubre de 2013

La fe ante dos peligros: ateísmo y antropocentrismo

Los diagnósticos de Pablo VI tenían gran claridad y acierto; ponerlos de relieve y advertir a los fieles de los peligros, era su obra como buen pastor. Ya decía san Agustín en su sermón sobre los pastores, que el buen pastor fortalece a las ovejas débiles, no las engaña sino que les muestra los peligros para animarlas a superarlos.

Las turbulencias y cambios aceleradísimos en el siglo XX, con la ruptura con todo lo anterior y el surgimiento de nuevos modelos y formas culturales, supuso un terremoto en el alma de Europa, en la civilización occidental. 


Contra la fe se alzaron distintos peligros y quedaron frentes abiertos. Muchos fueron tragados por semejantes olas y otros, hoy, pueden seguir siendo tragados. Por eso es necesario, por una parte, reforzar e iluminar la fe, para que se no tambalee, y, por otra parte, conocer y discernir los peligros ciertos para evitarlos y ofrecer respuestas.

Cuando Pablo VI ofrece esta catequesis, señala el ateísmo y el antropocentrismo como graves peligros; tal vez el ateísmo, como tal, virulento en gran parte del siglo XX, se ha transformado en indiferencia y agnosticismo; pero sí sigue vigoroso el antropocentrismo, incluso infiltrado en miembros de la Iglesia que participan favorecen la secularización interna, sustituyendo a Jesucristo por el hombre y el Evangelio por un moralismo ético de solidaridad y valores, de igualdad y ecologismo.

miércoles, 9 de octubre de 2013

El teólogo EN la Iglesia

El lugar del teólogo es la Iglesia; en ella habita, en ella sirve, de ella recibe el don de la fe y de la vida sobrenatural y para ella ha recibido una vocación peculiarísima que es la de la reflexión y el pensamiento del tesoro de la fe.


Situado fuera de la Iglesia, o por encima de la Iglesia, el teólogo dejará de ser teólogo para convertirse en ideólogo, aunque se justificase pretendiendo ser una "voz profética" en la disidencia.

La Comunión de la Iglesia es el centro hacia el cual todos convergemos, incluido el teólogo, el hombre de estudio, ciencia, reflexión, oración y pensamiento.

Hemos de saber apreciar, valorar, acompañar, la vocación del teólogo en la Iglesia, tan personal y tan única, tantas veces incomprendida; y un criterio cierto para discernir una teología y un teólogo es el criterio de su inserción amorosa en la Iglesia. Quien está en paralelo con la Iglesia, o en contradicción con la Iglesia, no merece el nombre de teólogo ni tampoco sus obras merecen ser leídas para quien quiera edificar su propio pensamiento católico.