miércoles, 11 de marzo de 2020

La envidia (predicación de S. Basilio - I)

Como la conciencia siempre necesita luz para formarse, y vencer así la tiniebla de la ignorancia, edificando en el bien, conozcamos el pecado de envidia.

De este modo, sabiendo cómo es este pecado capital, sus raíces y sus ramas, podremos discernirla mejor y, en su caso, extirparla de nosotros con la gracia durante el tiempo cuaresmal.


San Basilio Magno dedicó un sermón amplio sobre la envidia y será su palabra la que nos enseñe, para acostumbrarnos, de paso, a ser formados por la Tradición de los Padres.



            "n. 1. Dios es bueno y procura sus bienes a quien los merece; el diablo es malo y es autor de toda maldad. Y como al bueno sigue la buena disposición, así al diablo le acompaña la malicia. Guardémonos, pues, hermanos, del mal de la envidia; no seamos partícipes de las obras del adversario y nos encontremos sentenciados a la misma condena, pues si el soberbio cae en la condena del diablo, ¿cómo escapará el envidioso al castigo preparado por el demonio?

            Ningún vicio tan funesto brota en las almas de los hombres como la envidia, que, sin afligir apenas a los de afuera, es el mal principal y característico de quien lo posee. Pues, lo mismo que la herrumbre corroe al hierro, así la envidia al alma que la posee; y, aún más, como las serpientes que, según cuentan, devoran el vientre materno que las engendró, así también la envidia provoca que se consuma el alma que la produce, porque la envidia es pesar por el éxito del prójimo.

martes, 10 de marzo de 2020

Escuelas de la cruz

Hay escuelas difíciles por las que hay que pasar, y cuyas enseñanzas poseen valor incalculable. Al fin y al cabo, siempre somos discípulos del verdadero Maestro.

Las mejores lecciones nos la da Aquel que murió en la Cruz y resucitó; de hecho, su cátedra es la Cruz, la cátedra más sabia y elocuente. En ella se aprenden lecciones sublimes, se adquiere una ciencia divina, se alcanza una sabiduría superior, crecen las virtudes bien arraigadas.


Las situaciones de cruz en la propia vida son las que permiten madurar realmente, forjar la personalidad cristiana y que aquello que sólo sabíamos de oídas, y repetíamos sin mucha convicción, pasen a ser incorporadas a nuestro ser. De hablar de memoria de cosas que sólo hemos oído, pasamos a la experiencia que nos llevará a hablar con fundamento, a dar un testimonio vivo.

sábado, 7 de marzo de 2020

La fe creída y vivida



La primera palabra con que comienza el Símbolo es “Credo”, “creo”, que luego se desarrolla en una serie de proposiciones y artículos. El Credo es el resumen, compendio y síntesis de aquello que se profesa, de la fe.



            Debemos poner en la base de nuestra concepción religiosa y moral la necesidad de la fe: “El justo vivirá por su fe” (Rm 1,17); “sin la fe es imposible agradar a Dios” (Hb 11,6). Recordemos y aclaremos ideas sobre el doble campo al que se refiere la fe: uno el campo objetivo, que mira a las verdades que debemos creer, inmenso campo cuya síntesis es el Credo; un segundo campo, el subjetivo, que mira a nuestro acto de adhesión a estas verdades, su vivencia y la configuración cristiana de la vida toda.

            “Será conveniente que todos volvamos a estudiar este tema fundamental, comenzando por afirmar con claridad la definición de la fe como un asentimiento intelectual a la palabra de Dios, determinado por la voluntad, movida por la gracia divina; un conocimiento singular, cierto y oscuro al mismo tiempo, cierto en sus motivos, oscuro todavía en su misterio contenido. “Ahora, escribe san Pablo, vemos por un espejo y oscuramente” (1Co 13,12); de tal modo que “la fe es garantía de lo que se espera, la prueba de las cosas que no se ven” (Hb 11,1)” (Pablo VI, Catequesis, 1-agosto-1973).

miércoles, 4 de marzo de 2020

"Gloria a Dios en el cielo" - y IV (Respuestas - X)



El himno, entonces, cobra otro aire, coge un nuevo giro: de las alabanzas a Cristo, enumerando los títulos cristológicos, se pasa a la súplica, a la petición.

            En los himnos clásicos latinos es un proceso habitual; primero un cuerpo amplio de alabanza, después unas súplicas y terminan con una doxología o alabanza a la Trinidad.



            Por ejemplo, el himno latino para Laudes de la I semana del Salterio “Splendor Paternae gloriae” comienza alabando e invocando:

Resplandor de la gloria del Padre,
y Destello de su Luz,
Luz de Luz y Fuente de toda Luz,
Día que iluminas el día.

            De ahí, de la alabanza, torna a súplica confiada:

Que informe nuestros actos decididos,
quiebre el dardo del maligno,
nos secunde en la adversidad,
y con su gracia nos asista.

Que gobierne y dirija nuestras almas,
guardando el cuerpo puro y dócil;
que preservándola del engañoso veneno,
avive con ímpetu nuestra fe.

Siendo Cristo nuestro alimento,
y nuestra bebida la fe,
libemos con gozo la sobria
efusión del Espíritu.

lunes, 2 de marzo de 2020

Apostolado santo




“Cuando vine a vosotros no fui con el prestigio de la palabra... no quise saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo y éste, crucificado” (1Co 2,1-2).

 “No tengáis miedo de aceptar este resto: ¡ser mujeres y hombres santos! No olvidéis que los frutos del apostolado dependen de la profundidad de la vida espiritual, de la intensidad de la oración, de una formación constante y de una adhesión sincera a las directrices de la Iglesia. A vosotros repito hoy... que si sois lo que debéis ser –es decir, si vivís el cristianismo sin componendas- podéis incendiar el mundo” (JUAN PABLO II, Homilía con ocasión del Congreso Mundial del laicado, 26-noviembre-2000).

“La invitación de Cristo nos estimula a remar mar adentro, a cultivar sueños ambiciosos de santidad personal y fecundidad apostólica. El apostolado siempre es el desbordamiento de la vida interior” (JUAN PABLO II, Discurso a un Congreso del Opus Dei sobre la Novo Millennio ineunte, 17-marzo-2001).




“Id también vosotros a mi viña”. Es una llamada y una invitación. Nadie se queda entonces excluido. Todos por el Bautismo estamos llamados a trabajar en la viña del Señor que es la Iglesia. “Id también vosotros a mi viña”.  El Señor llama y sigue llamando. 

Salió por la mañana, al amanecer, luego a media mañana, más tarde al mediodía, finalmente al atardecer. En distintas horas, en distintos momentos de la vida, puede el Señor estar llamando para incorporarnos a ese trabajo de la viña. A unos los llama en la niñez y pueden ser momentos providenciales la educación cristiana recibida en la familia, o el momento de la catequesis para la primera comunión, o la educación escolar en un colegio verdaderamente católico. A otros los llama a media mañana, en la juventud, cuando se ve que la vida no responde a tanta expectativa como uno se plantea y que la respuesta está en Cristo, o puede ser el testimonio de otra persona, de otro joven, o unas catequesis, o un momento fuerte de la vida parroquial. A otros, y son muchos, los llama al mediodía, en la madurez de la vida, personas que han dejado la Iglesia hace tiempo y que cuando pasan los años vuelven, por mayor experiencia y conscientes de su propia limitación; con mayor camino recorrido, pero también sintiendo lo poco que somos. Finalmente el Señor llama al atardecer, personas ya en la ancianidad, que descubren al Señor, humanamente tarde, pero para el Señor no es tarde y son invitados a participar de ese trabajo en la viña del Señor. Nadie queda excluido. En cualquier momento de la vida puede el Señor llamar.

                Igualmente llama el Señor a trabajar en la viña en los distintos estados de vida cristiana. Llama en el sacerdocio, llaman en la vida consagrada, sea en el monasterio, en el hospital, en la escuela, en el asilo o en unas misiones. Llama el Señor a los matrimonios a trabajar en la Iglesia. Llama al Señor a todos los fieles laicos. Todos por la dignidad del Bautismo estáis llamados a trabajar por la Iglesia, por la venida del Reino de Dios, cada cual según su edad, su estado de vida y sus posibilidades, pero nadie está excluido, todos están incluidos por el bautismo.