martes, 9 de abril de 2013

El apostolado, irradiación de la vida cristiana

El robustecimiento de la fe, su fortaleza, su más clara y renovada identidad, se convierte en estímulo, acicate, impulso, para el apostolado. Éste nace no por una idea o un ideal ético, sino por un desbordarse de la vida cristiana, tan fuerte, que no se puede contener. Es el celo evangelizador: "¡ay de mí si no evangelizare!" (1Co 9,6).


Cuando tratamos de reforzar la fe, debilitada externamente por las olas de la secularización y la dictadura del relativismo, y debilitada interiormente por el moralismo y la ausencia de vida interior, de oración y de vivencia litúrgica, hemos de ser conscientes que precisamente esta crisis de fe es lo que genera un apostolado débil, mediocre, mortecino, reducido a la sacristía. Por el contrario, y ese ha de ser nuestro objetivo, una fe fuerte y fiel, doctrinalmente sólida y con formación madura, amasada con la liturgia y la oración, transforma al creyente en un apóstol.

Será fácil reconocer que el problema no son los métodos -más o menos modernos- ni las técnicas ni es el lema tan cansino de que "la Iglesia debe modernizarse" adaptándose al mundo, sino que antes y primeramente, el problema del apostolado es el propio apóstol: la calidad, la fuerza, la hondura de su fe, su convicción arraigada y fervorosa.

Entonces, ¿qué es el apostolado? ¿Una serie de actividades que rozan el activismo? ¿Un voluntariado? ¿Una acción social transformadora? ¿Una concienciación política? ¿Un manifiesto de denuncia para ser fotografiados?

El apostolado es la acción amable de conducir a otros a la persona de Jesucristo y que se encuentren con Él. El apostolado es la irradiación de la propia vida cristiana que no puede ocultar la lámpara sino ponerla en lo alto para que alumbre a todos. El apostolado es del desbordamiento del Agua viva que uno ha recibido para poder saciar la sed de otros corazones que están buscando no saben bien qué. El apostolado es el impulso del Espíritu Santo para evangelizar.


"Cuando tenemos la suerte de encontrarnos con fieles dirigentes y devotos, como sois vosotros, siempre surge en nuestro ánimo el pensamiento que se ha hecho habitual e insistente desde el Concilio Ecuménico y el reciente Congreso del Apostolado de los Laicos, a saber, el pensamiento de vuestra vocación al apostolado. No puede haber, se ha dicho, un fiel sincero y consciente que no se interese por la causa del Evangelio en el mundo, por la actividad y la misión de la Iglesia, por la salvación de los hombres que lo rodean; toda relación humana, en esta concepción de la economía de la redención, tiende a realizar este designio divino, tiende a llegar a ser testimonio y colaboración con el apostolado de la Iglesia. Si es así, y verdaderamente es así, Nos nos preguntamos, al ver a nuestros hijos, que con su visita nos profesan su fidelidad y nos demuestran su buena voluntad, nos preguntamos si ellos han entrado en este orden de ideas del cual la Iglesia debe conseguir su renovación y debe encontrar los recursos para la superación de las dificultades que nuestro tiempo ofrece a la vida cristiana.


Si ahora Nos os decimos en voz alta este nuestro secreto e interrogante pensamiento, quiere decir que esperamos que vuestra respuesta sea, desde luego, la positiva y valiente del sí a la llamada que la Iglesia dirige a todo auténtico hijo suyo: sí, nosotros queremos superar el momento de indiferencia, de timidez, de ineptitud que oprimen a los espíritus, y queremos dar al apostolado de la Iglesia viva y moderna nuestra colaboración. ¿Es así? Ciertamente, hijos carísimos, debe ser así. Es nuestra invitación, nuestro deseo, nuestra exhortación.

Y para que cada uno de vosotros tenga ocasión de reflexionar cómo actuar y qué cosa debe hacer, nos limitaremos a recordar que el apostolado, al que estáis llamados, puede realizarse de dos formas fundamentales: una individual, otra colectiva. Cualquiera, aunque esté solo, puede hacer alguna cosa por el reino de Dios, según el propio genio y la propia posibilidad. "Una forma particular de apostolado individual, dice el Concilio..., es el testimonio de toda la vida laical que promana de la fe, de la esperanza y de la caridad" (AA, 16). Es el apostolado bien conocido del ejemplo, del buen ejemplo. Por lo menos este apostolado cada uno puede realizarlo, si quiere; y lo debe realizar. Todo cristiano convencido debe irradiar en su derredor una palabra vivida, la del estilo de su pensamiento y de su manera de obrar; cada uno debe de algún modo impresionar con el bien a los demás y el ambiente en el que vive con la rectitud de su propia conducta, con la observancia de las normas cristianas, con la expresión de su mentalidad que recibe de Cristo su inspiración clara, sencilla, fundamental, en una palabra, ejemplar.

En un mundo en el cual los malos ejemplos, los escándalos, las ofensas a la honestidad del pensamiento y las costumbres abundan, procure cada uno difundir el ejemplo de la coherencia cristiana e intente inmunizarse a sí mismo del contagio de los desórdenes intelectuales y morales que amenaza a la sociedad, y procure llevar a la misma vida social alguna saludable incitación al bien.

He aquí el primer apostolado"

(Pablo VI, Audiencia general, 25-octubre-1967).

4 comentarios:

  1. "el problema del apostalado es el propio apóstol: la caridad, la fuerza, la hondura de su fe, su convicción arraigada y fervorosa".

    " inmunizarse a sí mismo del contagio de los desórdenes intelectuales y morales que amenaza a la sociedad, y procure llevar a la misma vida social ... incitación al bien".

    En oración ¡Qué Dios les bendiga!
    ¡

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  2. Una muy bella y aguda catequesis sobre "la gracia del apostolado", como dice la Escritura.

    Es muy acertado presentar el apostolado como una irradiación. Sin duda, una irradiación del Misterio de Cristo Total. Y por la participación en el, de la vida cristiana, de la vida del mismo Cristo.

    Y las palabras de nuestro Pablo VI, qué frescas, claras, nuevas, siempre.

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  3. La Gracia, rodeándonos por todas partes, para todos, y esperando que la hagamos nuestra para esparcirla a nuestros hermanos, y evangelizarlos.
    Sigo rezando. Alabado sea DIOS

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