viernes, 19 de junio de 2015

Santidad, cultura y razón (Palabras sobre la santidad - XIV)

En el mundo de la cultura, el mundo del pensamiento, de la investigación, de la Universidad, del arte..., el mundo de la razón y de la búsqueda de la Verdad, también los santos son necesarios.


Ellos pueden, por su vida interior llena de Dios, emplear la razón plena y absolutamente, sin las cortapisas de la ideología o de un pensamiento débil que desconfía de la razón y apoya el vitalismo del sentimiento. Ellos, los santos, por su experiencia de Dios, pueden buscar y mostrar la Verdad enfrentándose al nihilismo reinante y al relativismo que afirman que la Verdad no existe, que todo depende de las opciones personales de cada uno y que no existe nada más allá de lo que vemos y sentimos. Éste es el pensamiento de la postmodernidad... que se infiltra en las aulas, en la tele, en el cine, en los debates, en los libros y novelas...

miércoles, 17 de junio de 2015

Lo que esperamos de la Santa Misa (II)

Las oraciones sobre las ofrendas de la Misa romana, antes del prefacio, concluyendo todo el proceso ritual del ofertorio, pasan desapercibidas en muchas ocasiones.

Pero su doctrina, su concisión, encierra grandes tesoros: por ejemplo, nos va desgranando los efectos sacramentales del sacramento eucarístico. Es decir, ¿qué esperamos, qué buscamos, cuando asistimos y participamos en la celebración de la Santa Misa?


De paso, y una vez más, nos vamos acostumbrando así a trabajar y valorar, a rezar despacio y considerar, los textos litúrgicos mismos, como un método para impregnarnos del verdadero espíritu de la liturgia, sagrado, teológico, espiritual.




2. La redención-salvación

La Eucaristía es el sacramento de nuestra redención, la actualización de su salvación en el aquí y ahora de la vida de los hombres.

 Cuando celebramos y ofrecemos el sacrificio del altar, somos conscientes -¡de ahí la sacralidad, la dignidad, la reverencia!- de que se actualiza el misterio de la redención.

La obra de Jesucristo es la redención; rescatarnos del pecado y de la muerte, hacernos suyos, darnos el Espíritu y vivificarnos para formar parte de los hijos de Dios, redimidos y glorificados. En definitiva, la redención, librándonos del pecado, repara-restaura al hombre, restablece la amistad con Dios y le otorga la vida divina.

Así se reza en la liturgia, con esa perspectiva, cuando el sacerdote pronuncia la oración sobre las ofrendas:

lunes, 15 de junio de 2015

El don de fortaleza

El Espíritu Santo derrama sus siete dones. La fortaleza es uno de ellos que viene a robustecer la virtud cardinal de la fortaleza. A cada una de las virtudes (fortaleza, justicia, templanza, prudencia) corresponde la gratuidad desbordante del Espíritu Santo.


Un hombre fuerte es aquel que acomete grandes obras sin desmoronarse, en su trabajo, en su apostolado, de manera constante, perseverante, y, por otra parte, un hombre fuerte es el que sabe resistir las dificultades, las adversidades, las circunstancias contrarias y los sufrimientos del tipo que sean con paciencia... porque la paciencia es virtud de los fuertes.

El hombre puede ir desarrollando estas virtudes cardinales con su trabajo interior y la repetición de actos virtuosos. Pero nada comparado con los dones que el Espíritu Santo infunde en las almas.

domingo, 14 de junio de 2015

Magisterio: sobre la evangelización (XXVIII)

La evangelización es una acción eclesial corresponsable; ningún sujeto la agota, sino que todos los miembros de la Iglesia, cada cual según su vocación, son responsables de que avance. Todos, absolutamente todos, son corresponsables en su ámbito y según su estado de vida, de la evangelización.

Los sacerdotes también están implicados en la nueva evangelización, y lo están por una vinculación sacramental única con Jesucristo, la del sacramento del Orden, que los ha configurado con Él. No son los protagonistas, ni los únicos responsables, pero sí son enviados a evangelizar de un modo propio e irrenunciable.

Entendamos bien la raíz sacramental que se halla en el sacerdote por la imposición de las manos del Obispo. Desde ese momento, el presbítero es un enviado, y lo que cualifica su vida es la misión recibida en Cristo, por Cristo.

"Si toda la Iglesia es misionera y si todo cristiano, en virtud del Bautismo y de la Confirmación, quasi ex officio (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1305) recibe el mandato de profesar públicamente la fe, el sacerdocio ministerial, también desde este punto de vista, se distingue ontológicamente, y no sólo en grado, del sacerdocio bautismal, llamado también sacerdocio común. En efecto, del primero es constitutivo el mandato apostólico: "Id a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura" (Mc 16, 15). Como sabemos, este mandato no es un simple encargo encomendado a colaboradores; sus raíces son más profundas y deben buscarse mucho más lejos.

viernes, 12 de junio de 2015

Amar como el Corazón de Cristo (y II)



2. Para amar, conocerse y aceptarse a sí mismo

            Si hay que amar al otro “como a uno mismo” (Lv 19,18; Mt 22,38-39), hay que saber amarse cristianamente a uno mismo: “Estímate en lo que vales” (Eclo 10,28b). Ese amarse a uno mismo no es egoísmo camuflado, sino una medida: nadie quiere el mal para sí mismo, ni pretende hacerse daño a sí mismo si está sano y equilibrado. Por tanto, amarse a uno mismo es bueno, conveniente y necesario para poder amar luego a los demás. Dice el libro de los Proverbios: “El que adquiere cordura se ama a sí mismo, el que sigue la prudencia, hallará dicha” (Prov 19,8).



Cuando uno no quiere bucear en su propia alma, conocerse y reconocer sus propias limitaciones, heridas, fracasos, complejos, miedos... será incapaz de amar. Quien vive fuera de sí mismo no puede ni sabe amar; quien no quiere o niega su interior, no sabe amar; quien no quiere pararse a pensar, a reflexionar sobre sí y aprender de sus errores, pecados y traiciones, no sabe ni puede amar... aunque por fuera parezca agradable, atrayente, simpático, centro de atención de los demás, encantador. Pero... ¡no sabe amar! En el fondo, huye de sí mismo.

            Para amar, hay que amarse a sí mismo, cultivar cristianamente el propio “yo”. Al hecho de ser “yo mismo” se llama autenticidad, la verdad de uno mismo, pues tan sólo desde esta verdad uno es libre para amar: sin caretas, ni máscaras, ni corazas. Y eso cuesta, y es difícil, como difícil es cambiar y entrar en la propia verdad, dejando la mentira de la propia vida, en la que se ha estancado uno durante años: “La verdad os hará libres” (Jn 8,32), también la verdad de uno mismo, iluminado por Cristo.

            Llegar a la verdad del propio yo es un camino de interioridad cristiana (“conocerse como Dios me conoce”, 1Co 13,12), tan marcado en la filosofía y espiritualidad de San Agustín. Algunas de estas tareas serán: