viernes, 10 de junio de 2011

La acción del Espíritu Santo

Pentecostés es una fiesta eclesial, es decir, el don del Espíritu Santo se da a la Iglesia como tal Iglesia, constituyéndola en un Cuerpo vivo y santo, en una Comunidad con un principio vital de Comunión, en un río de gracia para la humanidad.


A cada uno de nosotros, ungidos por el Señor, se nos da el Espíritu Santo sin medida en cuanto miembros vivos de su Cuerpo, para la edificación del bien común; se nos da como miembros del Cuerpo eclesial, del Cuerpo místico de Cristo para que la Iglesia se edifique sólidamente con piedras vivas.

Aquí no cabe el intimismo ni la privacidad; aquí no ha lugar una devoción sentimental al Espíritu Santo que consistiera en rezar un puñado de oraciones, una devoción más al lado de otras. ¡Es algo distinto! Piénsese que la medida de poseer el Espíritu Santo es la medida del amor a la Iglesia, y que su acción en cada uno de los ungidos, siendo beneficiarios, está también en orden al bien común de la Iglesia.

jueves, 9 de junio de 2011

Catequesis sobre Pentecostés

Densa y sumamente bíblica, la siguiente catequesis de Juan Pablo II nos puede ayudar a prepararnos a Pentecostés, sabiendo lo que significa y el valor que contiene para la Iglesia.

Sin el Espíritu Santo no hay Iglesia.

Sin el Espíritu Santo no hay vida posible.



¡Ven, Espíritu Santo! Y, al venir en Pentecostés, hizo brotar la unidad y la concordia frente a la desunión y la ruptura.

"1. El Pentecostés cristiano, celebración de la efusión del Espíritu Santo, presenta varios aspectos en los escritos neotestamentarios. Comenzaremos con el que nos delinea el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de escuchar. Es el más inmediato en la mente de todos, en la historia del arte e incluso en la liturgia.

San Lucas, en su segunda obra, sitúa el don del Espíritu dentro de una teofanía, es decir, de una revelación divina solemne, que en sus símbolos remite a la experiencia de Israel en el Sinaí (cf. Ex 19). El fragor, el viento impetuoso, el fuego que evoca el fulgor, exaltan la trascendencia divina. En realidad, es el Padre quien da el Espíritu a través de la intervención de Cristo glorificado. Lo dice san Pedro en su discurso: "Jesús, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado, como vosotros veis y oís" (Hch 2, 33). En Pentecostés, como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, el Espíritu Santo "se manifiesta, da y comunica como Persona divina (...). En este día se revela plenamente la santísima Trinidad" (nn. 731-732).


miércoles, 8 de junio de 2011

Revelación del Nombre (Ex 3)

Algo maravilloso sucede en el episodio del Horeb. No solamente hay unos signos hierofánicos que provocan la fascinación y la adoración, sino que también hay una locución de Dios mismo comunicándose con Moisés. ¿Quién es Dios? Moisés es elegido y enviado para librar al pueblo de la esclavitud, pero Moisés en un diálogo conmovedor con Dios expone razones de distintos tipos para excusarse de realizar la misión. Descalzo ante Dios, reconociendo su pequeñez y sus limitaciones evidentes, se siente superado por el Misterio y la misión le parece enorme para su capacidad. El hombre se reconoce ante Dios pequeño y limitado.

    En el diálogo, una de las preguntas de Moisés tiene enorme trascendencia. ¿Quién me envía? ¿Quién digo que me ha enviado? ¿Cuál es tu nombre? Pide una seña de identidad que al mismo tiempo le avale a él, como después veremos. Requiere poder remitir a Dios y llamarlo, poderlo nombrar, a semejanza de los otros dioses que tienen nombre, pero sabiendo ahora, en esta epifanía, que Éste que se le revela es distinto y único. ¿Cuál es tu Nombre?

   Entonces Dios va a revelar su Nombre: “Yo soy el que soy”, “Yo soy el que estoy”, “Yo soy –viene a decir- el que existo y voy con vosotros”. Los demás dioses simplemente no-son, no existen, no tienen existencia ni poder salvador. Esos dioses se los ha creado el propio hombre, “no-son”. Pero Dios es el que Es, el que existe y sustenta todo y, además, no se desvincula del hombre, de su pueblo ni de su historia, sino que se revela acompañando al hombre, actuando bondadosamente en su vida, incluso, como ahora en el Horeb, dialogando con él. Estamos ante un momento sublime, cumbre, referente, en la historia salutis:
“Dios se reveló progresivamente y bajo diversos nombres a su pueblo, pero la revelación del Nombre Divino, hecha a Moisés en la teofanía de la zarza ardiente, en el umbral del Exodo y de la Alianza del Sinaí, demostró ser la revelación fundamental tanto para la Antigua como para la Nueva Alianza” (CAT 204).

    a) Dios quien lo sustenta todo

    El primer aspecto de este Nombre vendría a ser la afirmación de Dios sobre sí mismo, como Quien sustenta todo, lo crea todo, llama a la existencia a lo que no existe porque Él es el único que existe, el existente. Es el principio de todo. Pudiera calificarse de un orden metafísico pese a la alergia que hoy parece suscitar esta afirmación (y que no estaría propiamente en la mente del redactor del episodio).

    Es el que Es , y se define a sí mismo como el Dios vivo, “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, por lo que Él es quien permanece siendo el Todopoderoso. 

martes, 7 de junio de 2011

El valor de lo oculto: la vida de clausura

En la Iglesia no todo es lo visible o lo activo; en la vida y Misterio de la Iglesia ocupan un lugar preeminente las realidades invisibles: la Presencia de Dios, el Don del Espíritu, la Gracia, la Comunión de los Santos.


Ya pasaron los años en que todo se quería visible, concreto, activo y se miraba la vida de clausura con recelo y prevención. Y esto era así por desconocer el valor más profundo de la oración, la contemplación y la penitencia en el Corazón invisible de la Iglesia, en la Comunión de los santos. Se argumentaba que había mucho que hacer en el mundo y en la sociedad... ¿y acaso no es hacer inmolarse como Cristo por el mundo, orar por el mundo como Cristo oraba, estar con Cristo en el Tabor proyectando luz sobre ese mundo al que se decía que se quería ayudar...?

Desde aquí, en primer lugar, el reconocimiento y la gratitud amorosa a la vida de clausura de tantos monjes y monjas que en el silencio monástico, en la oración asidua y en la generosa penitencia derraman torrentes de vida sobre todo el Cuerpo Místico, permiten que broten ríos invisibles de Gracia que nos fecundan a quienes estamos en el mundo (¡demasiado en el mundo a veces!).

Las palabras del papa Benedicto en un monasterio de clausura espero que nos sirvan a todos para valorar este género de vida, apreciarlo, tenerlo presente, rezar con ellos y por ellos, sostenerlos con nuestra ayuda económica.

"Para esta oración coral, que encuentra su culmen en la participación cotidiana en el Sacrificio Eucarístico, vuestra consagración al Señor en el silencio y en el ocultamiento se hace fecunda y llena de frutos, no sólo en orden al camino de santificación y de purificación, sino también respecto a ese apostolado de intercesión que lleváis a cabo por toda la Iglesia, para que pueda aparecer pura y santa en presencia del Señor. Vosotros, que conocéis bien la eficacia de la oración, experimentáis cada día cuántas gracias de santificación esta puede obtener en la Iglesia.
Queridas hermanas, la comunidad que formáis es un lugar en el que poder morar en el Señor; esta es para vosotros la Nueva Jerusalén, a la que suben las tribus del Señor para alabar el nombre del Señor (cfr Sal 121,4). Sed agradecidas a la divina Providencia por el don sublime y gratuito de la vocación monástica, a la que el Señor os ha llamado sin mérito alguno vuestro. Con Isaías podéis afirmar “el Señor me plasmó desde el seno materno" (Is 49,5). Antes aún de que nacieseis, el Señor había reservado para Sí vuestro corazón para poderlo llenar de su amor. A través del sacramento del Bautismo habéis recibido en vosotros la Gracia divina e, inmersas en su muerte y resurrección, habéis sido consagradas a Jesús, para pertenecerle exclusivamente. La forma de vida contemplativa... os coloca, como miembros vivos y vitales, en el corazón del cuerpo místico del Señor, que es la Iglesia; y como el corazón hace circular la sangre y mantiene con vida al cuerpo entero, así vuestra existencia escondida con Cristo, entretejida de trabajo y de oración, contribuye a sostener a la Iglesia, instrumento de salvación para cada hombre al que el Señor redimió con su Sangre.
Es a esta fuente inagotable a la que vosotros os acercáis con la oración, presentando en presencia del Altísimo las necesidades espirituales y materiales de tantos hermanos en dificultad, la vida descarriada de cuantos se alejan del Señor. ¿Cómo no moverse a compasión por aquellos que parecen vagar sin meta? ¿Cómo no desear que en su vida suceda el encuentro con Jesús, el único que da sentido a la existencia? El santo deseo de que el Reino de Dios se instaure en el corazón del cada hombre, se identifica con la oración misma, como nos enseña san Agustín: Ipsum desiderium tuum, oratio tua est; et si continuum desiderium, continua oratio (cfr Ep. 130, 18-20); por ello, como fuego que arde y nunca se apaga, el corazón permanece pie, no deja nunca de desear y eleva siempre a Dios el himno de alabanza.
Reconoced por ello, queridas hermanas, que en todo lo que hacéis, más allá de los momentos personales de oración, vuestro corazón sigue siendo guiado por el deseo de amar a Dios. Con el obispo de Hipona, reconoced que el Señor es quien ha puesto en vuestros corazones su amor, deseo que dilata el corazón, hasta hacerlo capaz de acoger al mismo Dios (cfr In O. Ev. tr. 40, 10). ¡Este es el horizonte de la peregrinación terrena! ¡Esta es vuestra meta! Por esto habéis elegido vivir en el ocultamiento y en la renuncia a los bienes terrenos: para desear por encima de todo ese bien que no tiene igual, esa perla preciosa que merece la renuncia a cualquier otro bien para entrar en posesión suya" (Hom. en el Monasterio de Santa María del Rosario, Monte Mario (Italia), 24-junio-2010).
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Y ahora oremos juntos, unos por otros, convirtiendo el blog en un Cenáculo virtual:

Haz que gustemos y valoremos los dones de tu Espíritu, para que nos apartemos de la muerte y alcancemos la vida y la paz.

Oremos.

Derrama, Señor, sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo,
para que podamos cumplir fielmente tu voluntad
y demos testimonio de ti con nuestras obras.
Por Jesucristo nuestro Señor. 

Oremos cantando, implorando la venida del Espíritu Santo sobre esta comunidad virtual:


lunes, 6 de junio de 2011

Para Pentecostés...

 Una catequesis de preparación para Pentecostés, impartida por el papa Juan Pablo II, es nuestra catequesis de hoy.

Es un alimento sólido, casi solidísimo, pero pensemos en la necesidad de catequesis que sean doctrinales para edificar nuestro conocimiento de los misterios de la fe sobre roca.


"Es importante, ante todo, tener presente la relación que existe entre la fiesta judía de Pentecostés y el primer Pentecostés cristiano.

Al inicio, Pentecostés era la fiesta de las siete semanas (cf. Tb 2, 1), la fiesta de la siega (cf. Ex 23, 16), cuando se ofrecía a Dios las primicias del trigo (cf. Nm 28, 26; Dt 16, 9). Sucesivamente, la fiesta cobró un significado nuevo: se convirtió en la fiesta de la alianza que Dios selló con su pueblo en el Sinaí, cuando dio a Israel su ley.

San Lucas narra el acontecimiento de Pentecostés como una teofanía, una manifestación de Dios análoga a la del monte Sinaí (cf. Ex 19, 16-25): fuerte ruido, viento impetuoso y lenguas de fuego. El mensaje es claro: Pentecostés es el nuevo Sinaí, el Espíritu Santo es la nueva alianza, el don de la nueva ley. Con agudeza descubre ese vínculo san Agustín: «¡Gran misterio, hermanos, y digno de admiración! Si os dais cuenta, en el día de Pentecostés (los judíos) recibieron la ley escrita con el dedo de Dios y en el día de Pentecostés vino el Espíritu Santo» (Ser. Mai, 158, 4). Y un Padre de Oriente, Severiano de Gabala, afirma: «Era conveniente que en el mismo día en que fue dada la ley antigua, se diera también la gracia del Espíritu Santo» (Cat. in Act. Apost., 2, 1).