Sabemos, y lo hemos experimentado, que la vida de oración atraviesa por fases o etapas en su crecimiento. Es natural.
Desde los primeros grados de purificación-iluminación-unión, o de principiantes-proficientes-perfectos, hasta un análisis más pormenorizado del progreso en la vida interior que desarrolla Santa Teresa en el libro de la Vida (las cuatro formas de coger el agua y regar, cap. 11-21) o las siete moradas del Castillo interior, con muchas estancias arriba y abajo, de manera que cada uno recorre su peculiar camino que sólo es comparable con el de otro a grandes rasgos o etapas.
Normalmente, se comienza la vida de oración por medio de oraciones vocales, y sólo por oraciones vocales, hasta avanzar y descubrir la meditación, en que un libro o una representación nos ayuda a considerar las verdades cristianas, ahondar en ellas, asimilarlas vitalmente, hasta pasar a una oración más interior, de trato de amistad con Cristo, diálogo y adoración...
Desde luego, y para todos, se requiere una "determinada determinación", es decir, emprender el camino de la oración con una firme decisión y jamás detenerse ni salirse del camino.
La teología de la oración, que en definitiva es una teología de la gracia y de la libertad, de la revelación y de la obediencia, se desarrolla en etapas que evolucionan casi sin darnos cuenta, y hemos de estar atentos a los signos que el Espíritu Santo nos va dando en la oración, para no aferrarnos a "ningún método" ni "fórmula", sino dejarnos guiar.