domingo, 15 de noviembre de 2015

El salmo 78



                 Vamos con el salmo 78, el salmo que la liturgia canta hoy. Es el salmo donde se canta un canto de lamentación, que son lágrimas, sobre la deportación, el destierro. Ha llegado el pueblo de Babilonia, muy propio de aquellos tiempos, el pueblo que tenga el ejército más fuerte arrasa al pueblo más cercano y tiene que pagar tributo y quedarse con su riqueza. Hasta ahí nada de extraordinario, lo normal en la política y en la historia. Han llegado, han arrasado Jerusalén, han derruido el Templo, se han llevado a los nobles, a los ricos y terratenientes y a los sacerdotes desterrados a Babilonia, y han dejado a las mujeres, a los niños, y pocos campesinos. Israel queda destrozado. 

              El salmista, con este salmo 78, reza así:


 Dios mío, los gentiles han entrado en tu heredad,
han profanado tu santo templo,
han reducido Jerusalén a ruinas.

Echaron los cadáveres de tus siervos
en pasto a las aves del cielo,
y la carne de tus fieles
a las fieras de la tierra.

Derramaron su sangre como agua
en torno a Jerusalén,
y nadie la enterraba.

Fuimos el escarnio de nuestros vecinos,
la irrisión y la burla de los que nos rodean.

¿Hasta cuándo, Señor?
¿Vas a estar siempre enojado?
¿Arderá como fuego tu cólera?

No recuerdes contra nosotros
las culpas de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados.

Socórrenos, Dios, Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre.

¿Por qué han de decir los gentiles:
"dónde está su Dios"?
Que a nuestra vista conozcan los gentiles la venganza
de la sangre de tus siervos derramada.

Llegue a tu presencia el gemido del cautivo:
con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte.

Mientras, nosotros, pueblo tuyo,
ovejas de tu rebaño,
te daremos gracias siempre,
cantaremos tus alabanzas
de generación en generación



               En ese contexto, el salmista ora, pero en nuestra clave cristiana y litúrgica, el salmo tiene una aplicación clara: reemplazamos “Jerusalén” por “Iglesia” y hallamos la plegaria de la Iglesia. 

              “Dios mío los gentiles han entrado en tu heredad”. Israel era la heredad de Dios. “Los gentiles han entrado en tu heredad, han profanado tu santo templo, han reducido Jerusalén a ruinas”, han reducido la Iglesia a ruinas. “Echaron los cadáveres de tus siervos en pasto a las aves del cielo y la carne de tus fieles a las fieras de la tierra”. Han arrasado con todo. 

            Además, no han tenido ni la más mínima caridad, y no han enterrado a los muertos, sin compasión, para que se los coman las fieras. “Derramaron su sangre como agua”, ¡como agua!, ¡qué cantidad de gente no matarían! “Derramaron su sangre como agua en torno a Jerusalén y nadie la enterraba”, cuando la sangre es la vida para el pueblo de Israel, es casi el alma. Su sangre como agua y nadie la enterraba. “Fuimos el escarnio de nuestros vecinos”, de los pueblos de alrededor, “la irrisión y la burla de quienes nos rodean”.

           Situación también de la Iglesia en muchas épocas históricas. La Iglesia ha sido arrasada muchas veces; arrasada, por ejemplo, en tiempos de San Atanasio, patriarca de Alejandría, en Egipto, desterrado cinco veces por proclamar la fe, teniendo que salir de su tierra. Y las persecuciones. Y vamos avanzando por la historia. En la Edad Media, los cismas, las divisiones... y se sigue haciendo daño a la Iglesia, tanto por los gentiles, es decir, por los que no están en la Iglesia y la atacan, como por los que están dentro y son lobos con piel de corderos, los árboles que son malos y se conocen por sus frutos malos, ya que “por sus frutos los conoceréis”. ¡Cuánto daño, Señor, a la Iglesia!

                Por eso se suplica en el salmo: “¿Hasta cuándo Señor? ¿Vas a estar siempre enojado? ¿Arderá como un fuego tu cólera?” ¿Siempre vamos a estar sufriendo en la Iglesia la imposición de unos sobre otros, la estrechez de miras, el desgobierno, la crucifixión de unos a los otros, hasta cuándo Señor?  

                “No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres. Que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados”. Una Iglesia agotada sería la que funciona casi como una máquina de hacer cosas, pero que no siempre se tiene en cuenta lo concreto de las personas, lo humano, sino como máquinas que tienen que tapar huecos y realizar una función...

                Hagamos, pues, en nombre de la Iglesia, tan grande, tan rica, tan amplia, tan diferente, tan variada, esta súplica que hoy nos ofrece el salmo en situación de tribulación y pobreza.

2 comentarios:

  1. Estoy totalmente de acuerdo con la entrada ¡¡¡Recemos por la Iglesia!!!

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    1. AMiga mía:

      ¡¡Recemos y mucho por la Iglesia!! Hace falta.

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