Una catequesis más sobre la fe debería encender nuestro espíritu y favorecer el conocimiento, la inteligencia, del misterio cristiano, así seremos educados y permanecerá constante nuestro aprendizaje de la vida cristiana.
Pero, ¿qué caracteriza la vida cristiana?, ¿cuál sería lo específico o un dato relevante, una característica permanente? La unión entre la fe y la vida, entre lo que se cree y lo que se vive. Es la armonía de la persona, la unidad de vida, sin disgregaciones, ni compartimentos estancos, tan propios de la antropología secularista.
La fe alojada o identificada acríticamente con el sentimiento, no puede realmente incidir en la vida; o identificada con la ética de los valores, dejará a la vida concreta al vaivén de los voceros de turno, sin convertir al hombre en "bueno", sin transformarlo; la fe reducida a una práctica de ritos, asistiendo muda y pasivamente, será un cumplimiento formal y externo, pero no santificador, renovando al hombre desde dentro.
La fe y la vida van unidas en la medida en que entendamos bien la amplitud e incidencia de lo que es la verdadera fe. Conocemos, y nos lo han dicho muchas veces, la indisolubilidad de este binomio que la secularización quiere divorciar, pero demos un paso más: ¿quién o qué orienta los pasos de una fe vivida e íntegra? O lo que es lo mismo, ¿cómo dirigirnos en la vida para que la fe se haga vida y la vida esté informada (: tenga la forma) de la fe?
Todo y siempre, a la luz de la Palabra. El creyente es el hombre que oye la Palabra, la recibe, se deja modelar y obedece; por la fe escucha la Palabra y le da su asentimiento y se pone en marcha en dirección allí donde la Palabra le ha trazado el camino. Son consecuencias vitales encerradas en la profesión de fe, en el hecho de pronunciar el Credo, el Símbolo.




