La Eucaristía es la culminación de todos los Sacramentos, y a todos los
contiene, porque lleva a una perfección suma: la Comunión con el Dios
Trinidad, esto es, nos elevamos a Dios por el Sacrificio pascual de Cristo, por
obra del Espíritu Santo, o dicho con la doxología de la plegaria eucarística:
“Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria”. La Eucaristía nos
introduce en ese misterio de Comunión que es el corazón de Dios.
Esta comunión con Dios en Cristo es,
pues, requisito imprescindible para la otra comunión, la eclesial, con los
hermanos, en la solidaridad de un solo Cuerpo y un solo Espíritu. ¡Querer
recibir al Señor!, ese es el anhelo constante para vivir unidos los hermanos
formando un solo Cuerpo.
De ese necesidad de comunión nace la práctica laudable
de la comunión espiritual –renovando la comunión recibida a lo largo del día, o
deseándola hasta poder celebrar la
Misa, o renovando la última comunión hasta el día en que se
pueda celebrar la
Eucaristía-. Dice el papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia:
Precisamente por eso, es
conveniente cultivar en el ánimo el deseo
constante del Sacramento eucarístico. De aquí ha nacido la práctica de la
“comunión espiritual”, felizmente
difundida desde hace siglos en la
Iglesia y recomendada por Santos maestros de vida espiritual.
Santa Teresa de Jesús escribió: “Cuando [...] no comulgáredes y oyéredes misa,
podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho [...], que es
mucho lo que se imprime el amor ansí deste Señor” (EE 34).
Es más que un simple ejercicio
devocional, sino que actualiza los efectos espirituales de la última comunión
sacramental y permite vivir en constante unidad con el Señor.
Sin comunión eclesial, es decir, sin
una profunda comunión con toda la
Iglesia, en un sentir Iglesia verdadero y recto, desfiguramos
el sentido de la comunión sacramental, como si fuera un asunto privado entre
Dios y el alma. Comulgar el Cuerpo de Cristo Sacramento es construir, edificar,
plantar y amar el Cuerpo Místico del Señor que es su Iglesia, y sin verdadero
amor a la Iglesia
–Cuerpo del Resucitado- la comunión queda privada de sentido. San Pablo era más
severo en 1Co 10-11, al hablar de este tema y planteaba que el que come el cuerpo del Señor sin discernir come
y bebe su propia condenación.
El binomio Cuerpo Místico-Cuerpo
Sacramental lo presenta San Agustín en uno de sus maravillosos sermones donde
matiza perfectamente las mutuas implicaciones entre Comunión eucarística y
Comunión eclesial:
Si quieres entender el cuerpo de
Cristo, escucha al Apóstol, que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. En consecuencia,
si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y
recibís el misterio que sois vosotros. A lo que sois respondéis con el Amén, y con vuestra respuesta lo
rubricáis. Se te dice: “El cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro
del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el Amén... Lo mismo ha de decirse del vino. Recordad, hermanos, cómo
se hace el vino. Son muchas las uvas que penden del racimo, pero el zumo de las
mismas se mezcla, formando un solo vino. Así también nos simbolizó a nosotros
Cristo el Señor; quiso que nosotros perteneciéramos a él, y consagró en su mesa
el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y
no posee el vínculo de la paz, no recibe un misterio para provecho propio, sino
un testimonio contra sí (Serm. 272).
¿Qué es entonces la comunión? Y,
sobre todo, ahora que tanto se trata y habla de “eclesiología de comunión”, “la
comunión como prioridad pastoral”, ¿a qué se refiere? ¿A multiplicar reuniones,
encuentros y Congresos? ¿No estaremos más bien reunidos que unidos? ¿Qué es,
pues, este concepto clave?
El evangelista Juan nos invita a
calar en profundidad y nos lleva a descubrir el misterio de la viña. Ella es el símbolo y la figura, no sólo del
Pueblo de Dios, sino de Jesús mismo. Él
es la vid y nosotros, sus discípulos, somos los sarmientos; Él es la «vid
verdadera» a la que los sarmientos están vitalmente unidos (cf. Jn 15,1ss).
El Concilio Vaticano II, haciendo
referencia a las diversas imágenes bíblicas que iluminan el misterio de la Iglesia, vuelve a
presentar la imagen de la vid y de los sarmientos: «Cristo es la verdadera vid,
que comunica vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros, que
permanecemos en Él por medio de la
Iglesia, y sin Él nada podemos hacer (Jn 15,1-5)». La
Iglesia misma es, por tanto, la viña evangélica. Es misterio porque el amor y la vida del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son el don absolutamente gratuito que se
ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. Jn 3,5), llamados a revivir la misma comunión de Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia (misión): «Aquel día —dice Jesús—
comprenderéis que Yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn
14,20) (Christifideles laici, nº 9).
La comunión de los cristianos con Jesús tiene como
modelo, fuente y meta la misma comunión del Hijo con el Padre en el don del
Espíritu Santo: los cristianos se unen al Padre al unirse al Hijo en el vínculo
amoroso del Espíritu.
Jesús continúa: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» (Jn
15,5). La comunión de los cristianos entre sí nace de su comunión con Cristo:
todos somos sarmientos de la única Vid, que es Cristo. El Señor Jesús nos
indica que esta comunión fraterna es el reflejo maravilloso y la misteriosa
participación en la vida íntima de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Por ella Jesús pide: «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que
ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has
enviado» (Jn 17,21).
Esta
comunión es el mismo misterio de la
Iglesia, como lo recuerda
el Concilio Vaticano II, con la célebre expresión de San Cipriano: «La Iglesia universal se
presenta como "un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo"». Al inicio de la celebración eucarística, cuando el
sacerdote nos acoge con el saludo del apóstol Pablo: «La gracia de nuestro
Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con
todos vosotros» (2Co 13,13), se nos recuerda habitualmente este misterio de la Iglesia-Comunión
(Christifideles Laici, 18).
De todo esto brota un nombre
técnico, “eclesiología de comunión”, es decir un modo de comprenderse la Iglesia a sí misma,
radicalmente profundo, que nada tiene que ver con convertir la Iglesia en una sociedad
meramente humana o de consenso:
Es ésta la idea central [la
eclesiología de comunión] que, en el Concilio Vaticano II, la Iglesia ha vuelto a
proponer de sí misma. Nos lo ha recordado el Sínodo extraordinario de 1985,
celebrado a los veinte años del evento conciliar: «La eclesiología de comunión
es la idea central y fundamental de los documentos del Concilio. La koinonia-comunión, fundada en la Sagrada Escritura,
ha sido muy apreciada en la
Iglesia antigua, y en las Iglesias orientales hasta nuestros
días. Por esto el Concilio Vaticano II ha realizado un gran esfuerzo para que la Iglesia en cuanto comunión
fuese comprendida con mayor claridad y concretamente traducida en la vida
práctica. ¿Qué significa la compleja palabra "comunión"? Se trata
fundamentalmente de la comunión con Dios por medio de Jesucristo, en el
Espíritu Santo. Esta comunión tiene lugar en la palabra de Dios y en los
sacramentos. El Bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión en la Iglesia. La Eucaristía
es fuente y culmen de toda la vida cristiana (cf. Lumen gentium, 11). La
comunión del cuerpo eucarístico de Cristo significa y produce, es decir
edifica, la íntima comunión de todos los fieles en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia (cf. 1Co 10,16s)».
Poco después del Concilio, Pablo
VI se dirigía a los fieles con estas palabras: «La Iglesia es una comunión.
¿Qué quiere decir en este caso comunión? Nos os remitimos al parágrafo del
catecismo que habla sobre la sanctorum
communionem, la comunión de los santos. Iglesia quiere decir comunión de
los santos. Y comunión de los santos quiere decir una doble participación
vital: la incorporación de los cristianos a la vida de Cristo, y la circulación
de una idéntica caridad en todos los fieles, en este y en el otro mundo. Unión
a Cristo y en Cristo; y unión entre los cristianos dentro la Iglesia».
Las imágenes bíblicas con las que
el Concilio ha querido introducirnos en la contemplación del misterio de la Iglesia, iluminan la realidad
de la
Iglesia-Comunión en su inseparable dimensión de comunión de
los cristianos con Cristo, y de comunión de los cristianos entre sí. Son las
imágenes del ovil, de la grey, de la vid, del edificio espiritual, de la ciudad
santa. Sobre todo es la imagen del cuerpo
tal y como la presenta el apóstol Pablo, cuya doctrina reverbera fresca y
atrayente en numerosas páginas del Concilio. Éste, a su vez, inicia
considerando la entera historia de la salvación, y vuelve a presentar la Iglesia como Pueblo de Dios: «Ha querido Dios
santificar y salvar a los hombres no individualmente y sin ninguna relación
entre ellos, sino constituyendo con ellos un pueblo que lo reconociese en la
verdad y le sirviera santamente». Ya en sus primeras líneas, la constitución Lumen gentium compendia maravillosamente
esta doctrina diciendo: «La
Iglesia es en Cristo como un sacramento, es decir, signo e
instrumento de la íntima unión del hombre con Dios y de la unidad de todo el
género humano».
La
realidad de la
Iglesia-Comunión es
entonces parte integrante, más aún, representa el contenido central del «misterio» o sea del designio divino de
salvación de la humanidad. Por esto la comunión eclesial no puede ser captada
adecuadamente cuando se la entiende como una simple realidad sociológica y
psicológica. La
Iglesia-Comunión es el pueblo «nuevo», el pueblo «mesiánico»,
el pueblo que «tiene a Cristo por Cabeza (...) como condición la dignidad y
libertad de los hijos de Dios (...) por ley el nuevo precepto de amar como el
mismo Cristo nos ha amado (...) por fin el Reino de Dios (...) (y es)
constituido por Cristo en comunión de vida, de caridad y de verdad». Los
vínculos que unen a los miembros del nuevo Pueblo entre sí —y antes aún, con
Cristo— no son aquellos de la «carne» y de la «sangre», sino aquellos del
espíritu; más precisamente, aquellos del Espíritu Santo, que reciben todos los
bautizados (cf. Jl 3,1).
En efecto, aquel Espíritu que
desde la eternidad abraza la única e indivisa Trinidad, aquel Espíritu que «en
la plenitud de los tiempos» (Ga 4,4)
unió indisolublemente la carne humana al Hijo de Dios, aquel mismo e idéntico
Espíritu es, a lo largo de todas las generaciones cristianas, el inagotable
manantial del que brota sin cesar la comunión en la Iglesia y de la Iglesia (Christifideles
Laici, 19).
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