Vamos a empezar, con tranquilidad, una serie de catequesis sobre la conciencia en el hombre. En ella se entrecruza no sólo el Bien, el mal y la Belleza, sino también la libertad y la verdad, temas que, como bien sabemos, son de actualidad y que inciden directamente sobre el actuar cotidiano del cristiano en el mundo.
Estas catequesis van a seguir casi directamente, con algunas glosas simplemente, una obra de Joseph Ratzinger, "El elogio de la conciencia" (ed. Palabra, Madrid 2010). En la medida en que las trabajemos, veremos que se abrirán horizontes luminosos y clarificadores para nosotros.
La conciencia, o la cuestión sobre la conciencia, está en el centro de muchos debates dentro de la teología moral católica. Ahora la conciencia se ha interpretado, fruto de la cultura reinante, como la instancia subjetiva última que se da a sí misma el papel determinante de "decidir" qué es bueno y qué es malo: lo vemos plasmado en la frase simplona, y en el fondo relativista, de "allá cada cual con su conciencia" como si lo que para uno fuera "bueno" para otro pudiera ser "malo" o "neutro". ¿Cada uno señala qué es lo bueno y lo malo o más bien hay una objetividad en lo bueno y lo malo que la conciencia no pone sino que reconoce? ¿La conciencia es la fuente del bien o no será, más exactamente, la ayuda interior que tenemos para descubrir qué es el bien? "La conciencia se presenta como el baluarte de la libertad, frente a las limitaciones de la existencia impuestas por la autoridad" (p. 9).
A la conciencia, sin más, sin mayor iluminación ni formación interior, se la eleva como baluarte de la libertad, que nos pone por encima de la Verdad incluso. ¡Yo soy libre!, y eso significa hoy, generalmente, que puedo hacer lo que quiera y la conciencia moral es la que uno se da a sí mismo.
Parecería que la conciencia es lo opuesto a la Verdad y a la autoridad que enseña y orienta hacia la Verdad. Es la autonomía absoluta del hombre respecto a todo y a todos, incluso autonomía sobre la ley moral y -consecuencia última del nihilismo- sobre Dios. Entonces, ¿la conciencia personal es la última instancia y es infalible? ¿No hay nada por encima de la conciencia?