martes, 31 de mayo de 2016

Querer con el amor de Jesús (I)



Como discípulos, entramos en la escuela de su Corazón para aprender a amar. “Ved ya aquí un gran misterio, hermanos. El sonido de nuestras palabras golpea vuestros oídos, pero el maestro está dentro. No penséis que nadie aprende algo de otro hombre. Podemos poner alerta mediante el sonido de nuestra voz, pero si no se halla dentro alguien que enseñe, el sonido que emitimos sobra. ¿Queréis una prueba? ¿Acaso no habéis oído todos este sermón? ¡Cuántos no van a salir de aquí sin haber aprendido nada! En lo que de mí depende, he hablado a todos, pero aquellos a quienes no habla interiormente la Unción, a los que no enseña interiormente el Espíritu Santo, regresan con la misma ignorancia. El magisterio exterior no es más que una cierta ayuda, un poner alerta. Quien tiene su cátedra en el cielo es quien instruye los corazones... Quien instruye, pues, es el maestro interior; quien instruye es Cristo, quien instruye es su Inspiración” (S. Agustín, In ep. Io. 3,13).
           




            Pues entremos en su escuela, seamos discípulos con el alma abierta para recibir sus enseñanzas con atención. ¡Aprender a amar!

Para amar, respetar la libertad

            El amor, si es verdadero, busca el crecimiento integral del otro, busca su bien completo y verdadero, en todas las facetas y aspectos.

            Pero todo lo que impide el crecimiento del otro es un atentado contra la libertad. Donde no hay respeto –incluso admiración y legítimo orgullo por el otro-, no puede haber libertad, y estaríamos atropellando al otro. Hay que tener sumo respeto evitando cualquier clase de “dominación” o de “control” de la otra persona. Amar es que el otro sea él mismo, no plasmarlo a imagen y semejanza de uno mismo, o dominar y controlar quitándole espacio vital, casi como si fuera una competición y ver quién es más fuerte y controla y domina (en el matrimonio, siempre es un riesgo que hay que vigilar): “nada de rivalidades y envidias” (Rm 13,13c).  

lunes, 30 de mayo de 2016

Plegaria: el testimonio de la caridad (S. Juan de Ávila)

La caridad fraterna es uno de los signos distintivos de la vida cristiana; por ella reconocerán que somos discípulos del Señor, si somos capaces de amarnos unos a otros. Era uno de los grandes lugares apologéticos para el cristianismo: ser capaz de amarse así no es un esfuerzo humano, sino el don del Espíritu Santo que engendra una vida nueva.

Sabemos, por el Apologeticum de Tertuliano, que los paganos decían: "mirad cómo se aman". Esto les suscitaba preguntas y búsquedas.


Por el contrario, un antitestimonio (que se diría hoy) es la falta de caridad sobrenatural, sustituida por afectos de grupos, intereses afectivos, o directamente por enfrentamientos y celos.

El amor del Espíritu Santo en nuestros corazones, permitiendo la fraternidad eclesial, será siempre un signo interpelante y una llamada evangelizadora.

Por eso oremos y meditemos ante el Señor, con la plegaria de san Juan de Ávila.



Testimonios y antitestimonios: la caridad

            Ciertamente, dice una gran verdad el que es la suma Verdad, que, si los cristianos guardásemos perfectamente la ley que tenemos, cuyo principal mandameinto es el de la caridad, sería tanta la admiración que causaríamos en el mundo a los que nos viesen iguales a ellos en la naturaleza, y muchos mayores que ellos en la virtud, que, como los débiles a los fuertes, y los bajos a los altos, se nos rendirían y creerían que mora Dios en nosotros; pues verían que podemos lo que las fuerzas de ellos no alcanzan, y darían gloria a Dios que tiene tales siervos.

sábado, 28 de mayo de 2016

Unción de Jesús, Unción de su Cuerpo

La santa Pascua desvela la hermosura, la belleza y el esplendor de Jesucristo. Ahora aparece en su forma definitiva, aquella que apuntaba en la Transfiguración: es la carne del Hijo de Dios, plenificada y llena del Espíritu Santo, porque fue ungida para siempre.


Jesús, nuestro Señor, es el verdadero Ungido; recibe el Espíritu Santo en su carne humana al encarnarse; recibe el Espíritu en el río Jordán al ser bautizado... y recibe el Espíritu que lo resucita, vivificando su carne. Desde ese momento y para siempre, su nombre propio es "el Ungido", Cristo.

Y de Él, de Cristo, desciende la unción para todos los miembros de su Cuerpo, sus hermanos, los bautizados. Se participa del Espíritu Santo porque somos miembros vivos de su Cuerpo místico y en cuanto tales, en cuanto miembros de la Iglesia, Cuerpo del Señor, hemos recibido el Don por excelencia, el Espíritu Santo.

viernes, 27 de mayo de 2016

El canto para la liturgia

El canto es connatural a la liturgia, nunca un añadido, algo que se le suma para embellecer y deleitar, ni tampoco es un estorbo para la propia devoción y recogimiento.

La liturgia requiere el canto como la mayor expresión orante, ayuda a la solemnidad y también a la meditación, tanto de los cantos del Ordinario (Kyrie, Gloria, Santo, Cordero de Dios), como del Propio de la Misa (Entrada, salmo responsorial, Aleluya, ofertorio, comunión).

Pero, ¿con qué criterios? ¿Para qué el canto litúrgico? Veamos.

 
"Vuestro número, verdaderamente notable, y sobre todo el significado del Congreso Litúrgico Musical, en el que habéis participado religiosas encargadas del canto que llenáis esta audiencia, han sido los motivos que nos han empujado a recibiros aparte esta mañana. Y si, desgraciadamente, el tiempo disponible no nos permite entretenernos con vosotras en un discurso profundo sobre este tema, que tanto nos interesa, hemos deseado de todas formas detenernos con vosotras, para expresaros nuestra admiración, nuestro agradecimiento, nuestro estímulo por la labor que desarrolláis en vuestras comunidades, entre la juventud y en las parroquias; labor de animación, de refinamiento, de elevación, de educación para el canto y, mediante esto, para la liturgia y, por consiguiente,  para la oración y para el culto divino. Labor, por tanto, de auténtico, grande y necesario apostolado.

Renovación litúrgica

Vuestra presencia nos dice cómo no faltan los talentos y las fuerzas para la renovación litúrgica, inaugurada por el Concilio Vaticano II y promocionada con sabias directivas por los órganos competentes de la Santa Sede. No hemos desperdiciado ocasión para valorar y sostener las iniciativas actuales, para estimular a todo el Pueblo de Dios a tomar parte activa en las celebraciones litúrgicas, con la voz y con el canto, para confirmar de esta manera su personal e íntima presencia del espíritu, que es condición insustituible para realizar a través de la liturgia el encuentro interior con Dios.

miércoles, 25 de mayo de 2016

El salmo 97



                En este salmo podemos reconocer el canto y las palabras que la Iglesia le reza a Jesucristo, su Señor, su Salvador. Es el salmo 97 que proclama la victoria de Cristo y cómo esa victoria de Cristo está siendo anunciada ya en toda la tierra a todos los hombres.

                    Canta este salmo:


 Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.

El ha Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad:

tañed la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor.

Retumbe el mar y cuanto contiene,
la tierra y cuantos la habitan;
aplaudan los ríos, aclamen los montes
al Señor, que llega para regir la tierra.

Regirá el orbe con justicia
y los pueblos con rectitud.



                “El Señor revela a las naciones su justicia”. ¿Qué justicia es ésta? ¿La justicia implacable que nosotros aplicamos a los demás según la vara de medir de nuestros propios criterios? Más bien, la justicia de Dios que es nuestra salvación.