Los años de la reforma litúrgica postconciliar, o de la renovación de la liturgia en celebración, en su teología, en su espiritualidad, fueron acompañados y guiados por la palabra del Papa Pablo VI.
El canto litúrgico también recibió orientaciones concretas y claras, aunque luego la práctica y la secularización, penetró claramente en este terreno musical, permitiendo melodías, ritmos y letras discordantes, chocantes, estridentes, para lo que es el Misterio vivido y celebrado en la liturgia.
Aún hoy seguimos con muchas deficiencias en este terreno, y todavía hoy necesitamos líneas claras, palabras veraces, que reorienten la música y el canto litúrgico, sin convertirlo en un concierto sacro estando todos mudos en la iglesia, ni convirtiendo el canto en algo no ya popular, sino populista y divertido (el otro extremo).
Quedémonos con las palabras de Pablo VI:
"Nos congratulamos con vosotros sobre todo porque sabéis emplear vuestras cualidades musicales y vuestra preparación artística no sólo para vuestra satisfacción y la de cuantos os escuchan, sino también para el servicio de la liturgia, la convertís, por tanto, en un instrumento para la gloria de Dios, en una expresión y en una profesión de fe.
Vosotros deseáis escuchar la palabra del Papa; y esta palabra no puede ser otra cosa que el eco de lo que la Iglesia -por medio de la Constitución conciliar sobre la sagrada liturgia y por medio de las diversas instrucciones consecutivas, en particular por medio de la dedicada a la Música sagrada, de 5 de marzo de 1967- ha declarado recientemente sobre las relaciones entre música y liturgia y sobre la función que vosotros, como capillas musicales, estáis llamados a desempeñar para dotar la celebración de los Santos Misterios de esplendor y devoción cada vez mayores.