miércoles, 10 de junio de 2015

Participamos todos en la liturgia: estar sentados


            La postura de estar sentados, juntos, a la vez, es otro modo de participar activamente en la liturgia y es expresión de nuestro interior orante.

            Es una postura relajada, cómoda, que tiende a que podamos recogernos mejor y estar disponibles para una escucha atenta. Favorece el silencio. Sentados también esperamos y aguardamos la salvación que siempre nos viene de Dios, nunca de nosotros mismos.

            Sentados lloraban ante el Señor los hijos de Israel: “los hijos de Israel y todo el pueblo subieron a Betel. Allí lloraron sentados ante el Señor. Aquel día ayunaron hasta el atardecer” (Jue 20,26), “sentados ante Dios” (Jue 21,2).

            Quienes gobiernan (1R 1,46; 22,10; Est 5,1), quienes juzgan, como ancianos (Rut 4,4) o como jueces (Ex 18,13; Jr 26,10; Ez 8,1; Hch 16,15; Mt 27,19; Hch 25,6),  y quienes enseñan están sentados como expresión de su autoridad “en la cátedra de Moisés” (Mt 23,2). Reinar es estar sentado en el trono como señorío y dominio (1R 1,48; 3,6; Prov 20,8).

            Dios mismo está sentado en su trono para juzgar (cf. 1R 22,19; Is 6,1; 40,22; Mt 23,22), “el Señor se sienta como rey eterno” (Sal 28,10), “Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado” (Sal 46) “sentado sobre querubines, vacile la tierra” (Sal 98).

            Jesús será el verdadero Hijo de David, que “se sentará en el trono de David, padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre” (Lc 1,26ss).  Junto al Señor, el Cordero degollado, están sentados los veinticuatro ancianos que reinan junto a Él (Ap 4,4; 11,16). Cristo está sentado a la derecha del Padre (Mc 16,19; Col 3,1): el Señor triunfante (Ap 3,21; 7,10; 21,5). Y vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos: “se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones” (Mt 25,31).

            Para enseñar como maestro y para estar atentos como discípulos, la postura sentada es la más expresiva; en un caso, el del maestro, por autoridad delante de los discípulos; en el otro caso, para escuchar atentamente, dócilmente.

martes, 9 de junio de 2015

Amar como el Corazón de Cristo (I)



            “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado... En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros” (Jn 13,34).


           Como Juan reclinado en el pecho del Señor (Jn 13,25) sintiendo los latidos de su Corazón, y conviviendo con Él, aprendió a amar, fue instruido en el amor verdadero, así nosotros podremos aprender a amar de verdad: en el Corazón de Cristo descubrimos el amor verdadero, la verdad del amor y su entrega.

            Cuando el amor se confunde con un mero sentimiento, entonces no se sabe lo que es el amor, sino la pasión.
            Cuando el amor se confunde e identifica con la satisfacción personal, física o afectiva, sin tener en cuenta al otro, ni buscar el bien ni la felicidad del otro, eso es egoísmo, no amor.
            Cuando el amor se confunde y sueña con una persona “ideal”, pero sin aceptarla y quererla tal cual es, estamos en un amor romántico, fugaz, pasajero.

            O, simplemente, cuando uno vive pensando sólo en uno mismo, en su propio equilibrio, en su propia felicidad, en su propio bienestar, en ir a su aire, sin comprometerse con nada ni nadie, viviendo según los propios instintos y pasiones, incapaz de sacrificarse, incapaz de acoger con el corazón, incapaz de sufrir con nadie o por nadie, o alegrarse con las alegrías de otro, incapaz de molestarse por nadie o tener detalles, incapaz de expresar lo que hay en el corazón... ¡ése es un egoísta! Sólo piensa en sí mismo... y deberá acudir a la escuela del Evangelio, esa escuela que hallamos en el Corazón de Jesús y en el Sagrario: “Venid a mí... aprended de mí, que soy manso y humilde de Corazón” (Mt 11,28-29). Entremos en la escuela del Corazón de Cristo, allí aprenderemos “lo que trasciende toda filosofía, el amor cristiano” (Ef 3,19) y, así pues, “nuestro amor seguirá creciendo más y más en penetración y sensibilidad para apreciar los valores” (Flp 1,9)

            ¡Se puede aprender a amar!
            ¡Se puede vencer el egoísmo, paso a paso!
            ¡Se puede amar, es posible el amor!

            ¿Cuál es su raíz de este Amor para que podamos aprender a amar?

-          Que “Dios es amor” (1Jn 4,8).
-          Que Dios nos ha creado a “su imagen y semejanza” (Gn 1,26), creados para amar.
-          Que Cristo mostró su amor entregando su vida por nosotros: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5,8).
-          Que “Él nos amó primero” (1Jn 4,19), “en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo” (1Jn 4,10).
-          Que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,33).
-          Y que su Amor sigue dándose para que amemos con Cristo y como Cristo, “teniendo los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Flp 2,5).

lunes, 8 de junio de 2015

Pensamientos de san Agustín (XXXII)


San Agustín trató muchas veces en sus escritos, junto al tema del "deseo", el de la felicidad". Todo hombre busca ser feliz, como algo inscrito en su naturaleza creada. ¿Dónde radicará esa felicidad? ¿Dónde podrá encontrarla? ¿Y de qué modos?
"Como el hombre no pudo hacerse a si mismo, tampoco puede hacerse feliz a sí mismo. Una realidad, que no es el mismo hombre, lo hizo hombre; otra realidad, que no es el mismo hombre, lo ha de hacer feliz" (San Agustín, De Doctr. Chr. 6,6)
Que Dios nos ama, es indudable. Pero su amor no es indiferente a cómo somos y cómo estamos. Busca transformarnos y santificarnos y es erróneo querer presentar un amor incondicional de Dios como si le diese igual que fuésemos pecadores o no, etc. Quiere elevarnos a Él y apartar de nosotros lo que es incompatible con su amor.


sábado, 6 de junio de 2015

Espiritualidad de la adoración (III)

Conocer a Cristo y vivir con Cristo, en el seno de la Iglesia, es una gracia y el tesoro mayor de nuestras vidas. La perla escondida era Cristo, el tesoro enterrado en el campo era Cristo, y quien lo ha descubierto sabe que nada es comparado con esta riqueza y lo ordena todo y lo pone todo a disposición para lograr adquirir ese campo, esa perla.

En la adoración eucarística se contempla a Cristo y se goza con su amor. Se ve al Señor, se experimenta su Presencia y entonces uno siente el dolor y la pena de los muchos que aún no gozan de conocer al Señor, de los muchos que aún no se han encontrado con Cristo y que eso es, realmente, lo único que necesitan aunque ni siquiera lo sepan.

Nace un impulso evangelizador en la adoración eucarística. Se mira al Señor y resuena su palabra una y otra vez: "Id y predicad" (Mt 10,7), "id al mundo entero y proclamad el Evangelio" (Mc 16,15), "id y bautizad a todos los pueblos... enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado" (Mt 28,16-20). Esto provoca en el adorador un deseo de evangelización, un deseo profundísimo de que Cristo sea conocido, amado y seguido.

"Queremos ver a Jesús", pedían los griegos a Felipe (Jn 12,21). Ese es el deseo de muchos y su gran sed, aunque no lo sepan y busquen a tientas. Quien adora a Cristo en la Eucaristía experimenta que ese grito sigue siendo actual y pide al Señor por la evangelización, pide por los evangelizadores, pide para que el Evangelio sea predicado y acogido en todas las gentes.

miércoles, 3 de junio de 2015

Estáis ungidos por el Santo

"En cuanto a vosotros estáis ungidos por el Santo..." afirma la 1Jn 2,20.

Mediante el santo Crisma, el Espíritu Santo nos selló, nos marcó, habitó en nosotros, y ofrece una asistencia continua para convencernos del pecado y llevarnos a la verdad plena, recordando las palabras de Jesús en el propio corazón.

Su Unción nos consagra a Dios, sí, pero esta Unción es vital, está viva, y así el Espíritu se convierte en el Maestro interior que nos enseña, nos educa, nos instruye, nos sugiere.

La Unción que hemos recibido mediante el santo Crisma es el Espíritu Santo mismo.