sábado, 5 de octubre de 2019

La santidad es vigilancia




“¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!” (Mt 25,6).
“Estad atentos y vigilad, porque no sabéis cuándo será el momento” (Mc 13,33).

“La fe, la esperanza, el amor, llevan a acoger existencialmente a Dios como camino seguro hacia la santidad... Los santos nos enseñan que los verdaderos seguidores y discípulos de Jesús son aquellos que cumplen la voluntad de Dios y que están unidos a Él mediante la fe y la gracia” (JUAN PABLO II, Homilía en unas canonizaciones, 21-mayo-2000).

“En los siervos de Dios... se descubre un rayo de la humanidad nueva, transfigurada por el Resucitado y preparada para las bodas definitivas del cielo” (JUAN PABLO II, Homilía en la beatificación de 5 siervos de Dios, 23-4-1999).




Cuando menos se espera en nuestra vida se puede escuchar una voz, un grito: “¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!” ¿Cuándo será eso? “Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora”,  cuando el Señor puede visitarnos por medio de la enfermedad, de la cruz, de la muerte de un ser querido, o de nuestra propia muerte. “¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!”, y hay que revisar la lámpara, la lámpara de la humildad, de la abnegación, la lámpara de la entrega, de la mortificación a este mundo para vivir con Cristo, de la fe, de la esperanza y de la caridad. Y lo que tú no tengas nadie te lo puede prestar.

Un poco tarde, pero las vírgenes necias salieron a comprar el aceite. ¡Si hubieran salido antes, si hubieran sido más precavidas! ¿Dónde comprar esas cosas que son las realmente importantes en la vida? En esta tienda que es la Iglesia. 

En la Iglesia es donde vamos a comprar, con la oración, con los sacramentos, y empleando el verbo “comprar” en el mismo sentido metafórico del evangelio, donde podemos comprar todo aquello que nos hace falta para que nuestra vida sea luz, para que en medio de la noche podamos caminar sin tropezar. Es en la Iglesia, es mediante el desprendimiento, mediante la limosna, mediante el tiempo de oración, donde podemos adquirir en nuestra vida las cosas que realmente son importantes para la vida. “Velad porque no sabéis el día ni la hora”.

jueves, 3 de octubre de 2019

Liturgia, belleza y arte (I)



            Es indudable que a lo largo de los siglos, desde su mismo origen, la liturgia ha sido el gran “lugar de la belleza”, donde se han dado cita las diversas artes, tan variadas, para el culto divino.

            Pero esta relación tan natural entre la liturgia y la belleza, parece haberse diluido un tanto por causas distintas; recuperarla puede ser una tarea feliz y apasionante, en la medida en que comprendemos cuán necesaria es la belleza y en la medida en que penetremos en la naturaleza auténtica de la liturgia.



1. La belleza expresa el Misterio de Dios

            Un atributo divino de gran alcance es la belleza, la hermosura. Coincide con el ser de Dios, nada en él existe de fealdad, porque ésta es lo defectuoso, lo que roza la mentira, la falsedad, en última instancia, la fealdad es atributo del pecado que siempre lo deforma todo.

            Dios es la suma e infinita belleza, porque es Verdad y es Amor. Un salmo, el 44, que la Iglesia le canta a Cristo mismo, afirma: “Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia”; otro salmo, el 110, cantará de Dios: “esplendor y belleza son su obra”. El mismo libro del Génesis, en el relato de la creación que leemos en la santa Vigilia pascual, cuando afirma “vio Dios todo lo que había hecho y era bueno”, podría igualmente traducirse por “vio Dios todo lo que había hecho y era hermoso”, porque la misma palabra griega “kalós” significa, curiosamente, “bueno” y “bello”.

            Todo lo que es bello proviene de Dios, expresa el Misterio de Dios, hiere con el fulgor de Dios, rompe la vaciedad del mundo elevándonos a la trascendencia, remitiéndonos a Dios.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Sentencias y pensamientos (IX)



1. [A un sacerdote:] La alegría ante tu nuevo ministerio es un buen signo, estás ahí para entregarte sacerdotalmente, haciendo realidad las palabras de la consagración: “es mi Cuerpo entregado por vosotros”, donde tú también eres entregado junto con Cristo, repartiéndote, dejándote masticar en una ofrenda. Vive apasionadamente tu sacerdocio, siendo la cabeza visible, el mismo Cristo entre ellos, que está para enseñar (función de predicar, partir la Palabra, de todos los modos y maneras posibles), santificar (mediante los sacramentos, la oración litúrgica, el Sagrario, la adoración eucarística) y regir (fomentando un papel activo de los seglares, haciéndolos responsables de su casa parroquial, de su hogar de fe, siendo signo de comunión en una autoridad que es servicio).



2. Sé humilde y contempla la acción de Dios redentora en las almas, la tarea preciosa de la santificación.


3. La Liturgia de las Horas has de rezarla con suavidad y amor, empapándote de los himnos, salmos y cánticos, orando despacio las preces tanto de Laudes como de Vísperas, y oyendo en tu alma la voz de Cristo que en ti canta la Liturgia de las Horas. Por ella, tú intercedes y alabas al Padre por tu pueblo cristiano y es deber sacerdotal de santificación donde se dilata la Iglesia. Luego prolóngalo con buenos ratos de Sagrario.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Simplificando la plegaria del orante (II)

Lo disperso genera tensión, pero la unidad siempre es pacífica y serena.

En la vida de oración, muchas veces, nos dejamos llevar por rigideces y métodos, complicándonos nosotros solos, pero todo debe tender a una sencillez de espíritu que, en lenguaje evangélico, sería la pobreza de espíritu.

Era aquello que el Señor recomendaba a Marta: "una sola cosa es necesaria".


¿Cómo vivir con sencillez el proceso de la oración? ¿Cómo es este proceso hasta adquirir la sencillez de espíritu?


* Oración vocal


                Este primer momento suele coincidir con diversos géneros de oración vocal. Fórmulas aprendidas y recitadas de forma sapiencial, siendo el corazón, más que los labios, el que recita. Se descubre así el rezo del Rosario de forma distinta y nueva, las oraciones cristianas clásicas (Gloria, Avemaría, Salve, Ángelus...), pero con la preocupación de recitarlas de forma correcta, consciente, en su momento prefijado. Es una preocupación por la exactitud formal.


                * Meditación

                Se comienza a percibir la necesidad de ampliar el corazón y se descubre la meditación cristiana. El cristiano, aun cuando siga practicando determinadas formas de oración vocal (que, por otra parte, siempre deben acompañarnos), saborea –“gusto por las cosas de Dios”- los misterios cristianos. En la presencia del Señor, asistido e iluminado por el Espíritu, ora con frecuencia los grandes misterios de la salvación: cruz, pasión, sepulcro, Resurrección, Encarnación, gloria, Verdad, gracia, pecado, Dios Padre, Iglesia, vocación, testimonio, apostolado... y se medita, preguntándole al Señor, qué significa, qué importancia tiene, qué es, cómo vivirlo en plenitud. Funciona principalmente la inteligencia pero el afecto –la sensibilidad incluida- empieza a vibrar, a moverse, a sentirse impactado, movido, deseando alcanzar lo que medita. Es éste un paso más. Está el corazón más libre, la oración se va haciendo más sencilla. Uno disfruta con la meditación sapiencial -¡se aprende tanto, ¡se goza tanto!- nunca se abandona. Pero, ahora, es el mayor descubrimiento, la oración mejor. El orante va avanzando. Ha dado un paso más.

            

jueves, 26 de septiembre de 2019

Desarrollo y características de la santidad



¿Cómo se desarrolla la santidad?
¿De qué manera la santidad se despliega en nuestra humanidad?
¿Qué va haciendo la santidad en nosotros?




La santidad eleva lo humano y lo presupone

A veces queremos “fabricar santos en serie” y que todos sean iguales, la misma de forma de hablar, de rezar, etc., cuando Dios es lo más original que hay. A cada uno lo ha hecho absolutamente distinto al otro. ¿Qué hacer? No negar lo humano que hay en nosotros, no negar lo bueno que Dios ha puesto en cada alma, porque Él es un artista genial, y cada uno es una obra de arte de Dios. 

Hay que desarrollar lo humano que hay en cada uno de nosotros. ¿Qué valores hay en ti? ¿Eres servicial, trabajador, simpático, alegre? ¿Sabes cantar, tocar, pintar? No hay que negar y mortificar eso que es bueno, sino desarrollar lo humano. Dios desarrolla lo humano. No hay nadie más maduro y desarrollado que un santo.

                Ese elevar lo humano hace que se desarrolle todo lo bueno y se ponga al servicio de la Iglesia. Nuestro amor es la Iglesia, y lo que somos y valemos hemos de ponerlo al servicio de la Iglesia, no por vanidad o por ostentación, sino para edificación de la Iglesia. Nada hay que reservarse, porque lo que uno se reserva se pudre, está perdiendo su vida; pero que el que pierde su vida entregándola, ése la encuentra. Quien tenía un talento, según la parábola, y lo enterró, lo perdió; el que tenía cinco y el que tenía diez lo multiplicó, cada uno según su capacidad, siendo talentos entregados al Señor para bien de la Iglesia.