jueves, 14 de mayo de 2020

Liturgia, fe, teología (formación litúrgica)



Para conocer la liturgia, incluso para decir que se sabe de liturgia, hay que conocer bien su teología, alcanzar una visión panorámica, una perspectiva completa. De verdad, es urgente que desterremos la idea de que conocer la liturgia es escribir o leer unas moniciones o inventar un ofertorio lleno de “ofrendas simbólicas”[1]… o que saber de liturgia es conocer únicamente rúbricas, sin saber ni su sentido, ni su historia, ni el porqué.



            1. Hay que ir más allá, más adentro de la liturgia. A la hora de plantear, por ejemplo, la asignatura de Liturgia, o un plan de formación en catequesis de adultos, o un Curso formativo, etc., lo primero es ahondar en la teología de la liturgia. Eso evitará muchos despropósitos después… y los despropósitos que padecemos no son sino resultado de esa crasa ignorancia.

            Los documentos de la Iglesia, al abordar el estudio de la liturgia, señalan como primer punto la teología de la liturgia. Ya sabemos que el Concilio Vaticano II señaló esta asignatura de liturgia “entre las materias principales, y debe ser enseñada ya bajo el aspecto teológico e histórico, ya bajo el aspecto espiritual, pastoral y jurídico” (SC 16).

            El aspecto teológico de la liturgia debe conducir a “mostrar la estrecha relación existente entre la liturgia y la doctrina de la fe; esta relación debe ser puesta de relieve en la enseñanza”[2].

            2. La liturgia, en sus textos así como en sus ritos, en sus acciones sacramentales, en todo, refleja perfectamente lo que la Iglesia cree, ¡la fe de la Iglesia!, por ello muchos cambios que aquí o allí cada cual se permite introducir, desfigura la fe de la Iglesia, o la vuelve opaca, o no la deja brillar en su plenitud.

            Los textos litúrgicos, todos, aprobados por la Iglesia antes de su edición oficial, expresan, profesan, proclaman, la fe de la Iglesia. Quien los asimile, día a día, año litúrgico tras otro, bebe de la mejor fuente el espíritu cristiano y es educado por la Iglesia en la escuela de la liturgia: ¡no hay mejor catequesis, mejor enseñanza! Recordemos una frase muy repetida entre los ortodoxos: “El coro de nuestras iglesias es una cátedra de teología”, por sus textos, himnos, troparios, antífonas… Una teología hecha oración, canto, plegaria, en el marco de la liturgia.

domingo, 10 de mayo de 2020

Aleluya - I (Respuestas - XII)



1. El Aleluya en las Escrituras

            Aleluya es el canto de los redimidos, Aleluya es la alegría del corazón ante el Señor.

            Con unas pocas sílabas se contiene y se manifiesta júbilo, gozo, alegría, fe, exultación. Es palabra hebrea que la liturgia ha mantenido en su lengua original sin traducirla, como también ha hecho con “Amén” y con “Hosanna”.



            Aleluya se considera una palabra sagrada. Se prefirió mantenerla en su lengua original. San Agustín así lo explica: “hay palabras que por su autoridad más santa, aunque en rigor pudieran ser traducidas, siguen pronunciándose como en la antigüedad, tales como son el Amén y el Aleluya” (De doc. chr., 11). El gran Padre hispano, san Isidoro de Sevilla, también explica porqué no se tradujo:

“No es en manera alguna lícito ni a griegos ni a latinos ni a bárbaros traducir en su propia lengua, ni pronunciar en otra cualquiera, las palabras Amén y Aleluya… Tan sagradas son estas palabras, que el mismo san Juan dice en el Apocalipsis que, por revelación del Espíritu Santo, vio y oyó la voz del ejército celestial como la voz de inmensas aguas y de ensordecedores truenos que decían: Amén y Aleluya. Y por eso deben pronunciarse en la tierra como resuenan en el cielo” (Etim. VI, 19).

            Otro testimonio más, en este caso, de san Beda el Venerable: “Este himno de divina alabanza, por reverencia a la antigua autoridad, es cantado por todos los fieles en todo el mundo con una palabra hebrea” (Hom. in Dom. post Asc., PL 94,185).

viernes, 8 de mayo de 2020

Acudir al Sagrario


El corazón debe descubrir al Señor en el Sagrario. Hay una mirada de fe que siente interiormente a Cristo en el Sagrario. Pocos lugares más apropiados y acogedores para sentir y gozar su Presencia y entregarnos a Él, para orar y meditar, que el Sagrario. Un objetivo importante lo trazó Juan Pablo II en la Carta Apostólica Mane nobiscum Domine: 


“La presencia de Jesús en el sagrario ha de constituir un polo de atracción para un número cada vez mayor de almas enamoradas de él, capaces de permanecer largo rato escuchando su voz y casi sintiendo los latidos de su corazón: “¡Gustad y ved qué bueno es el Señor!”” (n. 18).

No pases delante de una iglesia abierta sin pararte unos minutos ante el Señor en el Sagrario. Él te espera, manso y humilde de corazón, para compartir tus cargas y tus cansancios.

Espiritualmente, hace mucho bien al alma detenerse unos instantes ante el sagrario y hacer una visita, es un “breve encuentro con Cristo, motivado por la fe en su presencia y caracterizado por la oración silenciosa” (Directorio Liturgia y piedad popular, n. 165). 

Al encontrarse con Cristo en el Sagrario para una breve visita o hacer un rato amplio de oración, se puede gozar de la comunión espiritual con el mismo Cristo Resucitado. El Magisterio de la Iglesia enseña que “al detenerse junto a Cristo Señor, disfruten en íntima familiaridad, y ante Él abren su corazón rogando por ellos y por sus seres queridos y rezan por la paz y la salvación del mundo” (Instrucción Eucharisticum Mysterium, n. 50).

Sería una tremenda ingratitud olvidar al Señor en el Sagrario, no hacer la genuflexión al pasar delante de él y saludarlo, no visitarlo, ni estar con él, y centrar nuestra atención en las imágenes. No consintamos ese desprecio al Señor; no dejemos ni convirtamos nuestro sagrario en un sagrario abandonado. Él se hace Compañero nuestro en el Sagrario: disfrutemos de su Compañía real y sacramental.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Pobreza evangélica y sencillez (santidad)




“Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,3). “Sencillos como palomas...” (Mt 10,16).

“[Los santos son] testigos... radicales de Cristo” (JUAN PABLO II, Meditación en las Grutas vaticanas, 15-marzo-1994).

“La serenidad interior [es] típica de los santos, debida a su fe absoluta en Dios y en su providencia” (JUAN PABLO II, Discurso a los peregrinos asistentes a unas beatificaciones, 8-octubre-2001).




  
              Una característica de la santidad que encontramos en los santos es la pobreza evangélica y la sencillez. La pobreza evangélica manifestada en el desprendimiento y donación de todo lo que tenían, para vivir de la Providencia. “Nadie puede servir a dos señores... no podéis servir a Dios y al dinero”. 

La pobreza evangélica es poner la vida en las manos de Dios sabiendo que con el Señor nada nos puede faltar; que los bienes de la tierra no dan la felicidad y que el dinero no es, en modo alguno, nuestra salvación. “Bajan derechos a la tumba, se desvanece su figura y el abismo es su casa”, dice el salmo 48 de los que ponen su confianza en el dinero. 

Por otro lado, en todos los santos, esta pobreza evangélica permite que la santidad se convierta en sencillez y en limpieza de corazón. Creyeron que el Evangelio era posible vivirlo, vivirlo tal cual, vivirlo en cada una de las frases que están escritas. Lo creyeron y lo consiguieron. 

lunes, 4 de mayo de 2020

¿La vida cristiana es alegre o triste?

La pregunta es fundamental: la vida cristiana, ¿es alegre o triste?

Por su propia naturaleza, ¿es alegría o es una carga pesada y angustiosa?

Por nuestra forma de presentarla, ¿es alegre y atrayente o un fardo pesado?


Quien nos ve desde fuera, ¿ve rostros alegres y felices?

Además, ¿de qué alegría se trata? ¿Del bullicio, del optimismo ingenuo, del chiste fácil?

¿Cómo es entonces la vida cristiana? ¿Posee atractivo y felicidad para el corazón?

Enseñaba Pablo VI:



“¿La vida cristiana es alegre o triste? Cuestión elemental, pero fundamental. Y para nosotros que estamos habituados a clasificar el mérito de las cosas según una valoración subjetiva, es decir, utilitaria, la cuestión puede decirse decisiva. Es decir, ¿ser cristianos nos hace felices, o bien nos impone límites, deberes, cargas que vuelven triste e infeliz a la vida, o menos feliz, menos plena que aquella que no se califica de cristiana?

            …Podríamos mencionar, en este punto, la tendencia de cierta pedagogía moderna, que intenta justificar este estilo instintivo de vida, como el más lógico y de veras el más feliz: abolir los deberes, los frenos, los límites y dar libertad, expansión, satisfacción a los instintos y a los intereses subjetivos sería la fórmula liberadora para el hombre moderno, el rescate de tantos tabúes de la educación tradicional y puritana de tiempos ya superados; a condición de que se salven las normas de la higiene (¡y en ocasiones ni siquiera éstas!), y las de un cierto comportamiento social, todas las demás estructuras éticas y espirituales sólo sirven para hacer infeliz la vida. Vuelve en auge triunfante el naturalismo inocentista de tiempos pasados con sus expresiones epicúreas, o con sus apologías del primado de la vida hedonista, física y pagana. ¿Qué sería la felicidad? Está claro que la concepción cristiana de la vida se opone claramente, profundamente a tal género de felicidad. Digamos por ahora todo con una palabra: el punto de apoyo de la vida cristiana es la cruz. Escándalo y necedad se considera la cruz para el mundo no cristiano, pero para nosotros, nos enseña san Pablo desde la primera confrontación de su mensaje con el mundo circundante, Cristo crucificado es poder de Dios, es sabiduría de Dios (cf. 1Co 1,23ss).

sábado, 2 de mayo de 2020

La nupcialidad de los consagrados



La Iglesia afirma con claridad que la existencia de las contemplativas tienen una vida y una misión; en cuanto a su vida, es un estilo propio, definido por la esponsalidad con Cristo, la santidad de vida, la entrega a la alabanza y a la oración; la misión, fecundar, misteriosamente, la santidad de la Iglesia, la predicación evangélica. Su misión, es, en el sentido que ya hemos contemplado, reparadora; la monja, despreocupada de sí, negándose a sí misma, vive para la Iglesia, poniendo amor en la Iglesia, reparando con sus penitencias, orando e intercediendo constantemente ante Dios. 



Esa es su misión primordial, reafirmada en todos los documentos eclesiales referidos a la vida contemplativa; por ejemplo, Juan Pablo II, habla así de los institutos contemplativos:

            Son para la Iglesia un motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales. Con su vida y su misión, sus miembros imitan a Cristo orando en el monte, testimonian el señorío de Dios sobre la historia y anticipan la gloria futura.
            En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del pueblo de Dios (Vita consecrata, 8).

            Las monjas de clausura viven y anticipan los desposorios de Cristo con la Iglesia, pudiendo decir, en esta pertenencia, “mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado” (Cant 2,16). Ellas participan ya de este misterio nupcial, lo prefiguran, lo contienen en sus vidas, lo anuncian a los hombres. 

domingo, 26 de abril de 2020

Formación para la liturgia (I)



Entre las tareas necesarias, ya sea en retiros, ya sea en predicaciones, ya sea en catequesis, ya sea incluso en artículos (Internet, boletines de formación, etc.), está la formación para la liturgia o la formación litúrgica de todos. Pero, ¿tan importante es? ¿De verdad es tan importante? ¡Sí! Y muchos males nos vienen hoy de la escasísima formación en liturgia que se adolece por todas partes.


            1. Más aún, hoy vemos que muchos, muchísimos, casi todos, se creen expertos en liturgia, con derecho a opinar y a hacer en la liturgia lo que quiera, introduciendo elementos ajenos y distorsionadores, porque todos creen que saben mucho de liturgia. Si acude un experto en bioética, todos callan y escuchan admirados, nadie pregunta y mucho menos nadie discute; si habla un jurista, todos intentan aprender la articulación interna del Derecho canónico; o si habla un exégeta, todos los presentes, embelesados, se dejan llevar por las últimas teorías hermenéuticas aplicadas al texto bíblico. Si habla un experto en liturgia… inmediatamente las manos están levantadas para rebatir, en virtud de un artículo que leyeron una vez, o de algo que un sacerdote dijo una vez, o, simplemente, por la propia opinión… La liturgia ha llegado a tal punto que es objeto de opiniones particulares que luego se plasman en celebraciones que difieren de una parroquia a otra que está al lado, en virtud de la “creatividad” de unos y otros, con un desconocimiento absoluto de la liturgia, de su teología, de su historia, de su espiritualidad, de su normativa.

            2. La liturgia no puede ser nunca objeto ni del capricho, ni de la arbitrariedad, ni de la última genial ocurrencia, ni de la creatividad salvaje[1]. Sin embargo, eso es lo que se vive en muchísimos sitios. En el terreno litúrgico se vivió, durante los años de la reforma litúrgica postconciliar, la sensación de vivir en un puro experimento, con cambios que se iban sucediendo uno tras otro, con ediciones provisionales y luego ediciones ya definitivas. Parecía que la liturgia era completamente mutable, cambiable… y por tanto cualquier podía hacer en su parroquia una adaptación “original”.

viernes, 24 de abril de 2020

Pinceladas (Palabras sobre la santidad - LXXXIV)



            Un santo es un fenómeno fascinante. Convergen en él tantas dimensiones que un análisis superficial no bastaría, o una mirada unidireccional… No se terminaría de comprender. El santo resume en sí muchas dimensiones, muchos aspectos distintos.



            Un santo es diáfano, es transparente, es luz. Su ser y su obrar no ocultan nada, ni hay segundas intenciones o torcidas maquinaciones. Se le ve puro, sencillo, transparente, es luz. Su presencia, su gesto, su palabra, ya iluminan. Despierta confianza y serenidad, no provoca prevención ni inseguridad ni alarma (eso sólo lo despiertan los hijos de las tinieblas, taimados, agazapados, nunca claros sino rebuscados).  Un santo así es como un astro en el cielo, brilla, ilumina… hay algo irresistible que dimana de su interior.

            El santo comprende al hombre. Hombre también, experimenta tentaciones y luchas muy duras, sabe de silencios y oscuridades, de sequedades, y asimismo de fragilidades y pecado porque él mismo ha caído. Esto le da una gran capacidad de comprensión del hombre, de la naturaleza humana: “ha participado de nuestras mismas tribulaciones y se halla por tanto en grado de comprender la grandeza y la miseria de nuestra condición humana” (Pablo VI, Hom. en la beatificación de 2 siervos de Dios, 30-octubre-1977). Incluso Dios ha permitido que el santo pase por muchas dificultades y tropiezas para que luego sea capaz de comprender, acoger, sanar y orientar a otros. No es rígido, no es inflexible, no es inmisericorde, no es duro: quien obra así está lejos de la santidad y no ha comprendido el frágil misterio de lo humano. El santo sí, por eso su mirada a lo humano es distinta, y pone su capacidad entera para comprender, consolar y confortar. La empatía es cualidad muy propia del santo.

miércoles, 22 de abril de 2020

Jesús en el Sagrario



¿Quién se contenta con ver la foto de alguien a quien quiere en vez de estar con él, salir juntos, comer, dar un paseo? Cuando se quiere a alguien, lo que se quiere es estar con él, convivir, compartir... y una foto es sólo un recordatorio y una suplencia. Nada puede sustituir la presencia de la persona querida. Por eso no nos detenemos sin más en las imágenes del Señor, por bellas que sean, por artísticamene bien labradas que estén..., sino que las imágenes de Cristo nos conducen a algo más: ¡¡a estar con Él de verdad!!


 
Tenemos la gran ventaja de su presencia real. Está muy cerca porque el Sacramento de la Eucaristía es su presencia real y en cada Sagrario está Él: basta acercarse, rezar de rodillas, mirar la puerta del Sagrario y la vela roja encendida cerca de él para estar en su presencia, disfrutar de su amor, gozar de su compañía, hablarle, interceder, conversar con Cristo. 

Ahí está: en cada Sagrario, ¡Jesús vivo!

Deberíamos abrir los ojos del corazón con sencillez, dilatar y ensanchar nuestra alma, encender nuestros afectos y devoción y asombrarnos de tan gran maravilla; será ocasión de ver la Belleza del Misterio de la Eucaristía, para contemplar y gozar de la potencia y Vida de Cristo Resucitado. Entonces, y sólo entonces, quedaremos fascinados por Cristo. 

domingo, 19 de abril de 2020

Santidad: reparación, abandono, Gracia




“No andéis preocupados por vuestra vida...” (Mt 6,25ss). “Todo sirve para el bien de aquellos a quienes Dios ama” (Rm 8,28).

“El camino que debe seguir cada fiel para llegar a ser santo es la fidelidad a la voluntad de Dios, tal como nos la expresan su Palabra, los mandamientos y las inspiraciones del Espíritu Santo. Al igual que para María y para todos los santos, también para nosotros la perfección de la caridad consiste en el abandono confiado, a ejemplo de Jesús, en las manos del Padre. Una vez más, esto es posible gracias al Espíritu Santo” (JUAN PABLO II, Audiencia general, 22-julio-1998).





                “En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo quiero ser el Amor”. Teresa de Lisieux buscaba cuál era su puesto en la Iglesia, siendo contemplativa, porque ella leía las Escrituras, veía las distintas vocaciones existentes en la Iglesia, como sacerdotes, como predicadores, catequistas, misioneros, se sentía identificada en cada uno de ellos, pero no podía serlo todos, hasta leyendo la primera carta a los Corintios encuentra el himno a la caridad: “ambicionad los carismas mayores, y aún es voy a mostrar un camino mejor”. Ahí descubre que su puesto en la Iglesia no es hacer grandes cosas, grandes actividades, o ministerios de tipo activo; que entre los miembros del cuerpo de Cristo hay uno que no se ve y es fundamental, el corazón, y que sin la vida que da el corazón a la Iglesia, ni los maestros enseñarían la fe ni los mártires derramarían su sangre. 

“En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo quiero ser el Amor”. Esa era su vocación, el amor, escondida en el Cuerpo de Cristo, escondida como monja carmelita descalza en un monasterio pequeño, con los roces propios de la convivencia entre unas y otras monjas. Allí, en ese puesto pequeñito, invisible, oculto a los ojos del mundo, descubrió que su vocación era estar en el corazón de la Iglesia, ser el amor. 

                Aquí nos muestra, nos señala, y nos sorprende, el camino de lo que se llama “católicamente” la reparación. Poner amor, ofrecer nuestro amor al Señor por todos aquellos que no le aman, por los pecadores, por los que viven su vocación cristiana de forma mediocre o tibia: poner amor para arrancar al Señor todo bien y toda gracia para la Iglesia. Reparar con nuestro amor, ofrecer nuestro amor. “En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo quiero ser el Amor”.

jueves, 16 de abril de 2020

Sentencias y pensamientos (XIII)

[Sobre el sacerdocio, y en general y por extensión, para la vida cristiana:]





6. El sacerdocio no es para vivir amargados, en constante tensión dramática, de lucha y superación, sino vivir en Cristo su vida pastoral de amor y transmisión de la vida nueva, de la santificación. Suaviza tu corazón.



7. Veo con claridad que el Señor pone deseos irrealizables de oración en el corazón de sus sacerdotes. Los pone para que le busquemos, pero nunca permite saciarlos. Se desea más tiempo, más calidad, más intensidad, más amor... pero hay una agenda, unas prioridades, unos trabajos que se acumulan y se multiplican y nos limita. Sin embargo, el deseo puesto por Dios nos recuerda nuestra primera necesidad, la comunión de vida y destino, comunión de amor con el Sacerdocio de Cristo. Es precioso que descubras tu función de orante por el Pueblo de Dios, y es que somos intercesores, oramos por nuestro pueblo cristiano, incluso antes que por nosotros mismos.



8. A la par que la plegaria personal, la vida litúrgica y sacramental, encuentros reales con el Resucitado, vívelos muy contemplativamente, que calen en las fibras de tu alma, que goces y experimentes el Misterio que tratas con tus manos. Lucha para evitar las distracciones, haz continuos actos de presencia de Cristo recordando la Verdad de lo que realizas, siendo instrumento transparente de Cristo por el Orden sacerdotal. Con piedad, con recogimiento.


martes, 14 de abril de 2020

La Pascua y la ofrenda de los contemplativos



La vida de cada monje, de cada monja, está en el centro del Misterio; se sitúa en el corazón de la Iglesia, en intimidad de amor nupcial con Cristo: 






“La contemplación monástica representa nada menos que el corazón palpitante de la Iglesia; no es propiamente un órgano particular, sino la energía central, que lleva la sangre de la vida total, sangre que da y conserva la vida, a todos los miembros particulares que se especializan por razón de su misión propia”[1]


Los contemplativos ofrecen sus vidas por bien de la Iglesia; la existencia de la monja tiene sentido cuando es ofrecida con amor reparador, amor de entrega, amor sacrificado, por la Iglesia, y todo lo que hace lo hace por la Iglesia, y todo lo ofrece en reparación por la Iglesia, en reparación por el pecado de los miembros de la Iglesia, en ofrecimiento sacrificial por la extensión del Reino, por la fecundidad apostólica de la predicación, de la evangelización; lo ofrece todo por la conversión de los pecadores, a favor de los débiles, los atribulados, los que son tentados.

La reparación de las consagradas contemplativas, vírgenes de Jesucristo, es eclesial, profundamente eclesial, por el bien de la Iglesia. De ese modo, además, el mundo entero entra en la clausura, pues debe encontrar un lugar en el corazón de cada comunidad monástica, que participa y se interesa y se ofrece por la salvación del mundo. 

La clausura no es aislarse egoístamente del mundo; es signo de una mayor unión y consagración por la salud del mundo; si en algún momento, la actitud espiritual de las monjas fuese de aislamiento y despreocupación de la Iglesia y del mundo, centrándose, egoístamente, en la propia perfección, mirando sólo lo interno del Monasterio, dedicados a prácticas de piedad personales, faltando la dimensión eclesial, la reparación y el ofrecimiento –como Cristo- por el mundo y en reparación por los pecados de los hombres, la vida monástica (que probablemente esté relajada en su interior, con frialdad espiritual) estará siendo infiel a lo que la Iglesia espera.

domingo, 12 de abril de 2020

La fe y la razón, relacionadas siempre



Son fecundas las relaciones entre la fe y la razón como modos de conocimiento; sin la fe (que también es conocimiento, pero superior) la razón se puede volver técnica, sin referencias, inhumana, y no podrá dar respuesta a las cuestiones más profundas del hombre ni ofrecer un sentido a la vida: será sólo ciencia y técnica, un pensamiento débil, la afirmación de la nada y del relativismo –todo da igual, cada uno decide lo bueno y lo malo-. Un mundo sin fe es un mundo triste y deshumanizado que se vuelve contra la persona y la vida.

             

Pablo VI ofrece su reflexión: 

“Aquí un nuevo modo de conocimiento puede integrar el conocimiento autónomo de la razón; el conocimiento por vía de fe, prestado por nosotros, o más bien misteriosamente otorgado a nosotros como don divino, a la palabra de Dios puede llenar nuestra alma de una luz verdadera y gozosa; una luz siempre incipiente, rebosante de revelaciones y de certezas, pero todavía enigmática (cf. 1Co 13,12), y que nos invita a un doble acto, de asentimiento confiado y de meditación exploradora. ¿Puede ser esto realidad en nuestros días? ¿Puede lograrse una regeneración del pensamiento del hombre moderno, estimulado para la búsqueda de la verdad científica, y capacitado para acoger y contemplar aquella Verdad, que constituye una sola cosa con la Vida?” (Catequesis, 14-noviembre-1973).

            La fe es la respuesta adecuada a la inteligencia humana y es su luz; la inteligencia es guiada por la fe para conocer más y mejor; y a su vez la fe que acepta busca entender y comprender. ¡Qué necesarios son para, siempre y hoy tal vez aún más, el pensamiento y la reflexión, la lectura, la formación, la catequesis, el estudio personal! ¡Cuán necesario se revela hoy un conocimiento sistemático, profundo, riguroso, de la fe para el laicado católico! El estudio de la fe y la formación del católico, además, es urgente por cuanto muchos planteamientos y conductas de creyentes, y muchas crisis y dudas son debidos a la ignorancia, a la poca consistencia de nuestro conocimiento:


viernes, 10 de abril de 2020

Rectitud de intención para discernir

Es imprescindible una clara rectitud de intención para buscar la voluntad de Dios y luego realizarla. Con una gran libertad de espíritu, estar dispuesto a acoger lo que Dios quiera, sea lo más agradable y a lo que uno esté más inclinado, sea lo más desabrido o lo que uno menos desea.

La rectitud de intención es libertad de espíritu para no identificar la voluntad de Dios con el propio capricho o, por el contrario, para no identificarla sin más con lo opuesto al propio gusto.



Es buscar con libertad de espíritu y acoger libremente; es buscar sólo lo que Dios quiere.

Para esta rectitud de intención se requieren algunas condiciones o cualidades:




                        a) Madurez humana:

El que ha llegado a distanciarse de la tutela paterna, de los educadores... para ser uno mismo en la vida (sin dependencias pueriles, tampoco por "autonomismo"). Cierta modestia y ausencia de sectarismo. Ausencia de inseguridad ante las propias reacciones afectivas. Ni las niego ni las tomo como norma. Las acepto como un hecho.


lunes, 6 de abril de 2020

A la Palabra proclamada (Respuestas - XI)




Las lecturas bíblicas, y su culmen, el Evangelio, están rodeados de ritos, gestos y aclamaciones, que disponen para su acogida y que manifiestan luego su asentimiento, su recepción, su acogida en la fe.

            Esto es algo común a todas las familias litúrgicas, a todos los ritos orientales y occidentales, aunque cada uno de ellos lo realiza de manera distinta, pero todos rodean de veneración la lectura de las santas Escrituras y le rinden honor a la Palabra divina con respuestas y con aclamaciones.



            El rito hispano-mozárabe anuncia la lectura, “Lectura de la profecía de Isaías” y el pueblo la recibe diciendo: “Demos gracias a Dios”. Cuando acaba la lectura, todos dicen: “Amén”, confirmando la acogida creyente. Antiguamente (hoy no se ha mantenido en el actual Misal hispano-mozárabe) el diácono, en el paso de las lecturas del Antiguo Testamento a la lectura apostólica, advertía: “Silentium facite!”, “Guardad silencio”, que es un aviso diaconal muy semejante al que veremos que realiza el diácono en la divina liturgia de S. Juan Crisóstomo y otras liturgias orientales.

            También el Evangelio es recibido con honor: cirios en incienso en procesión, saludo del diácono (“El Señor esté siempre con vosotros”) incensación, anuncio de la lectura y aclamación de los fieles: “Gloria a ti, Señor”. Comienza el Evangelio de un modo muy característico; en vez de decir “Jesús”, dice “Nuestro Señor Jesucristo”: “En aquel tiempo, nuestro Señor Jesucristo…” Concluye con el “Amén” de los fieles, ratificando y aclamando el Evangelio que acaba de ser proclamado.

sábado, 4 de abril de 2020

La santidad en las pequeñas cosas




“Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col 3,23). “Todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús” (Col 3,17).

“En la “cotidianeidad” Dios nos llama a conseguir la madurez de la vida espiritual, que consiste en vivir de modo extraordinario las cosas ordinarias. En efecto, la santidad se alcanza en el seguimiento de Cristo, no evadiéndose de la realidad y de sus pruebas, sino afrontándolas con la luz y la fuerza de su Espíritu. Todo esto tiene su más profunda comprensión en el misterio de la cruz” (JUAN PABLO II, Ángelus, 1-septiembre-2002).

“Quienes preparan eficazmente el Reino de Dios son las personas que realizan de modo serio y honrado su actividad, sin aspirar a cosas demasiado elevadas, sino cumpliendo cada día con fidelidad los quehaceres humildes” (JUAN PABLO II, Ángelus, 2-septiembre-2001).



 
¿Quién es el más grande? ¡El que se hace más pequeño! El camino de la santidad aparece significado en la pequeñez de un niño. Hacerse pequeño por muy grande que uno sea o por muy grande que uno se crea ser; hacerse pequeño conlleva el pasar por debajo, no por arriba, de las leyes y de las obligaciones del propio estado. 

¿Cómo se santifica uno? Haciendo con amor aquello que tiene que hacer: el sacerdote como sacerdote, el casado como casado, el religioso como religioso. Cumpliendo todas las cosas con amor, no con gusto a lo mejor, pero sí con amor, para encontrar el camino de la santificación. Eso es hacerse pequeño. 

El grande se cree que está por encima de toda ley, de toda norma, y vive  haciendo su libre capricho, sin atender nada más que a su sentimiento impulsivo: deja sus obligaciones, o las realiza de forma mediocre para salir del paso. 

Hacerse pequeño es vivir y cumplir las obligaciones del propio estado, cada uno según lo que es, según aquello que el Señor le ha confiado.

sábado, 28 de marzo de 2020

La envidia (Predicación de S. Basilio - y V)

El envidioso no puede por menos que disimular. 

Trata de ocultar su tristeza, que le reconcome; se pone un máscara ante la persona a la que envidia, pero, por detrás, realiza afirmaciones y comentarios despectivos.


En su máscara de hipocresía, intenta ante los demás, con buenas palabras, menospreciar, despreciar, hacer de menos a aquel a quien envidia.

No sabe destacar nada bueno, ni valorar lo que tiene, sino que debe empozoñarlo todo con alguna frase hiriente, pero educada; mordaz, pero revestida de buenas intenciones. "Es una lástima que...", "si no fuera por...", "yo lo aprecio mucho, pero..."


jueves, 26 de marzo de 2020

El sentido de los contemplativos en su clausura

La vida contemplativa en la Iglesia merece un lugar de honor y el reconocimiento afectuoso del pueblo cristiano. Y es que su función, invisible, riega la tierra de Dios con fuentes de agua viva. Desde la clausura del monasterio, alientan la vida de la Iglesia.



Es un vivir expropiados, saliendo de sí para salir al encuentro de Cristo, viviendo del amor de la Iglesia, siendo fragancia que todo lo envuelve, todo lo penetra, llenando la casa de Dios del buen olor de Cristo. El nivel de exigencia, lo que la Iglesia espera, es mucho y elevado, pero, siendo fieles a la gracia de Dios, es posible realizarlo:
 

            Los institutos que se ordenan íntegramente a la contemplación, de suerte que sus miembros vacan sólo a Dios en soledad y silencio, en asidua oración y generosa penitencia, mantienen siempre un puesto eminente en el Cuerpo místico de Cristo, en el que no todos los miembros desempeñan la misma función, por mucho que urja la necesidad del apostolado activo. Ofrecen, en efecto, a Dios un eximio sacrificio de alabanza, ilustran al pueblo de Dios con ubérrimos frutos de santidad, lo mueven con su ejemplo y lo dilatan con misteriosa fecundidad apostólica (PC 7).


lunes, 23 de marzo de 2020

La envidia (Predicación de S. Basilio - IV)

Huir de la envidia es el mejor método para no caer en ella, y, por tanto, llenarnos de una caridad sobrenatural, cuya fuente es Dios.

La envidia debe corregirse con la caridad y también con el discernimiento, el pensamiento frío, que valora lo de los demás y se alegra, sabiendo también reconocer lo propio y estar agradecido por los bienes que uno ya posee.


Desaparecerá la envidia si en vez de anhelar y desear los bienes pasajeros y mundanos que vemos en los demás, elevamos la mirada y solamente deseamos los bienes eternos, los que de verdad valen, porque todo lo demás es absolutamente efímero: dinero, gloria, fama, poder... ¡Cuántos lo tenían todo y han caído después! ¿Vamos a envidiar algo tan mudable, que pasa tan pronto?



            "n. 5 ¡Huyamos de tan intolerable mal! Es enseñanza de la serpiente, invención del demonio, siembra del enemigo, garantía de castigo, obstáculo de piedad, camino del infierno y privación del Reino. En efecto, los envidiosos son reconocidos claramente por su propio rostro. Tienen los ojos secos y lánguidos, el rostro sombrío, el ceño fruncido, su alma turbada por la pasión, puesto que no tiene un juicio acertado de la verdad de las cosas. Para ellos no hay acción que daba ser alabada por su virtud; ni la elocuencia, aunque esté adornada con solemnidad y gracia, ni ninguna otra cosa de las que se alaban y admiran…

            Son terribles en hacer menos con sus desprecios lo que debe ser alabado, y en denigrar la virtud a partir del vicio próximo a ella. Llaman osado al valiente e insensible al prudente, cruel al justo, malicioso al sabio, y al magnánimo le tachan de vulgar y al liberal de derrochador; al frugal, por el contrario, de tacaño. En resumen, cualquier virtud tiene para ellos cambiado su nombre en el del vicio opuesto…

miércoles, 18 de marzo de 2020

La envidia (Predicación de S. Basilio - III)

Dos ejemplos de las Escrituras nos ilustran bien, según predica S. Basilio, sobre la envidia. Por una parte, lo sucedido al predilecto de Jacob, su hijo José, y la envidia de sus hermanos. Por otra parte, la envidia que se vuelca sobre el mismo Cristo.

Las descripciones y análisis que hace san Basilio son agudos, perspicaces, desenmascarando la envidia, siempre disfrazada de justicia, siempre hipócrita, reticente al bien.





 En la medida de lo posible, hemos de preservarnos apartándonos del envidioso, pues éste envidiará siempre a los cercanos y, probablemente, a los que está unidos por razón de amistad o familiaridad.




           " n. 4. ¿Qué hizo esclavo al generoso José? ¿No fue la envidia de sus hermanos? En este caso es digna de admirar la sinrazón de este mal, pues, por temor al resultado de sus sueños, hicieron esclavo a su hermano, como si un esclavo nunca pudiera llegar a ser respetado. Sin embargo, si sus sueños eran verdaderos, ¿qué artificio impediría que sucediera completamente lo predicho? Y si eran falsas las visiones de sus sueños, ¿en concepto de qué envidiáis al que se equivoca? Mas lo cierto es que, por disposición de Dios, su argucia se volvió contra ellos, pues a través de los mismos medios con que creyeron impedir la predicción, prepararon claramente el camino de su cumplimiento.

            En efecto, si no hubiera sido vendido, no habría ido a Egipto, ni habría sido acosado debido a su virtud por los deseos de una mujer intemperante, ni habría sido metido en la cárcel, ni se habría hecho amigo de los criados del faraón, ni habría interpretado sus sueños, gracias a lo cual recibió el gobierno de Egipto y fue reverenciado por sus propios hermanos, que acudieron a él debido a la carencia de trigo.