martes, 8 de octubre de 2013

Lo santo incluye lo humano

La santidad pasa por lo humano. Mejor, lo incluye y lo eleva.

Es la Gracia plenificando lo humano sin destruirlo, sino purificándolo.

Es la acción de Dios que cuenta realmente con nuestra humanidad. Por eso los santos son tan diversos entre sí, por sensibilidad, afectividad, inteligencia, carácter. Son estrellas distintas en el firmamento divino, y cada uno refleja de manera distinta la Luz del Sol, que es Cristo.


Se podría decir aún más: Dios quiere a cada santo tal cual es, y pone a su servicio los recursos humanos de cada cual para las tareas que mejor se adaptan a ellos. Nada es en serie para Dios: todas sus obras, todos sus santos, son originales, precisamente porque cuenta con la humanidad concreta de cada uno (temperamento, tendencias, aficiones...)
"Éstos son los medios que Dios ha previsto para hacer de un pecador un santo: lo toma tal como es y lo usa contra él mismo; convierte sus afectos en otro canal y apaga un amor carnal infundiéndole una caridad celestial. No lo toma por una criatura irracional guiada por instintos y gobernada por estímulos externos, sin voluntad propia... El triunfo de su gracia consiste en esto, en que entra en el corazón del hombre, lo convence y se lo gana transformándolo. Dios respeta totalmente la estructura original del espíritu que le ha dado al hombre; lo trata como hombre; le deja la libertad de elegir tal o cual manera de actuar; apela a todas sus facultades, a su razón, a su prudencia, a su sentido moral, a su conciencia... Pero, al final, el principio animador de la nueva vida, lo que la da a luz y la sostiene, es la llama de la caridad" (Newman, Mix 4, 71-72).

domingo, 6 de octubre de 2013

La materia traspasada por el Espíritu

La resurrección del Señor da inicio a un movimiento de transformación de todas las cosas. Su Espíritu Santo, que vivificó la carne muerta de Jesús en el sepulcro, resucitándola, renueva y renovará el universo entero. Entonces la materia será traspasada por el Espíritu Santo, dicho técnicamente, "materia pneumatizada".


El primer momento, grandioso, en que la materia fue traspasada por el Espíritu Santo y convertida en algo espiritual, pneumático, fue el Cuerpo glorificado de nuestro Señor.

El segundo momento, grandioso a la par que humilde, es la santísima Eucaristía, en la cual el Espíritu Santo transforma la materia del pan y del vino y la llena de Sí para convertirlas en Cristo mismo. entonces la Eucaristía es comida y bebida espiritual, el Cuerpo y la Sangre del Señor espirituales, es decir, no de modo subjetivo o intimista, simbólico, sino "espiritual" en sentido real, propio del Espíritu Santo.

viernes, 4 de octubre de 2013

De egoístas, egocéntricos y del amor de verdad



            El verdadero amor, la caridad, no conoce el egocentrismo, ha expulsado el egoísmo. Vive de otro modo –más humano, más divino- que es darse, donarse, implicarse, sin cálculos, sin límites, sin cansancios, sin agobios; capaz de ponerse en lugar del otro, sin miedo ni al encuentro ni a la responsabilidad.


            Así el amor no conoce el egoísmo; el egocéntrico posee un amor inmaduro, adolescente. Le falta un gran trecho por recorrer hasta llegar a amar realmente. 


           Sea ésta una lección sobre la caridad que eduque para derribar el egoísmo, con palabras de Juan Pablo II:

             “El amor se adquiere en la fatiga espiritual.


            El amor crece en nosotros y se desarrolla también entre las contradicciones, entre las resistencias que se le oponen desde el interior de cada uno de nosotros, y a la vez “desde fuera”, esto es, entre las múltiples fuerzas que le son extrañas e incluso hostiles.

jueves, 3 de octubre de 2013

Dificultades del apostolado (IX)


Los propios cristianos que nos rodean pueden ser tentación y dificultad para el apostolado evangelizador. "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6,67). Los que rodeaban a Jesús, los cercanos e íntimos lo abandonan porque su discurso es difícil y duro. De entre los suyos, sus amigos y confidentes, Judas se convirtió en traidor, aquél que compartía su pan (Sal 40,10).

    Son los mismos hermanos de la comunidad (de la parroquia, del grupo) los que hacen desistir y ponen trabas, en muchas ocasiones, a la difícil tarea de evangelizar, a veces con absurdos tales como usar el pretexto de "siempre se ha hecho así", "éste viene para cambiarlo todo", "la gente se está riendo de ti", "¿Tú quién te has creído que eres?". Es la experiencia de estar cercano sin haber entrado. O también el rechazo justificando que "¡qué exagerado! ¡Dios no pide tanto!", al verse denunciados por la vitalidad y celo de alguien entregado al apostolado. En su mediocridad, ni hacen nada, ni se quieren dejar interpelar por nada, y tampoco permiten que nadie pueda sentirse interpelado y ponerse en camino. 

Para éstos está clara su situación, la de conocer a Jesucristo como mero dato informativo, pero sin una vinculación existencial seria. Los protagonismos, envidias e hipocresías que, encerradas en el seno de la misma comunidad cristiana dificultan e impiden el germen evangelizador del apostolado. Solos. 

El verdadero apóstol tiene que pasar por la experiencia, en algún determinado momento, de la soledad. Ni los que parecen compartir las mismas inquietudes lo apoyan, respaldan, valoran.

    En el seno de la comunidad cristiana surgen divergencias y divisiones que debilitan el afán misionero y el celo apostólico. Cuando por formas o métodos pastorales se altera la rutina adquirida y las costumbres establecidas de antaño, siempre se alzan voces, muchas veces desde la ignorancia, que apagan todo ímpetu y celo y desaniman. "Te pedimos Señor por los que han consagrado su vida al servicio de los hombres, que nunca se dejen vencer por el desánimo ante la incomprensión de los hombres": así reza la Liturgia de las Horas por aquellos que son incomprendidos en su recto y justo quehacer.

martes, 1 de octubre de 2013

Santidad, ¡santos!

Estando en medio del mundo, dentro del mundo, con deseos de Dios, y sintiéndonos extraños, muchas veces fuera de lugar, hemos de tener claro quiénes somos y a qué somos llamados.

¡Sabemos cuál es la respuesta! ¡Ser santos!

Pero, ¿qué santidad? ¿De qué hablamos?


De aquella santidad cristiana que es obra de la Gracia, de aquella santidad cristiana que reproduce la imagen de Cristo, de esa santidad, hermosa, atrayente, que consiste en la obra del Espíritu Santo.

Así Dios actúa en todos, y todos, en medio del mundo, vivimos el drama y la tensión de estar en el mundo pero no ser del mundo, sabiendo que "lo nuestro" es algo mejor, más hermoso y bello, más maravilloso.

Los santos así modelados son luces de esperanza en el mundo y en la sociedad. Antes de cualquier compromiso con el mundo, incluso apostólico, antes de cualquier otra cosa, habremos de tener presente la realidad constitutiva de nuestro ser cristiano, la meta última a la que estamos destinados, la vocación sublime de la santidad, y sobre todo, sobre todo, la Gracia trabajándonos, dándonos forma (la forma de Cristo), con una variedad infinita de colores, matices, vocaciones, carismas.