jueves, 7 de julio de 2016

Una historia de santidad (Palabras sobre la santidad - XXVIII)

Allí donde, por gracia, germina un santo, allí Dios entra derrochando luz y misericordia. Cada santo es un signo de Dios entre los hombres, una renovación muy visible de la presencia de Dios salvando y actuando, demostrando que Dios es Fiel y que permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, ofreciendo esperanza y vida sobrenatural.


"Los santos son los verdaderos portadores de luz en la historia, porque son hombres y mujeres de fe, espranza y amor" (Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, 40).

La Iglesia ha sido una buena madre de santos; cada época de la historia, en cada lugar donde la Iglesia se ha implantado y ha crecido, ha visto brotar santos, hombres de Dios, portadores de su luz allí donde estaban situados. En la variedad de los tiempos, de las culturas y naciones, en cada momento de la historia, la Iglesia se ha personificado en sus santos. 

martes, 5 de julio de 2016

El misterio de la conciencia

Vamos a empezar, con tranquilidad, una serie de catequesis sobre la conciencia en el hombre. En ella se entrecruza no sólo el Bien, el mal y la Belleza, sino también la libertad y la verdad, temas que, como bien sabemos, son de actualidad y que inciden directamente sobre el actuar cotidiano del cristiano en el mundo.



Estas catequesis van a seguir casi directamente, con algunas glosas simplemente, una obra de Joseph Ratzinger, "El elogio de la conciencia" (ed. Palabra, Madrid 2010). En la medida en que las trabajemos, veremos que se abrirán horizontes luminosos y clarificadores para nosotros.

La conciencia, o la cuestión sobre la conciencia, está en el centro de muchos debates dentro de la teología moral católica. Ahora la conciencia se ha interpretado, fruto de la cultura reinante, como la instancia subjetiva última que se da a sí misma el papel determinante de "decidir" qué es bueno y qué es malo: lo vemos plasmado en la frase simplona, y en el fondo relativista, de "allá cada cual con su conciencia" como si lo que para uno fuera "bueno" para otro pudiera ser "malo" o "neutro". ¿Cada uno señala qué es lo bueno y lo malo o más bien hay una objetividad en lo bueno y lo malo que la conciencia no pone sino que reconoce? ¿La conciencia es la fuente del bien o no será, más exactamente, la ayuda interior que tenemos para descubrir qué es el bien? "La conciencia se presenta como el baluarte de la libertad, frente a las limitaciones de la existencia impuestas por la autoridad" (p. 9).

A la conciencia, sin más, sin mayor iluminación ni formación interior, se la eleva como baluarte de la libertad, que nos pone por encima de la Verdad incluso. ¡Yo soy libre!, y eso significa hoy, generalmente, que puedo hacer lo que quiera y la conciencia moral es la que uno se da a sí mismo.

Parecería que la conciencia es lo opuesto a la Verdad y a la autoridad que enseña y orienta hacia la Verdad. Es la autonomía absoluta del hombre respecto a todo y a todos, incluso autonomía sobre la ley moral y -consecuencia última del nihilismo- sobre Dios. Entonces, ¿la conciencia personal es la última instancia y es infalible? ¿No hay nada por encima de la conciencia?

lunes, 4 de julio de 2016

Conservar íntegro el mensaje

El depósito de la fe ha sido entregado a la Iglesia para que lo custodie, lo preserve, lo anuncie y lo transmita. El lenguaje y la explicación del depósito de la fe puede cambiar mientras no altere su contenido, pero la Iglesia jamás consentirá alterar lo más mínimo la Verdad revelada que el Señor le confió.

Estos principios los hemos de tener claros para evitar confusiones y para preservar de adulteraciones la predicación evangélica.


La Verdad es la que es, la revelación es aquello que Dios manifestó, y este patrimonio es inalterable por su propia naturaleza, no se acomoda a los deseos secularizadores, ni disimula, aparta o cambia, aquellos principios que en determinados momentos parezcan difíciles -lo que le reprocharon en Cafarnaum a Jesús, Jn 6-. La Iglesia transmite aquello que fecunda y da vida a los hombres de todos los tiempos, sin modernizarse para ir al compás variable de los tiempos (¡las modas, ser modernos!), sino que procura elevar esos "tiempos", esas generaciones.

Distinta cuestión, por supuesto, es el lenguaje de la teología, de la catequesis y la predicación, que debe tener facilidad, cercanía, inteligibilidad, para comunicar y enseñar, para que el tesoro de la fe sea claro y comprensible para todos.

La confusión de planos y el virus secularizador han causado estragos y por eso es necesario discernir y tener claras las cosas.

Con las palabras de Pablo VI veremos con claridad cómo una cosa es el contenido de la fe y la revelación, y otra el lenguaje que lo explica; éste sujeto a cambios para ser comprensible; aquel inalterable, porque viene de Dios mismo y no de hombre alguno.

sábado, 2 de julio de 2016

"Por Cristo, con él y en él" (Meditación teológica - y III)

Por Cristo, con Él y en Él,
a ti Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria,
por los siglos de los siglos. AMÉN.

Tercer término de la doxología: "En Él".

En Él vivimos, nos movemos y existimos.

En Él hemos sido redimidos.


En Él somos llevados al seno de la Trinidad.

En Él se nos ha toda gracia, amor y amistad.

En Él somos agraciados para participar de la vida divina.

viernes, 1 de julio de 2016

No merecemos la gracia (san Agustín)

¿La gracia viene a nosotros porque nos lo merecemos? ¿Acaso porque Dios ha hallado algo bueno en nosotros y nos recompensa con su gracia?

¡Algunos se lo creen! Y lo viven así: piensan que se merecen la gracia por sus buenas obras, y no se dan cuenta de que sin la gracia, que ya estaba ahí, ni siquiera habrían podido realizar esas buenas obras.

Se llama gracia porque es un regalo, un don, gratuito e inmerecido por nuestra parte, que corresponde siempre a una dignación de la misericordia de Dios.

En todo, y siempre, no es el hombre quien lleva la iniciativa y tiene la primacía: en el cristianismo, Jesucristo es lo primero y su obra es la obra de la gracia en nosotros. Un buena dosis de humildad nos hace falta para reconocer lo mucho que debemos a la gracia y lo poco que somos nosotros, heridos por el pecado original y con la concupiscencia inclinándonos al mal.

No, no merecemos la gracia ni la compramos con nada. Se nos da gratis y por amor de Dios.

"29. Por eso todos los que buscan excusas para sus iniquidades y torpezas son castigados justísimamente; porque los que son liberados lo son tan sólo por la gracia. Si la excusa fuese justa, ya no se libertaría la gracia, sino la justicia. Pero como la gracia es la que libra, no halla nada justo en aquel a quien libra: ni voluntad, ni obras, ni siquiera excusas, ya que, si hay una disculpa justa, quien la utiliza se libra con razón y no por gracia. 

Sabemos que se libran por la gracia de Cristo también algunos de esos que dicen: “¿Por qué se queja todavía? ¿Quién puede resistir a su voluntad?” Si esa excusa fuese justa, no se libertarían por gracia gratuita, sino por la justicia de esa disculpa. Pero, si se libran por la gracia, sin duda la disculpa no es justa. Gracia verdadera es aquella que libra al hombre cuando no se le retribuye por merecimiento. Dicen, pues: “¿Por qué se queja todavía? ¿Quién puede resistir a su voluntad?” Pero no se realiza en ellos otra cosa que la que se lee en el libro de Salomón: “La necedad del hombre estropea sus caminos y acusa a Dios en su corazón”.