2. Para amar, conocerse y
aceptarse a sí mismo
Si hay que amar al otro “como a uno mismo” (Lv 19,18; Mt
22,38-39), hay que saber amarse cristianamente
a uno mismo: “Estímate en lo que vales”
(Eclo 10,28b). Ese amarse a uno mismo no es egoísmo camuflado, sino una medida:
nadie quiere el mal para sí mismo, ni pretende hacerse daño a sí mismo si está
sano y equilibrado. Por tanto, amarse a uno mismo es bueno, conveniente y
necesario para poder amar luego a los demás. Dice el libro de los Proverbios: “El que adquiere cordura se ama a sí mismo,
el que sigue la prudencia, hallará dicha” (Prov 19,8).

Cuando uno no quiere bucear en su propia
alma, conocerse y reconocer sus propias limitaciones, heridas, fracasos,
complejos, miedos... será incapaz de amar. Quien vive fuera de sí mismo no
puede ni sabe amar; quien no quiere o niega su interior, no sabe amar; quien no
quiere pararse a pensar, a reflexionar sobre sí y aprender de sus errores,
pecados y traiciones, no sabe ni puede amar... aunque por fuera parezca agradable,
atrayente, simpático, centro de atención de los demás, encantador. Pero... ¡no
sabe amar! En el fondo, huye de sí mismo.
Para amar, hay que amarse a sí
mismo, cultivar cristianamente el propio “yo”. Al hecho de ser “yo mismo” se
llama autenticidad, la verdad de uno mismo, pues tan
sólo desde esta verdad uno es
libre para amar: sin caretas, ni máscaras, ni corazas. Y eso cuesta, y es
difícil, como difícil es cambiar y entrar en la propia verdad, dejando la
mentira de la propia vida, en la que se ha estancado uno durante años: “La verdad os hará libres” (Jn 8,32), también
la verdad de uno mismo, iluminado por Cristo.
Llegar a la verdad del propio yo es
un camino de interioridad cristiana (“conocerse como Dios me conoce”, 1Co
13,12), tan marcado en la filosofía y espiritualidad de San Agustín. Algunas de
estas tareas serán: