Ganaríamos mucho si viviésemos la Iglesia como la Comunidad a la que ofrezco cuanto soy y en la que aporto mis cualidades, virtudes y dones y si viéramos la Iglesia como la Comunidad que me sostiene, me espolea, me desafía a crecer, me ayuda a caminar; por supuesto, en el plano sobrenatural mediante la Gracia.
La Iglesia es esa bendita Comunidad y Cuerpo del Señor donde la unidad jamás significa uniformidad, y donde lo comunitario no significa gregarismo alguno o despersonalización; la santa Comunidad donde unos y otros estamos relacionados en el Espíritu Santo y donde unos y otros mutuamente se enriquecen y se edifican. Este gran organismo sobrenatural permite el desarrollo pleno y santo de cada uno de sus miembros, respetando sus ritmos de crecimiento, su vocación, sus cualidades, hasta alcanzar la imagen de Cristo o la madurez perfecta en Cristo Jesús.
Las presentaciones parciales de la Iglesia o la vivencia desfigurada de la Iglesia al considerarla una institución jerárquica alejada de mí, distante de mí, e incluso en cierto modo, frenadora de lo mejor de cada uno, deben ser superadas para alcanzar una visión de totalidad del Misterio de la Iglesia.




