La santidad pasa por lo humano. Mejor, lo incluye y lo eleva.
Es la Gracia plenificando lo humano sin destruirlo, sino purificándolo.
Es la acción de Dios que cuenta realmente con nuestra humanidad. Por eso los santos son tan diversos entre sí, por sensibilidad, afectividad, inteligencia, carácter. Son estrellas distintas en el firmamento divino, y cada uno refleja de manera distinta la Luz del Sol, que es Cristo.
Se podría decir aún más: Dios quiere a cada santo tal cual es, y pone a su servicio los recursos humanos de cada cual para las tareas que mejor se adaptan a ellos. Nada es en serie para Dios: todas sus obras, todos sus santos, son originales, precisamente porque cuenta con la humanidad concreta de cada uno (temperamento, tendencias, aficiones...)
"Éstos son los medios que Dios ha previsto para hacer de un pecador un santo: lo toma tal como es y lo usa contra él mismo; convierte sus afectos en otro canal y apaga un amor carnal infundiéndole una caridad celestial. No lo toma por una criatura irracional guiada por instintos y gobernada por estímulos externos, sin voluntad propia... El triunfo de su gracia consiste en esto, en que entra en el corazón del hombre, lo convence y se lo gana transformándolo. Dios respeta totalmente la estructura original del espíritu que le ha dado al hombre; lo trata como hombre; le deja la libertad de elegir tal o cual manera de actuar; apela a todas sus facultades, a su razón, a su prudencia, a su sentido moral, a su conciencia... Pero, al final, el principio animador de la nueva vida, lo que la da a luz y la sostiene, es la llama de la caridad" (Newman, Mix 4, 71-72).

