miércoles, 9 de septiembre de 2015

Sobre la Iglesia (II)

Era un momento crucial que tal vez se desperdició o se amortiguó su fuerza: la Iglesia despertaba en las almas, superando el subjetivismo de épocas y momentos anteriores. Así lo constataba Romano Guardini.


Es un sentir y un entender realmente nuevo: se ve la Iglesia como el ámbito y la mediación, la Casa común y una realidad sobrenatural, y nada de ello es un impedimento o un obstáculo ni para el desarrollo personal ni para la comunión con Dios. Es lo contrario, permítase la imagen coloquial, de un supermercado donde cada cual compra donde y cuando quiere y de la manera que quiere. Y sin embargo, eso ha potenciado el individualismo en la Iglesia misma.

La Iglesia es Comunión-comunidad: grande, católica, abierta, universal, integradora, sin identificarse (¡saltaría el subjetivismo de nuevo!) con mi grupo, ni encerrarse en lo pequeño que yo vivo (cofradía, comunidad, movimiento, asociación).

En esa Comunión hermosa, llamada Iglesia, nos integramos.

Cedamos la palabra a Romano Guardini.

"La realidad de las cosas, del alma y de Dios nos sale al encuentro con nueva energía. La existencia religiosa es algo efectivamente real por su objeto, contenido y progreso; es una relación del alma viviente con el Dios vivo, un verdadero vivir para él, no un mero sentir ni una simple esencia ideal; es imitación, obediencia, aceptación y entrega. El problema fundamental no es si hay Dios, sino ¿cómo es él? ¿Dónde lo encuentro, como me relaciono con él, cómo llego a él? El problema fundamental no es saber si debo rezar, sino cómo hacerlo, no si es necesaria la ascética, sino cuál es la que se debe ejercitar.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Espiritualidad de la adoración (V)

Jesús, el Señor, no es una idea ni un mensaje, sino la Persona divina que tanto nos ha amado que se entregó por nuestra salvación. Nuestra relación con Él es una relación personal, donde Él sale a nuestro encuentro descubriéndonos la verdad de su ser y la verdad de nuestro propio ser humano, amándonos, redimiéndonos.

Con Cristo las cosas funcionan de modo personal y único, en un cara a cara con Él. Busca a cada hombre y le tiende la mano para salvarlo e incorporarlo a su Corazón.

Tan personal es esta relación, que en el Sacramento de la Eucaristía Cristo no nos entrega algo, ni nos deja un símbolo o un recuerdo de un mensaje o un manifiesto de compromiso; en el Sacramento eucarístico nos entrega su Cuerpo y su Sangre, Él mismo en Persona se entrega en Comunión y permanece entre nosotros en el Sagrario. 

"Es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, que por ello es, entre los demás sacramentos, el más dulce por la devoción, el más bello por la inteligencia, el más santo por el contenido [39]; ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos [40].

Tal presencia se llama real, no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y substancial, pues por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro [41]. Falsamente explicaría esta manera de presencia quien se imaginara una naturaleza, como dicen, «pneumática» y omnipresente, o la redujera a los límites de un simbolismo, como si este augustísimo sacramento no consistiera sino tan sólo en un signo eficaz de la presencia espiritual de Cristo y de su íntima unión con los fieles del Cuerpo místico [42]." (Pablo VI, Mysterium fidei, 5).
 

viernes, 4 de septiembre de 2015

Un plan de formación para el laicado

No lleve el título a confusión: no vamos a poner aquí un temario con fechas para desarrollar tales o cuáles temas de formación catequética para adultos. A este respecto, ya hay mucho en este blog, pero con el tono de blog, interrelacionado, con catequesis diarias pero de distintos temas, que se entrecruzan, se repiten, se amplían, y luego se rezan, se comentan y se intercambian experiencias y luces en los comentarios.


Un plan de formación para el laicado: es decir, las grandes líneas o los contenidos que hoy debe tener la formación del laicado ante los retos, desafíos e interrogantes de nuestro mundo y de la cultura secularizada.

Con mayor o menor incidencia, con mayor o menor extensión, cualquier formación catequética para el laicado, en cualquier ámbito (parroquias, movimientos, comunidades). Es el horizonte de formación catequética de adultos que ofrecía el papa Benedicto. O dicho de otro modo: más que señalar temas de catequesis y formación, el Papa nos dice los logros de una verdadera formación del laicado, los objetivos que hay que conseguir.

jueves, 3 de septiembre de 2015

El salmo 47


                Por el sacramento del Orden el Señor, elige a quien quiere y lo pone al frente de su pueblo, no porque tenga mayores méritos, o porque tenga mayores cualidades, sino porque es eterno su amor. “Llamó a los que quiso” dice el evangelio de san Marcos, “para que estuvieran con él”. La primera función del sacerdote es estar con Cristo, la oración, el trato interior con Él, y luego, “enviarlos a predicar”. De ahí que el sacramento del Orden imprima un sello imborrable, perenne, en el alma, el carácter sacramental, por el cual el sacerdocio ministerial es distinto del sacerdocio bautismal, no sólo de grado, sino esencialmente. A partir de ahí, el ministro ordenado se constituye no sólo en servidor de la comunidad, porque servidores de la comunidad pueden ser un catequista, o quien trabaja en Cáritas; no sólo servidor de la comunidad, ¡es que tiene la autoridad recibida de Cristo!, ejercida como servicio, pero por la autoridad que le viene del sacramento del Orden.

                El sacerdote recibe la misión de gobernar la comunidad cristiana, la misión de dirigir a la Iglesia y a esa parcela tan amada de la Iglesia que es la parroquia; y debe fortalecer la vida parroquial por encima de cualquier peculiaridad o parcialidad. 

                Debe santificar mediante su propia oración, mediante el ejercicio, con dignidad, con reverencia y con amor, de los santos sacramentos, especialmente de la Penitencia y de la Eucaristía.

                Finalmente, tiene la misión de la predicación. Decía el Papa Juan Pablo en una carta que escribió a los obispos alemanes en el centenario de la muerte de San Pedro Canisio en 1998, que la predicación forma parte principalísima del ministerio porque es el oficio de quien enseña con autoridad, la autoridad recibida de Cristo por el Orden, y debe ejercerse ante todo, en la Eucaristía, en la predicación litúrgica. En ello estamos, sabiendo y pidiendo al Señor que un sacerdote santo, o un sacerdote que quiera santificarse será el que pueda santificar a su pueblo. No va a ser el sacerdote burócrata, o el sacerdote que sea una máquina haciendo cosas, o el que se crea algo o alguien, el que pueda santificar. El sacerdote santo es el que puede santificar a su pueblo y engendrar santos en su parroquia.

                Vamos al salmo de hoy, el salmo 47, un canto bien hermoso a la ciudad santa de Jerusalén. 

 Grande es el Señor y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra:
el monte Sión, vértice del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar.

martes, 1 de septiembre de 2015

Palabras sobre el silencio

De buen grado hubiera titulado "sobre el silencio sonoro", porque el silencio del que hablamos, para la vida, la espiritualidad y la liturgia, ni es un vacío ni es solamente la ausencia de ruido, sino que es una Presencia, Dios, comunicándose y dándose.

El silencio posibilita el encuentro con el Misterio de Dios. Está lleno ese silencio de una sonoridad nueva, la del Verbo que habla, la del Logos que revela, la de Cristo que conversa.

Pero el ruido nos aturde. No son sólo los ruidos exteriores del ritmo de vida y de la cada vez más escasa educación, sino también los ruidos que queremos que nos envuelvan ante el vértigo que nos provoca el silencio y la soledad. No sabemos estar en silencio porque nos provoca, nos espolea. Huimos a lo exterior antes que avanzar a la interioridad. El ruido no nos interpela, el silencio sí nos cuestiona. De ahí la necesidad de recuperar el silencio y ser educados en él.

"Sois capaces de valorar su experiencia hoy, en un mundo tan distinto, pero precisamente por esto necesitado de redescubrir algunas cosas que valen siempre, que son perennes, por ejemplo la capacidad de escuchar a Dios en el silencio exterior y sobre todo interior. 

Hace poco me habéis preguntado: ¿cómo se puede reconocer la llamada de Dios? Pues bien, el secreto de la vocación está en la capacidad y en la alegría de distinguir, escuchar y seguir su voz. Pero para hacer esto es necesario acostumbrar a nuestro corazón a reconocer al Señor, a escucharle como a una Persona que está cerca y me ama. Como dije esta mañana, es importante aprender a vivir momentos de silencio interior en las propias jornadas para ser capaces de escuchar la voz del Señor. Estad seguros de que si uno aprende a escuchar esta voz y a seguirla con generosidad, no tiene miedo de nada, sabe y percibe que Dios está con él, con ella, que es Amigo, Padre y Hermano.